miércoles, 26 de abril de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 19)




Después de la tremenda victoria en Tetis 4, era hora de hacer balance. Para tal fin, siete días después, se convocó una reunión para analizar el desarrollo de la batalla y de los datos recabados de los bancos de memoria enemigos. A la reunión, en el Cuartel General del Ejército, en el antiguo palacio real de Mandoria, asistió todo el Estado Mayor, el presidente de la República, los principales ministros y cancilleres, y Pulqueria y Bertil.
­—Señores, señoras, antes de que el comandante en jefe de las fuerzas armadas quite importancia y reste meritos a su trabajo, quiero decirles algo, —tomó la palabra el presidente Fiakro—. Estoy orgulloso de todos ustedes, y en especial de la general Martín, sin la cual, según mi criterio, no estaríamos donde estamos. Ya sé que en su cerebro la vida no es perfecta, y que siempre es capaz de encontrar pegas y problemas, —un coro de risas acompañó sus palabras mientras Marisol le miraba con el ceño fruncido— y que en estos momentos está pensando en estrangularme, —más risas— aunque sería yo el que lo debería hacer. Leyendo las aventuras de Matilda y la Princesa Súm, recordé un pasaje en el cual una decía a la otra, no recuerdo en que orden, que los jefes militares se dedican a señalar un mapa con el dedo, y no encabezan ataques a reductos enemigos a golpe de espada. Pero en fin, que le vamos a hacer, este aplauso va por ella y por su trabajo.
Todos los asistentes se pusieron de pie mientras Marisol permanecía enfurruñada en su asiento y, Loewen y Marión, se inclinaban sobre ella para besarla con una sonrisa. Finalmente, tuvo que ponerse en pie y saludar con inclinaciones de cabeza a todos los reunidos.
—¡Eh…¡ Bueno. —logró articular Marisol roja como un tomate—. Quiero agradecer al presidente Fiakro tan amables e innecesarias palabras, —más risas de los asistentes—. Ante todo quiero resaltar el trabajo llevado a cabo por los jefes de la Flota, almirante Loewen, y del ejército, general Clinio, por el gran trabajo realizado. Ha sido la primera gran operación conjunta que hemos llevado a cabo y ha sido un éxito rotundo, en todos los sentidos. También quiero agradecer el trabajo de mis dos más estrechas colaboradoras, la general Marión y la capitán Anahis. Podría seguir un buen rato con más agradecimientos, pero creo que ya está bien de echarnos flores que luego os acostumbráis. Vamos a trabajar, —más risas—. Primero quiero presentaros a los herederos de las espadas de Súm y Matilda, los guerreros Pulqueria y Bertil que ya han participado en las operaciones en Tetis, —los dos se levantaron y saludaron con una inclinación de cabeza—. En la cuestión estrictamente táctica hay que destacar dos cosas. La primera, es que sus movimientos de flota siguen siendo los mismos que hace un año. No saben mover grandes formaciones, en este tiempo no se han adaptado y eso a nosotros nos viene bien. Nuestras nuevas naves son netamente superiores y durante las operaciones en órbita, nuestra flota solo ha sufrido daños menores mientras que la bulban a sufrido un descalabro comparable al que sufrieron el día de la apertura del portal con nuestro ataque con los cohetes Delta. En este año, y junto a sus perdidas en Magallanes, en la zona del Ares, los bulban han perdido más de 800 naves entre fragatas y transportes de tropas. Así mismo, hemos apresado 16 fragatas que ya se encuentran en los astilleros. Nuestra intención es repararlas y formar un escuadrón especial de batalla que complemente las operaciones del resto de la flota.
—Con su permiso general, —dijo la capital Aurre levantando la mano—. Esas naves son muy perezosas en las maniobras y por lo tanto pueden ser un blanco fácil para la artillería principal enemiga…
—Si Maite, si, lo sabemos, —respondió con paciencia Marisol esbozando una sonrisa con la sonrisa cómplice de Loewen—. Entre otras cosas se las va a instalar un generador místico que refuerce su blindaje… y les vamos a armar con un lanzador de torpedos.
—De todas maneras pensamos que, aun sin mejoras, podemos operar con ellas de manera mucho más eficiente de cómo lo hacen los bulban, —intervino la almirante Loewen.
—Otra historia es la infantería, —continuo Marisol—. En el dossier que tienen ante ustedes, hay un análisis táctico del general Opx, que demuestra claramente que la infantería bulban si se ha adaptado. En este año, han aprendido a organizarse en unidades y a operar con ellas. Su nivel en el combate personal también ha mejorado, en Karahoz era relativamente fácil matarlos, pero en Tetis ha sido mucho más complicado. De echo, durante las operaciones en tierra hemos sufrido un 3 % de bajas mortales. Seguimos siendo superiores, nuestras armas son más eficientes, nuestra artillería es superior a la suya, y no disponen medios acorazados. Señores, no nos equivoquemos, según el oráculo, millones de soldados bulban pueden aparecer por el portal en cualquier momento.
—General, ¿cómo está la situación en Magallanes? —preguntó el presidente.
—Mucho mejor de lo que teníamos previsto señor presidente…
—General, en este dossier no veo ninguna información sobre el Ares, —la interrumpió el canciller de Ursalia.
—Así es señor canciller, —respondió Marisol—. Todo lo referente al programa Ares, y sobre todo, el emplazamiento del portal, es alto secreto. Con la autorización del presidente Fiakro, solo informaremos verbalmente… no podemos permitir que el enemigo averigüe donde tenemos el portal.
—De acuerdo, general. Por favor, continúe.
—En estos momentos nuestras naves controlan un sector de diez años luz en torno al portal. Hemos instalado otro modulo base junto a el y en un planeta cercano estamos construyendo una base en su superficie. Tenemos desplazadas a Magallanes noventa y tres patrulleras y el personal total se eleva a 14.652.
Marisol hizo una pausa mientras reordenaba sus notas y los asistentes cuchicheaban entre ellos.
—Gracias a las indicaciones de Bertil, hemos logrado contactar con las fuerzas de resistencia kedar y estamos preparados para colaborar con ellos. En los próximos días vamos a hacerles entrega de una primera remesa de armas y han empezado a trasladar civiles a dos planetas habitables dentro del sector controlado por nosotros, y en el estado mayor del general Esteban ya hay un representante kedar coordinando el trabajo. Después de debatirlo extensamente, hemos decidido trasladar dos fragatas y tres corbetas, que operaran desde la base de superficie una vez este concluida. También vamos a comenzar a trasladar infantería hasta completar dos divisiones, con la intención de formar un ejército de 200.000 soldados, una vez reorganizados y armados los combatientes kedar. ¿Alguien desea alguna aclaración? —preguntó finalmente.
No hubo preguntas y si más cuchicheos. Marisol volvió a reorganizar sus notas con la ayuda de Anahis que la operaba algunas tablillas. Finalmente, la dio una carpeta con hojas de papel escritas a mano. Bebió un sorbo de agua y continuo.
—Como todos ustedes saben, nuestro principal objetivo en Tetis 4 eran los bancos de datos enemigos. Una vez analizados, hemos averiguado cuales son los planes estratégicos de los bulban, lo que nos lleva a una primera cuestión. Dada la índole de la información encontrada en sus sistemas de computación, hemos llegado a la conclusión de que los bulban tienen agentes infiltrados, —las palabras de Marisol hicieron elevarse un mar de murmullos y comentarios—. ¿Cómo es posible? No lo sabemos a ciencia cierta, pero tenemos una sospecha, la fisiología bulban no pasa desapercibida, no se parece en nada a ninguna de las especies o razas de nuestra galaxia, por lo que pensamos que pueden ser kedar, de la etnia Nhas, la misma a la que pertenece Bertil. Estamos reforzando la seguridad en torno al Ares y junto con el ministro de seguridad y el jefe de la policía federal vamos a aumentar la seguridad en torno al presidente, los cancilleres y las altas autoridades de la República, —hizo otra pausa para beber agua y continuo—. El próximo movimiento enemigo es el ataque masivo al sistema Kalinao. No tengo que decirles, que si lo consiguen, tienen acceso libre al sistema de corredores Evangelium, y por lo tanto tienen a tiro a toda la galaxia. Por razones obvias no voy a entrar en detalles tácticos, solo diré que todo nuestro esfuerzo militar se centra en estos momentos en ese sistema.


—¡Estoy hasta la raja! —exclamó Marisol tras entrar en su habitación del palacio junto con Marión y Anahis—. Se nos va la vida en reuniones con políticos de mierda: la cabeza me va a estallar.
—Creo que ha estado perfectamente expresado, general, —en la puerta estaba el canciller de Mandoria y padre de Anahis. Marisol no se había percatado de su presencia hasta que hablo.
—Padre, por dios, te voy a poner un cascabel en la cola para saber que estás escudriñando, —dijo Anahis dándole un beso con una sonrisa. Marión, muerta de risa le saludo también.
—¡No estaba escudriñando!
—Señor canciller, estoy por asegurar que mis palabras no han sido todo lo respetuosas que deberían ser, —alcanzó a decir Marisol, roja como un tomate, a modo de disculpa.
—Yo creo general que han estado muy bien expresadas, —respondió el canciller tendiéndola la mano—. Quiero comentar un asunto con usted.
—Nosotras nos vamos, padre, —dijo Anahis cogiendo de la mano a Marión—. Os dejamos solos.
—No es necesario hija, lo que tengo que hablar con la general lo podéis oír, pero cierra la puerta.
—Bien, pues dígame, ¿qué ocurre? —preguntó Marisol.
—Estoy preocupado general, si Kalinao cae y toman la entrada a los corredores, están a seis horas de Mandoria. No quiero detalles concretos, solo quiero saber que posibilidades hay de que lo consigan y… —una llamada a la puerta le interrumpió. Marión, que estaba al lado de ella abrió y entró la figura del presidente Fiakro.
—Me imaginaba que estabas aquí, querido amigo, —dijo sentándose a su lado y dándole una palmada en la rodilla, después de dar un beso a Anahis—. Tu hija cada día está más guapa: el amor la sienta bien, —el comentario hizo que Marisol se quedara sin respiración.
—Ya lo creo Fiakro, ya lo creo. Pero fíjate, que aun estoy esperando a que me presente… a su novia.
—¡Padre por favor!
—¿No me digas? ¡Imperdonable! —aseguró el presidente y dirigiéndose a Anahis, añadió—. ¡A ver! Cariño, preséntanos a tu novia.
Anahis, estrujándose las manos visiblemente nerviosa, tendió la mano a Marisol que la aceptó.
—Padre, te presento al general…
—Hija, ¿tu general tiene nombre?
—Padre, te presento a Marisol… mi amor.
—Marisol, siéntate aquí, a nuestro lado, —Marisol se sentó en la silla que colocó Marión—. ¿Quieres a mi hija?
—Si, señor canciller.
—¿La harás feliz?
—Lo intentaré con todas mis fuerzas.
—¡Perfecto! Pues ahora contéstame a la pregunta.
—No podemos permitir que ocurra, señor canciller. Desplegaremos todas las fuerzas disponibles para impedirlo y si es necesario emplearemos los Delta, aunque no soy partidaria. Si lo conseguimos, los obligaremos a avanzar por espacio normal y serán más vulnerables.
—Bueno, de todas maneras tomaremos precauciones. Quiero acondicionar los depósitos DAE por si hay que refugiarse en ellos.
—Es una buena medida querido amigo, la República os ayudara en lo que sea necesario, —afirmo Fiakro.
—¿Puedo hacerle una pregunta, señor canciller? —preguntó Marisol y sin esperar respuesta, continuo—. ¿Cómo se ha enterado de nuestra relación?
—Porque no soy tonto Marisol, no lo soy. Si veo que alguien le toca el culo a mi hija, supongo que tiene algún interés en ella. Os vi desde la ventana de mi despacho cuando la enseñabas a montar en ese vehiculo de dos ruedas. No perdías oportunidad y se lo tocabas siempre que podías… y ella a ti.


Después de cenar con el presidente y el canciller-papa de Anahis, las dos llegaron por fin a sus aposentos en el palacio.
¡Menudo día, y nos lo queríamos perder! —exclamó Marisol resoplando mientras se quitaba la guerrera y la colgaba cuidadosamente en el respaldo de una silla—. Ha estado bien la cena con el “presi” y tu padre. Fiakro cada vez me cae mejor, ojalá pudiéramos despachar solo con él.
—¿Y mi padre no te cae bien?
—¡Claro que sí! Pero es distinto, el… me intimida, —terminó reconociendo.
—¿Qué te intimida? Esa sí que es buena. No digas bobadas, si es un cacho de pan.
—Si, pero es tu padre. He notado que en ocasiones me miraba… raro. Yo soy la que se mete en la cama con su hijita. Los padres son todos iguales con sus hijas.
—¿El tuyo también Marisol? ¿le has hablado de nuestra relación, o me mantienes en secreto?
—Mi padre es distinto… es mi padre. Además, ya lo sabe, se lo dije a mi madre y seguro que ella se lo ha dicho a él.
—¡Joder! Que suerte que tienes a tu mama para echar una mano con papa, —comentó Anahis cogiéndola de la mano y tirando de ella hacia la cama. No la dejó responder, la atrapo los labios con los suyos y su lengua penetro en la boca de Marisol al encuentro de la suya.


Un par de semanas después, el Fénix estaba en la órbita de Kalinao 5, el único planeta con soporte de vida del sistema. Declarado Parque Federal de Especies en Desarrollo, carecía de vida inteligente. Desde una semana antes, 400.000 soldados federales, al mando directo del general Opx, se habían atrincherado en los paramos del norte del planeta. Otros 200.000, al mando del general faraliano Ghalt, permanecían en alerta a 20 minutos en salto de vórtice. El jefe del ejército, general Clinio, tenía el mando absoluto de la operación en el planeta. Pulqueria y Bertil, estaban integrados en el ejército de Opx.
La defensa directa del portal de entrada a Evangelium, estaba encomendada a las minas y a los satélites militares de Petara. A través de ellos, se había creado una ruta secreta de acceso para la que era necesario un código de acceso y todo el tráfico comercial estaba interrumpido. En la orbita y en el planeta, solo operaban patrulleras y transbordadores, el grueso de la flota, a las ordenes de Loewen, estaba estacionada y a la espera, cerca, oculta en un sistema cercano.
—Mi señora, tenemos datos de los satélites de vigilancia profunda. Una gran flota se está concentrando a 1,4 años luz de distancia.
—¿Sabemos número y composición?
—Por el momento 857 naves, pero todavía no distinguimos los transportes.
—Informa a la almirante Loewen, —ordenó a Marión—. La flota enemiga se está concentrando más cerca de lo que preveíamos. Nos ocultamos en el punto establecido.
—La flota enemiga se pone en marcha rumbo a Kalinao. Tiempo de llegada, 45 minutos.
—El total de naves de la flota enemiga es de 961. Detectados 77 transportes.
—Eso son unos 900.000 soldados, —apuntó Clinio desde su mesa de operaciones.
—Definitivamente, no vienen de paseo, —bromeo Marisol intentando quitar hierro al momento—. Podríamos poner un par de autoservicios, nos forraríamos.
Clinio, desde su sitio intentaba analizar el humor español, al que no terminaba de encontrarle sentido. En su sobria mente de monje no había sitio para él.


Cuarenta minutos después, la flota bulban llegó a la altura de Kalinao. Inmediatamente, la mitad entró en la órbita mientras la otra mitad siguió directo a la entrada del corredor. Las baterías de defensa planetaria comenzaron a martillear a las fragatas bulban que se vieron forzadas a separarse de la órbita. Desde la nueva posición, más alejada, su artillería principal impactaba en los escudos de defensa federal sin resultado. Los transportes de tropas tuvieron que esperar agrupadas en zona segura porque iniciar el descenso sin la protección de sus fragatas era suicida incluso para ellos. Después de dos horas de cañoneo artillero, los transportes comenzaron el descenso a más de 1.000 Km de distancia, lejos de la acción de la artillería federal. Durante la operación, los transportes se vieron hostigados por las patrulleras federales, que provocaron un caos descomunal que provoco incluso el choque de varios de ellos, además de la dispersión de sus fuerzas.
En la entrada del corredor, las fragatas enemigas pararon maquinas y adoptaron una posición defensiva. Estaba claro que conocían el poder de los satélites Petara, y los estragos que habían causado en el sector del Ares.
Marisol paseaba incansable por detrás de Marión y Anahis estrujándose el cerebro. Los planes se habían ido a la mierda, ninguna previsión pronosticaba que los bulban se iban a mantener a la espera, tanto en el corredor como alejados de la órbita. Una espera larga no les favorecía, y en la superficie, con la infantería enemiga a 1.000 Km de distancia, Opx estaba atrapado bajo sus escudos de energía. Habían cometido un error en no permitir el aterrizaje de los transportes bulban más cerca de las posiciones federales. El general Clinio, abandono su mesa y se acercó a ella haciendo un aparte discreto.
—La única posibilidad de que la infantería progrese es eliminando el fuego de la artillería exterior, —razonó Clinio en voz baja.
—Lo sé.
—El enemigo en la zona del corredor no ha mordido en anzuelo, —prosiguió razonando— si la flota ataca a las naves bulban en Kalinao, las del corredor pueden venir en su ayuda. Creo que nos hemos metido en nuestra propia trampa.
—No necesariamente Clinio, —Marisol también cuchicheaba en tono bajo—. Reconozco que no es lo que teníamos previsto, contábamos con la forma de combatir de su flota, pero está claro que han cambiado de táctica.
—Tal vez deberíamos retirarnos y salvar las naves…
—¿Y abandonar a la infantería? Ni lo pienses, —le espetó Marisol de mala manera—. ¡Regresa a tu puesto!
—Marisol, sé razonable.
—¡Vuelva a su sitio, general! —le volvió a ordenar levantando la voz con la mirada centelleante.
Durante casi una hora, Marisol continuo paseando pausadamente mientras la situación permanecía estática. Se detuvo y permaneció unos minutos frente al mamparo del fondo. Todos en el centro de mando la miraron expectantes. Se giró y con paso decidido regreso al lado de sus amigas.
—General Clinio, —ordenó finalmente— ordene al general Ghalt que su fuerza de reserva este preparada para intervenir.
—A la orden mi señora.
—Comunícame con la almirante Loewen, —dijo a Marión.
—La almirante Loewen en línea.
—Almirante, forma un grupo de 30 fragatas al mando de la capitán Aurre y que permanezca a la espera en la posición actual. Con el resto, quiero que ataques directamente a la flota enemiga en la zona del corredor.
—A la orden, mi señora.
La flota de Loewen se puso en marcha y saliendo de su escondrijo cargó directamente sobre el enemigo. Los bulban intentaron aguantar la posición pero en esa disposición, y casi sin maniobrar, eran un blanco fácil para las baterías federales. Después de más de una hora de batalla, los bulban comenzaron a romper la formación mientras la zona se llenaba de los escombros de naves destruidas.
—Tres fragatas y dos corbetas se retiran con daños graves.
—La flota enemiga ha perdido un tercio de sus naves.
—Sus naves continúan la batalla, —apunto Marión—. Sus naves se mueven con más criterio.
—Que 50 satélites Petara se aproximen para cubrir el flanco derecho.
El enemigo comenzó a alejarse de la zona huyendo de los certeros disparos de los Petara, cuyos sistemas distinguían entre naves enemigas y federales.
—Mi señora, la flota bulban de Kalinao se mueve rumbo a la batalla.
—Cincuenta Petaras más a la zona de combates por el otro flanco, —ordeno Marisol—. Orden a la capitán Aurre: que espere a que lleguen y ataque su retaguardia.
Cumpliendo las ordenes de Marisol, las treinta naves de la flota de Aurre atacaron la retaguardia bulban cogiéndola entre dos fuegos y creando un desconcierto descomunal.
Aprovechando la ausencia de naves enemigas en la orbita, Opx se arriesgó y embarcando a parte de sus tropas en transportes hizo un salto de combate hasta escasamente cien kilómetros de las vanguardias enemigas, y puso sus divisiones acorazadas en disposición de batalla.
Cuatro horas desde el comienzo de la batalla, era casi imposible para las fragatas bulban maniobrar en el mar de restos que inundaban la zona de combates. Las federales, mucho más maniobrables se manejaban mejor, pero también tenían dificultades. El enemigo comenzó a abandonar la lucha y saltaban en hiperpropulsión huyendo de la destrucción.
—Las naves enemigas se retiran y saltan rumbo al Sector 26.
—General Clinio, ¿podemos apoyar desde la órbita a las fuerzas de tierra?
—Solo contra su retaguardia, y con precauciones, mi señora. Las dos vanguardias combaten en contacto directo.
—Orden al general Ghalt, que la fuerza de reserva realice un descenso de batalla contra la retaguardia enemiga.
Una hora después, la figura de Loewen llenaba una de las pantallas del centro de mando.
—Hemos perdido siete naves: cuatro fragatas, una corbeta y dos patrulleras. Otras dieciséis, tienen daños graves. Ya las he enviado a Raissa y Mandoria. En total, en la flota, hemos sufrido 624 muertos y 1345 heridos.
—¿Sabemos ya cuantas naves enemigas…?
—496 destruidas y 92 apresadas. De estás, solo podremos reutilizar veinticinco.
—Gracias almirante. Que las corbetas entren en la atmosfera y apoyen las operaciones en tierra.
—A la orden, mi señora.

Veintiocho horas después del comienzo de la batalla, está se había trasformado en una matanza, y por primera vez desde el comienzo de la guerra, soldados bulban comenzaban a rendirse. Los carros de combate segaban las formaciones bulban mientras la artillería autopropulsada los machacaba. El asalto final al reducto de mando enemigo lo lideraron personalmente Pulqueria y Bertil al frente de sus escuadrones. Allí, al igual que en Tetis 4, encontraron a otro pretor bulban que sin mucha gloria termino bajo Eskaldár, la espada de Matilda heredada por Bertil.


Una semana después de la victoria, y una vez que el grueso de las tropas habían regresado a sus cuarteles, con la excepción de un cuerpo de ejército que se estableció definitivamente en Kalinao 5, comenzaron los trabajos para construir una gran base naval desde la que operaria la flota para proteger Evangelium.
—¿Tiene un momento, mi señora? —preguntó el general Clinio desde la puerta del despacho de Marisol en el Fénix.
—Claro, para ti siempre. Dime ¿qué ocurre? —preguntó levantando la vista de las tabletas que tenía frente a ella.
—Quiero presentar mi dimisión, de manera irrevo…
—No sigas Clinio: no pronuncies esa palabra, —le interrumpió.
—Mi señora, mi decisión es firme.
—Y la mía de no aceptarla, también, —dijo Marisol levantándose de la mesa.
—Te asesore mal durante la batalla y me demostraste que estaba equivocado. No merezco tu confianza.
—Este ejército, el que hemos utilizado en Kalinao, es tu obra, es tu creación. Has trabajado hasta la extenuación en ponerlo en pie…
—Y si yo hubiera tenido el mando lo hubiera sacrificado para salvar a la flota.
—Esa era una opción como cualquier otra, y la lógica decía que era la correcta. El problema es que la lógica y los españoles… digamos que nos damos de hostias, y yo más que nadie.
—Pero mi señora…
—No te permito dimitir Clinio, me haces mucha falta, y no solo porque seas el jefe del estado mayor del ejército, también porque eres mi amigo. Pero no puedo obligarte, la decisión es tuya.
Clinio guardó silencio unos instantes mientras los dos, frente a frente y a dos palmos de distancia uno del otro se miraban fijamente.
—No merezco tu confianza.
—Pues la tienes.
—Seguiré en mi puesto si así lo deseas mi señora, pero mi dimisión la tienes permanentemente encima de la mesa, —dijo Clinio finalmente.
—Muy bien amigo mío, —contestó Marisol con una sonrisa mientras con la mano le apretaba el brazo afectuosamente— pero deja de lado tu lógica de monje de clausura.
—Así lo haré mi señora, —contestó cogiéndola la mano y besándola.



domingo, 23 de abril de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 18)




Han pasado cuatro meses desde la apertura del portal en Telesi 2 y algo menos de la victoria federal el Faralia. En ese tiempo, los bulban se han diseminado por el sector 26 cambiando claramente de estrategia. Sistemáticamente, sus unidades han ido ocupando todos los sistemas del sector, a excepción de la zona de Beegis Nar. Por otro lado, en el sector del Ares, sus naves controlan una zona de cuatro años luz y las patrulleras realizan incursiones con profundidad en zona enemiga.
—¡Joder, por fin! —exclamó Marisol en el puente del Fénix. Ante ella, y perfectamente alineados, desfilaban las primeras 28 fragatas salidas de los astilleros federales—. ¿Para cuándo está la segunda remesa?
—¡Coño, Marisol! —exclamó el presidente Fiakro riendo—. Tú, mejor que nadie, sabes lo que han costado estás 28 fragatas.
—En mes y medio tendremos las nuevas corbetas y en dos meses, si todo va bien, la segunda remesa de fragatas, —explico la almirante Loewen—. Se están construyendo en astilleros periféricos que no tienen la misma capacidad que los de Raissa o Mandoria.
—Quiero que tengas a esas fragatas haciendo maniobras hasta que se queden tontos, —dijo Marisol mirando a Loewen—. Los últimos informes de inteligencia dicen que los bulban están concentrando naves cerca de Faralia…
—Los he leído, y te aseguro que estarán preparadas, —la interrumpió Loewen con suavidad resignada.
—Marisol, eso que has dicho ¿qué significa? —preguntó el presidente.
—No lo sabemos, señor presidente, —respondió con sinceridad mientras salían del puente y entraban en una sala de reuniones anexa—. Desde Faralia pueden ir a Beegis, para terminar de ocupar el sector 26, o pueden ir a la entrada del corredor subespacial de Evangelium que hay cercano al 26.
—Bueno, por fortuna, por el portal no están entrando grandes cantidades de tropas… —intentó razonar el presidente— como preveía el oráculo.
—Si, pero es un goteo constante de tropas y naves, —intervino Marisol—. Según esos mismos informes, calculamos que ya tienen en este lado unas mil fragatas. Sobre los transportes de tropas, van y vienen por el portal, pero creemos que ya hay un millón de soldados diseminados por el sector, cómo mínimo.
—¿Entiendo que descartamos recuperar el 26? –preguntó el canciller de Mandoria.
—No tenemos fuerzas suficientes para expulsar a un millón de soldados enemigos, —respondió el general Clinio.
—Ni naves suficientes para contenerlos en el sector, —apuntó Loewen.
—Seguirán su avance entonces, —afirmó el presidente.
—En mi opinión, sí, señor presidente, —afirmó también Marisol—. Los próximos días van a ser cruciales. Hay que estar muy atentos para adivinar cuál será su próximo movimiento. Por otro lado, quiero aumentar la presión en Magallanes, voy a trasladar dos de esas fragatas de ahí fuera a la base Ares.


Una de las patrulleras de la base Ares, navegaba en misión de observación dentro del espacio bulban cuando algo llamó la atención de los sensores.
—Capitán, detectamos dos naves, una bulban, la otra desconocida.
—Detectamos fuego de armas en la nave bulban.
—¿Distancia?
—100.000 Km.
—Piloto, rumbo de intercepción a máximo factor. ¡Zafarrancho de combate!
—Tenemos imagen, —dijo uno de los tripulantes activando la pantalla principal. En ella, una pequeña nave de configuración desconocida, intentaba zafarse del implacable acoso a que era sometida por una fragata bulban, mediante imprevisibles maniobras.
—Piloto, colóquenos en su popa, —ordenó el capitán—. ¡Baterías principales preparadas!
En ese momento, un impacto en la popa de la nave desconocida la desequilibró y la dejó sin propulsión mientras giraba lentamente sobre su eje.
—Salimos de hiperpropulsión a cinco kilómetros, —ordeno el capital.
—Salimos en cuatro, tres, dos, uno, ¡estamos fuera!
—Baterías principales ¡fuego! —los cañones de tiro continuo de la patrullera vomitaban descargas de partículas de alta energía a una velocidad endiablada destrozando los sistemas de propulsión de la fragata enemiga.
—¡Abrimos brecha en su coraza de popa, capitán! —exclamó otro tripulante—. No nos esperaban esos hijos de puta.
—Misiles, batería dorsal a máximo rendimiento.
—Batería dorsal preparada.
—¡Fuego! —los cuatro misiles impactaron en la brecha abierta por la artillería y la nave bulban estalló en una explosión colosal.
—Nave enemiga destruida, capitán. No tenemos daños.
—Capitán. Se aproximan dos naves enemigas. Tiempo de llegada 16 minutos.
—Acoplen la nave desconocida y vámonos de aquí cagando hostias, —ordenó el capitán apremiando a los tripulantes—. No vamos a tentar más a la suerte.
—Nave acoplada y asegurada. Abriendo vórtice.
—Rumbo al Ares. Saltamos. ¡Ya!
—Estamos en hiperpropulsión, capitán.
—Tenemos tripulantes armados en la escotilla de acceso.
El capitán se levantó de su sillón y salio de la cabina de mando en dirección a la escotilla. Cuando llegó, empuñó su pistola y ordenó abrirla. Con muchas precauciones, y con sus rifles por delante, dos tripulantes entraron en la nave desconocida, seguidos por otros dos. En su interior, cuatro desconocidos de razas distintas, les miraron con incertidumbre y temor. Sin dejar de encañonarlos, los fueron registrando y, después de despojarlos de sus armas, a señas les hicieron salir por la escotilla.
—¿Quiénes sois? —preguntó el capitán. Los cuatro desconocidos se miraron unos a otros.
—Creo que no nos entienden, capitán, —dijo una suboficial—. Solo llevan armas cortas, cuchillos, una espada, y un rifle.
—¿Llevan el chip? —preguntó el capital a la misma suboficial. Ella, saco un escáner de mano y lo paso por la cabeza de los cuatro desconocidos que intentaron apartarse.
—Negativo capitán.
—Bien. Trátelos con cariño, pero no les quite ojo. En la base sabrán que hacer con ellos. Voy a inspeccionar la nave, parece interesante.


La patrullera entró dócil con los sistemas automáticos de aproximación en la base Ares. Una vez cerradas las compuertas, la patrullera fue rodeada por una docena de soldados fuertemente armados. La puerta se abrió, el capitán salio y saludo militarmente al general Esteban que le aguardaba al pie de la escalerilla.
—Ha podido averiguar quienes son, —le preguntó.
—No hablan nuestros idiomas y no tienen el chip, —contestó—. Dos parecen de la misma raza… por el color verdoso, más que nada.
—Teniente, llévelos a la clínica y que miren si se puede solucionar lo del chip, —ordenó Esteban al oficial que dirigía el destacamento mientras por la puerta del hangar entraba la sacerdotisa de Konark que se ocupaba de ayudar espiritualmente a los que requirieran sus servicios. Los cuatro desconocidos, cuando la vieron, rápidamente juntando las manos e inclinando ligeramente el cuerpo comenzaron a recitar una especie de runa. Esteban levantó la mano para que el teniente esperara mientras la sacerdotisa se aproximaba a ellos y los estudiaba detenidamente. Lentamente, paso su mano por sus cabezas y miró a Esteban con ojos brillantes. El teniente se los llevó a la clínica mientras los dos hacían un aparte.
—Mi señor, seria conveniente sacarlos de aquí y llevarlos a Telesi 2, —dijo la sacerdotisa.
—¿Has percibido algo?
—Si mi señor, —respondió—. Pero tiene que confirmarlo la priora de Konark. Uno de ellos, el que parece humano, tiene impronta mística.
—El oráculo dijo que llegaría por el portal… claro que no dijo por cual, —razonó pensativo Esteban—. No quiero que te separes de ellos. Yo voy a hablar con la general Martín.
—Así lo haré mi señor.
—Y mira a ver si te puedes comunicar con ellos… de alguna manera.
—Lo que recitaban me ha resultado familiar, pero no sé.
—Haz lo que puedas hasta que les puedan implantar el chip.


Cuando Marión entró en su camarote, su teniente ya la estaba esperando.
—¡Vaya día! Lo siento cariño, pero las últimas horas han sido tremendas, —exclamó Marión mientras le besuqueaba— la general nos ha tenido a todos de cabeza.
—¿Ha pasado algo? Podía haber echado una mano ¿por qué no me habéis avisado?
—Ha sido a nivel de oficiales mayores… una patrullera del Ares ha encontrado al segundo guerrero.
—¡No jodas! ¿Y que dice la general?
—Poco, ya la conoces. Ha habido un momento que ha sido una locura, todo el estado mayor presente, más el presidente, la reverenda madre, y seis cancilleres, todos por video enlace.
—¿Y que se ha decidido?
—Todos los que tienen que ver con Konark quieren sacarle partido rápidamente, pero Marisol no lo tiene claro. Ya sabes que el tema religioso no le va mucho.
—¿Y tú mi amor?
—Yo he apoyado a Marisol. ¡Joder, no sé!… estamos donde estamos gracias a ella, —afirmó Marion mientras el teniente asentía con la cabeza—. Al final, el presidente lo ha dejado todo en sus manos.
—Es lo correcto.
—Dejemos la cháchara. Quiero que me eches un polvo: es bueno para mis nervios.
—Eso está hecho.


El monumento funerario de Matilda y Ushlas, estaba sobre los acantilados de Raissa, rodeado de jardines. Las dos estatuas que las representan, cogidas de la mano, miran al infinito mar que tanto amaron. Al pie del monumento, sentada en un banco, Marisol, pensativa, mira también al horizonte. Por un lateral se aproximó Anahis acompañada por los cuatro desconocidos de Magallanes. Se detuvo a unos metros y haciendo una indicación, uno de ellos se adelantó. Marisol lo observó con semblante inexpresivo y dando unos golpecitos en el banco le indico que se sentara a su lado.
—Me dicen que te llamas Bertil, y que eres un ancestro… un kedar, —afirmó Marisol más que pregunto.
—Así es mi señora.
—¿Cómo están las cosas en tu galaxia?
—Muy mal mi señora. En estos días he oído hablar mucho de usted, en un año ha conseguido mucho más que nosotros en mil. Mi galaxia está devastada a todos los niveles, calculamos que en total no quedaran más de doce o trece mil millones de todas las etnias kedar.
—¿Cómo sobrevivís?
—Como podemos, escondiéndonos continuamente, robando comida…
—¿Qué hacíais en la zona del Ares? —preguntó interrumpiéndole.
—Oímos que alguien había derrotado a los bulban, y como no éramos nosotros, fuimos a investigar… pero nos descubrieron, —y Bertil, después de una ligera pausa, añadió—. No confía en nosotros, ¿verdad?
—No me puedo permitir ese lujo, —contestó Marisol mirándole por primera vez—. El oráculo dijo que seréis de gran ayuda en la guerra, pero ni tú, ni Pulqueria, sois ella, —dijo haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la estatua de Matilda.
—¿Quiénes son?
—La de la derecha es Matilda, la otra es Ushlas, su amor, —la respuesta produjo un gesto de sorpresa en Bertil.
—Pero son dos mujeres…
—¿Y?
—Que dos mujeres no se pueden amar.
—Mi pareja es esa hembra mandoriana que os ha acompañado hasta aquí, y te aseguro que estoy profundamente enamorada de ella, —la centelleante mirada de Marisol atravesó a Bertil que bajo la vista.
—Siento haberla ofendido mi señora, pero en mi galaxia las cosas son distintas.
—No me extraña que estéis como estáis. Dos hembras, ella y la Princesa Súm, lideraron la victoria sobre el emperador en la guerra más colosal que ha visto está galaxia, y mandando sobre cientos de naves y millones de soldados.
—Posiblemente seré un imbécil mi señora, y sé que hago mal en aferrarme a una cultura… o una forma de pensar… no sé, y ver las cosas por el prisma de algo que saltó por los aires hace cientos de años, pero es que no tenemos nada más.
—Lo entiendo, pero tenéis que cambiar, sobre todo tú si finalmente te conviertes en un líder.
—Mi señora, no hay problema…
—La priora de Konark me ha dicho que estás entrenado para el combate, pero que no tienes experiencia practica.
—Desgraciadamente es así mi señora, en mi mundo no nos enfrentamos a ellos… huimos. Nuestros grupos armados tienen muchos civiles a su cargo y no podemos ponerlos en peligro.
—Lo comprendo, —dijo Marisol poniendo una mano sobre el hombro de Bertil y mirándole fijamente a los ojos—. Vas a ir a Konark un tiempo para completar tu formación junto a Pulqueria. Un guerrero místico no solo da espadazos, es mucho más, y tú tienes que aprender a serlo.
—Así lo haré mi señora…
—Pues apúntate bien lo que te voy a decir. Aquí tienen… tenemos muchas expectativas con vosotros, y lo que no tengo es tiempo para
perderlo inútilmente. Te prometo por lo más sagrado que tú tengas, que como provoques el más mínimo problema, de una patada en los huevos te mando por el portal de vuelta a tu puta casa. ¿He hablado claro?
—Perfectamente mi señora.


Durante tres meses, Bertil y sus compañeros estuvieron en el monasterio de Konark, y no estuvieron de turismo. La priora les dio caña hasta la extenuación, y en una ocasión, en la que uno de los compañeros de Bertil se pasó de la raya, ella misma se ocupó de pararle los pies con una llave que le fracturó una mano antes de que los demás pudieran intervenir.
Una mañana, a primera hora, la priora entró en la sala de entrenamiento y dando un par de palmadas llamo la atención de todos.
—Hermanas, suspendemos el entrenamiento. La general Martín está a punto de llegar.
Todos salieron siguiendo a la priora que se encaminaba a la parte exterior de las murallas del monasterio. De entre las nubes, como un leviatán emergiendo de la bruma, apareció la colosal silueta del Fénix. Aterrizo suavemente a un par de kilómetros del monasterio y una lanzadera salió de uno de sus hangares y se dirigió a su posición.
—Buenos días reverenda madre, —dijo Marión saliendo por la escotilla de la lanzadera, seguida por Anahis, Loewen, Opx y Clinio.
—¿No viene Marisol? —preguntó la priora mientras se abrazó con todos.
—Si, reverenda madre, —contestó Marión frunciendo en ceño— viene en esa maquina infernal que tanto le gusta.
—¿Si? —preguntó la priora con los ojos iluminados.
—¡Sí! —respondió Marión mientras Anahis se reía—. Por ahí viene.
A lo lejos, un diminuto punto se aproximaba levantando una gran polvareda. El todoterreno llegó hasta ellos envolviéndolos en una nube de polvo.
—Vosotros dos, subiros detrás, —dijo la priora dirigiéndose la Pulqueria y Bertil—. Y mientras nosotras hablamos, no os quiero ver abrir la boca.
Con la priora sentada a su lado, Marisol arrancó y a toda velocidad se dirigió a los Lagos Humeantes a donde llegaron una hora después. Se bajaron del vehículo y las dos mujeres se fundieron en un afectuoso abrazo. Se sentaron sobre la yerba y comenzaron a hablar de cotilleos y cosas intrascendentes, ante los ojos incrédulos de Pulqueria y Bertil que, sentados a un par de metros de ellas, no daban crédito a lo que oían. Muchas risas después, por fin, Marisol los miró fijamente.
—¿Cuánto les queda, reverenda madre?
—Si los necesitas, ya están a tu disposición, hijita, aunque tienen que seguir con el entrenamiento. Confía en ellos.
—¿En Bertil también?
—¡Claro que sí! —contestó la priora riendo—. Es cierto que es un poco… capullo, pero no tanto como cuando llego, —el comentario hizo fruncir el ceño a Bertil mientras Pulqueria reía descaradamente—. ¡Pulqueria!
—Lo siento reverenda madre, —respondió avergonzada la joven guerrera.
—Te lo repito, confía en ellos, —insistió la priora todavía con el ceño fruncido.
—Muy bien, confiaré en ellos… pero porque confío en usted.
—No te defraudaran, te lo garantizo. Porque como lo hagan, te juro por lo más sagrado que los estrangulo yo misma.
—Reverenda madre, ¿pasara a la historia por haber estrangulado a los únicos guerreros del consejo que tenemos?
—No hijita, son guerreros del Círculo, pero por el momento no son miembros del Consejo de los Cinco, ni lo serán en mucho tiempo, —y mirándolos, la priora añadió—. Acercaros. Quiero que juréis en mi presencia, que obedeceréis sin rechistar todas las ordenes que recibáis de la general Martín.
—Si, reverenda madre, lo juro.
—Lo juro reverenda madre.
—Entonces me los llevo reverenda madre. Mañana partimos para el sistema Tetis. Los bulban han establecido una base avanzada en el cuarto planeta y quiero acceder a su banco de datos.
—Muy bien hijita, pero acuérdate de devolverlos para que sigan el entrenamiento.


—Marisol, todas las naves reportan verde, —informó Marión desde su consola de control. La flota se había concentrado en la órbita de Konark para iniciar el ataque al sistema Tetis. 48 fragatas, 16 corbetas, 20 patrulleras y seis transportes, incluido el Fénix, que albergaban en su interior 60.000 soldados y un regimiento acorazado. El mayor despliegue naval de los últimos cuatrocientos años—. La almirante Loewen solicita autorización para iniciar la operación.
—Tienes autorización, —desde el puente de guerra del Fénix, Marisol, con su uniforme de combate y su espada y escudo a la espalda, vio como los vórtices se abrían y la primera oleada partía a través de ellos. Pulqueria y Bertil, detrás de ella, asistían nerviosos e interesados a las maniobras de la flota.
—El grupo de batalla ha partido, —anunció Anahis—. Contando menos cinco minutos.
Al cumplirse los cinco minutos, los seis transportes y las 20 patrulleras de escolta, abrieron vórtices y saltaron al hiperespacio.


En el sistema Tetis, más de 300 naves bulban se concentraban en torno al cuarto planeta y no esperaban lo que se les venia encima. En la superficie, seis transportes de tropas circundaban una estructura central formando un complejo único donde se albergaban más de 100.000 soldados.
Los vórtices se abrieron y la flota federal apareció por ellos, agrupándose las fragatas en tres formaciones lideradas por la España, la Súm y la Tanatos, mientras las corbetas y la fragata insignia de Loewen preparaban la zona para la llegada de la segunda oleada. Cumpliendo el plan establecido, las tres formaciones penetraron con profundidad en la formación enemiga causando un destrozo descomunal en sus naves y obligándolas a abandonar la órbita.
Los vórtices se abrieron de nuevo y los transportes y sus escoltas iniciaron sin demora un descenso de combate que ilumino con lenguas de fuego las ventanas y claraboyas de las naves.
—Dos minutos para el aterrizaje, mi señora, —anuncio el capitán del Fénix.
—Entendido, —respondió Marisol, y haciendo una indicación a Pulqueria y Bertil, se encaminó a la salida—. Marión, la nave es tuya.
Los tres entraron en el hangar de vuelo donde J. J. esperaba con un escuadrón de sus fuerzas especiales y un destacamento de inteligencia embarcados en nueve transbordadores.
—¿Nos vamos J. J.? —preguntó subiendo a su nave.
—Cuando mi señora lo desee.
—Pues venga.
El Fénix tocó suelo, los portones de abrieron y las naves partieron hacia el núcleo central de la estructura enemiga. Por las claraboyas, Marisol vio como las otras naves habían aterrizado y el general Clinio, al mando de la infantería, se desplegaba en busca del enemigo que apresuradamente intentaba organizarse en unidades para presentar batalla, mientras las patrulleras, y las naves de apoyo del Fénix bombardeaban sin descanso a la infantería bulban y atacaban con misiles y torpedos sus transportes para evitar que huyeran. 
Las naves del grupo de asalto de Marisol, dispararon contra uno de los muros de la base abriendo un enorme boquete. Aterrizaron y Marisol, protegiéndose con su escudo y con la pistola de partículas de la mano, se dirigió a la apertura seguida por el escuadrón. Pulqueria y Bertil, a su lado, protegidos por sus escudos de energía, desviaban con las espadas místicas los disparos enemigos. Entraron al complejo y se parapetaron tras un amontonamiento de escombros. Los de inteligencia, con sensores portátiles, indicaron una dirección por donde podría estar el control central. Cientos de soldados bulban aparecieron, Marisol ordenó de nuevo el avance, guardando la pistola y empuñando su espada. Los bulban caían por decenas ante las espadas místicas y la de Marisol, que se abrían paso en la turba enemiga. Finalmente, llegaron al centro de control donde J. J. estableció un perímetro de defensa mientras los de inteligencia se lanzaban sobre los terminales de datos.
—Mi señora, hemos establecido enlace, —dijo uno de los oficiales de inteligencia—. Seis minutos para completar la descarga de datos.
—La fuerzas del general Clinio están ya en el interior de la estructura y protegen nuestra retaguardia, —informó J. J. llegando hasta su posición.
—Cuando acaben de descargar los datos, que un destacamento los escolte hasta el Fénix, —ordenó Marisol— y nosotros seguiremos el avance.
—A la orden mi señora.
—Descarga completada.
—Regresad a la Fénix inmediatamente, —y saliendo del parapeto, Marisol gritó—: ¡Escuadrón, avanzar!
Marisol, dando una patada en el pecho de un soldado bulban, lo derribo y comenzó a avanzar hacia el interior del complejo, abriéndose paso con la espada. Rápidamente, Pulqueria y Bertil la adelantaron y se pusieron en cabeza descargando furiosos y mortales golpes sobre los soldados enemigos. Entraron en una cámara amplia, repleta de enemigos, que ocupaban una parte de ella. De entre sus filas, apareció un personaje, ataviado con casco y coraza dorada y armado con una lanza corta de doble punta.
—Mi señora, es un pretor, un comandante de máximo nivel, —afirmó Bertil—. Y se va a quedar sin la puta cabeza.
—¡Quieto pichón! —ordeno Marisol poniéndose al descubierto—. Ese es mío.
Al verla, el pretor bulban levantó una mano mientras gritaba una orden y sus tropas dejaron de disparar. Marisol avanzó en solitario, protegida por su escudo, hasta la mitad de la sala mientras su enemigo hacia lo mismo.
—¡Hay que joderse, que feo eres cabrón! —comentó Marisol cuando estuvieron a un par de metros.
—¡Tú no ser maravilla! —respondió el pretor peleándose con las palabras.
—¡Anda mira! Resulta que eres un bicho listo, has aprendido español.
—Sé tu hablar este idioma, —contestó el pretor.
—¿Por qué habéis venido a nuestra galaxia?
—Necesitar espacio para desarrollar nosotros.
—Ni lo sueñes facha de mierda. ¿Sabes lo que significa genocidio, lagarto asqueroso?
—Si, mi resultar familiar, —respondió el pretor bulban sonriendo irónicamente.
—Pues eso es lo que le va a pasar a tu pueblo. Aquí, y en la otra galaxia. Te aseguro, que os arrepentiréis de haber venido aquí.
—¡Eso que verlo hay! —respondió arrogante el bulban—. Tu cabeza adornara mis aposentos.
—Pues no esperamos más, hijo de puta, —y diciendo esto, enarboló la espada y descargó un golpe contra el pretor que se defendió bien evidenciando que tenía preparación en combate. Durante unos cinco minutos, estuvieron combatiendo, hasta que finalmente, en una maniobra rápida, alcanzo en el hombro a su adversario, y sin dilación, con otro golpe le cortó la cabeza. Mientras su tronco descabezado se desplomaba, sus soldados emprendían una huida desordenada perseguidos por una vociferando masa de soldados federales que comenzó a masacrarlos sin compasión.
Un par de horas después, unas pocas naves bulban lograron escapar de la batalla. No se cogieron prisioneros, no era posible, y nadie escapó. Fue una matanza. El odio acumulado en este último año se encargó de ello.
Cuando todo acabo, Marisol, seguida por sus dos pupilos, salio al exterior, donde miles de soldados la aclamaron y vociferaron su nombre, mientras Clinio y J. J. la levantaban sobre sus hombros.


Regresaron a la Fénix y rápidamente Anahis la acaparo y cuando pudo la sacó de la celebración espontánea que se organizó en el hangar de vuelo. Cogida de la mano, la llevo al camarote, y Marisol, como en una nube se dejó llevar. Estaba terriblemente cansada y Anahis lo percibió desde el mismo momento en que la vio bajar del transbordador. En el camarote, la ayudó a quitarse la coraza de combate, las armas, la desnudo y las dos entraron en la ducha. Recorrió concienzudamente su cuerpo con la esponja, revisando cada moratón, cada pequeña herida, cada rasguño hasta cerciorarse de que no tenía nada importante. La condujo a la cama y se estuvieron besando incansablemente hasta que Anahis se percato de que Marisol se había quedado dormida. La arropó con la sabana, y abrazada a ella se durmió tambien.