viernes, 24 de febrero de 2017

Desafio de gelaxias (capitulo 2)



Marisol Martín paseaba tranquilamente camino de la tienda de alimentación de sus padres, sobre la que estaba el domicilio familiar. Miró hacia arriba unas décimas de segundo, a través de sus gafas de sol: la fuerte luz que provenía de los dos soles del sistema. El calor y el uniforme la hacían sudar, y sentía caer las gotas de sudor por el hueco de la espalda, bajo la guerrera. Mientras caminaba, saludaba a los vecinos con los que se cruzaba, los conocía a casi todos, no en vano ella nació en está localidad de Nueva España hacia ya casi 28 años. Sus bisabuelos ya se establecieron allí hace cien.
En Nueva España todo era nuevo, y me refiero a que todas las ciudades empezaban por esa palabra, salvo esta donde vivía, que cuando se fundó y por llevar la contraria, algunos dirían por tocar los cojones, los muy puñeteros la llamaron Almagro la Nueva. Entró directamente en la tienda para saludarlos, hacia casi dos días que no los veía, desde que entró de turno en el cuartel del Tercio Viejo de Voluntarios Españoles, la milicia federal de la que era comandante, la más joven de la historia del cuerpo. A pesar de su edad, era extremadamente querida y respetada por los hombres y mujeres a sus ordenes: si algo tenía Marisol era mucha mano izquierda en el trato con la gente.
—¡Marisol! Te fuiste sin tu comunicador, —la reprendió su madre antes de darla tres o cuatro sonoros besos.
—En el cuartel no me hace falta, mamá, —respondió la aludida devolviéndoselos.
—Pues lleva un par de horas sonando sin parar, —añadió su padre después de besarla también, aunque eso si, más comedidamente— y creo que debe de ser importante. Estaba a punto de acercártelo al cuartel.
—¿Importante…?
—Te llaman de la presidencia de la República, —afirmó su padre asintiendo con la cabeza.
—¿De la presidencia? ¡no jodas! —exclamó Marisol cogiendo el comunicador que le tendía su madre. Consultó la lista de llamadas y arqueando las cejas pasó a la trastienda. Unos segundos después, se asomaron a cotillear y la vieron con el comunicador en la oreja en una aptitud evidentemente crispada—. Si señor presidente…, por supuesto señor presidente…, se hará como usted dice señor presidente…, estaremos preparados señor presidente…, muy bien señor presidente…, allí estaré señor presidente…, a la orden señor presidente: ha sido un honor hablar con usted.
Cortó la comunicación y miró a sus padres resoplando e inflando los mofletes. El comunicador volvió a sonar, miró la pantalla y aceptó la llamada inmediatamente.
—Buenos días señor canciller…, sí, acabo de hablar con él…, entiendo señor canciller…, no, primero tengo que ir al cuartel…, no se preocupe, allí estaré señor canciller.
—¿Qué ocurre hija? —preguntó su madre con el susto reflejado en el rostro, cuando vio a su hija cortar la comunicación. 
—No lo sé mamá, pero algo gordo seguro, —y abrazándola añadió—. Me voy al cuartel. Prepárame una bolsa de viaje, me voy con el canciller a Edyrme. ¡Y no te pases metiendo cosas!
—¿Vas a la capital federal? —su padre estaba visiblemente impresionado—. Llévate la caca fotos: nunca hemos estado allí.
—¡Padre, por favor! Voy a una reunión oficial, no de turismo.
—Tú llévate la cámara por si acaso.


Entró en la sala de planificación del cuartel del Tercio Viejo, donde un centenar de oficiales y suboficiales charlaban y bromeaban amigablemente entre ellos. A pesar de la presencia de la oficial al mando y de la convocatoria urgente de la reunión, no variaron su aptitud, no en vano ellos no eran una unidad militar a la antigua usanza.
—¡Chicos silencio! —Marisol golpeó con la mano sobre la mesa para llamar la atención de sus compañeros. Aguardó a que guardaran silencio y prosiguió—. A partir de este momento se activa el protocolo de movilización general.
—¿Qué estás diciendo niña? —preguntó un sargento de edad avanzada vecino de sus padres y con el que tenía mucha familiaridad, mientras los demás se miraban entre si con la sorpresa reflejada en la cara—. Hace muchos años que no se activa el protocolo de movilización general. Yo no lo he visto nunca.
—Pues hoy lo vamos a hacer, —respondió acariciando la mejilla del sargento—. Hace unos minutos me ha llamado el presidente federal y me ha dado la orden directamente. Después, el canciller la ha confirmado. No me preguntéis que ocurre porque no tengo ni puta idea, pero esto no es, repito, no es…, ni una broma, ni un simulacro. Si hay algo que me ha quedado claro después de hablar con ellos, es que algo gordo pasa. No hace falta que os recuerde que las únicas unidades militares que hay en la galaxia, es esta, de la que tan orgullosos estamos, y la de Faralia, en el sector 26. En una hora salgo con el canciller hacia Edyrme a una reunión de alto nivel, —y encogiendo los hombros, añadió—. Espero enterarme allí de lo que pasa. Mientras tanto a trabajar: todos sabéis perfectamente lo que tenéis que hacer.



La capital federal en Edyrme, no se parecía en nada a Axos, la antigua capital imperial. Frente a la grandiosidad artificial de la última, la primera mantenía intactos los ecosistemas del planeta. Todos los edificios y complejos gubernamentales eran subterráneos, o no superaban los dos niveles de altura: las construcciones de más de dos plantas estaban prohibidas e incluso un amplio sector en el hemisferio sur, estaba acotado y protegido por la presencia en él, de una sociedad aborigen preindustrial.
La lanzadera se deslizó con suavidad por la enorme puerta del hangar de entrada al palacio presidencial. Marisol miraba con avidez por la ventana de la nave para no perderse nada. Sabía que, con pelos y señales, tendría que contárselo todo a su padre cuando volviera a casa.
—Mira Marisol, esto es política pura y dura, y te aseguro que es peor que la selva, —comentó el canciller español con una sonrisa— si te descuidas… te la meten. Por fortuna, el presidente está interesado en ti, y te protegerá de ellos.
—Canciller, no entiendo que interés puede tener el presidente en mí… además, no me conoce de nada.
—No insistas Marisol, te repito que no se de que va todo esto, pero conozco al presidente Fiakro hace muchos años, y nunca le había visto tan preocupado.
El portón de la lanzadera se abrió y descendieron de ella. Al pie, un funcionario de alto rango les esperaba junto con unos operarios que se hicieron cargo de los equipajes.
—Canciller, comandante Martín, el presidente Fiakro desea verles inmediatamente, —informó haciendo un gesto con la mano para que le siguieran. Entraron en un turboascensor que les condujo hasta la puerta del despacho presidencial.
—¡Pasen por favor, pasen, el presidente les espera! —exclamó la secretaria del presidente abriendo la puerta del despacho.
—¡Hombre, por fin querido amigo! —el presidente, un ursaliano entrado en carnes, se levantó para recibir a los recién llegados. Abrazó afectuosamente al canciller español y se situó frente a Marisol ofreciéndola la mano—. ¿Y supongo que tú debes ser la comandante Martín?
—Es un honor, señor presidente, —contestó después de saludarle militarmente y aceptar su mano.
—Sentaros con nosotros. Comandante tu no los conoces, te presento a los cancilleres de Maradonia, Numbar, Mandoria y Tardania, —todos se saludaron, y permanecieron expectantes mirando al presidente federal—. Os presento a la comandante Martín, jefe del Tercio Viejo de Voluntarios Españoles de Nueva España, y es lo más parecido a un experto militar que tenemos.
—¿Un experto militar? —preguntó el tardanio frunciendo el ceño e incorporándose ligeramente en el sillón que ocupaba—. ¡No entiendo!
—Comandante, —el presidente hizo un gesto con la mano para que el tardanio aguardara un poco—. ¿En cuánto tiempo estará preparada su unidad?
—El protocolo de movilización general se ha activado, en tres días las diez banderas estarán completas. Pero si me permite preguntarle señor presidente, ¿preparados para que?
—En el caso hipotético de que tuvieran que entrar en combate, ¿darían la talla, comandante?
El silencio se hizo espeso. Todos miraron al presidente con ojos escrutadores, y luego desviaron la mirada hacia Marisol, que muy seria le seguía mirando.
—¿Dar la talla en que escenario señor presidente? —respondió al fin—. Porque los integrantes del Tercio son civiles, hay campesinos, obreros, oficinistas: en definitiva, no somos profesionales. Es cierto que tenemos cierto entrenamiento, pero repito, no somos profesionales, y nuestras armas no son militares, son las mismas que usa la policía federal de la República.
—Si, si, comandante, —insistió el presidente— pero supongamos un escenario como el de la última guerra.
—No duraríamos ni dos minutos, señor presidente.
—Entiendo, —el presidente guardó silencio analizando las respuestas de Marisol, que silenciosa seguía mirándole—. Señores, hace dos días, Eskaldár, la espada de Matilda, comenzó a lucir.
—¿Cómo dices? ¿pero eso está confirmado?
—Totalmente, y no solo eso. A petición de la priora de Konark, el canciller de Mandoria, abrió la cripta de la Princesa Súm… y Surgúl también luce.
—Si una espada mística luce es por algo, eso es seguro. Y mucho más si son dos, —afirmo en canciller de Numbar.
—Eso opino yo también, —apuntó el presidente—. En estos momentos, Anahis, la hija del canciller de Mandoria, está en Konark estudiando el Manuscrito Sagrado. Hace un par de horas he hablado con ella, tiene una pista de lo que está pasando, pero necesita ayuda. Me ha dado una lista de nombres que ya están de camino a Konark.
—Comandante, ¿en total, cuantos soldados tiene la milicia, o el Tercio Viejo como la llamáis? —preguntó el canciller de Maradonia.
—10.000, señor canciller. El doble si añadimos a la Guardia Civil, que es la policía federal de Nueva España.
—Bueno, no está mal. Por soldados no va a ser, —el comentario del rojizo canciller hizo que a Marisol los ojos se le abrieran como platos.
—Con el debido respeto, señor, la Princesa Súm, en la liberación definitiva de Mandoria, lidero a su 5.º Ejército: casi medio millón soldados con artillería y más de 2.000 vehículos acorazados. Matilda, en el asalto final a Axos, dirigió un ejército de ocho millones de soldados. Señor canciller, lo que tenemos nosotros es una puta mierda…, y disculpe la expresión.
—Gracias comandante, nos hacemos una idea del problema, —dijo el presidente con una sonrisa—. De todas maneras, estamos hablando por hablar. Es muy posible que todo sea una falsa alarma…, pero por si acaso, es mejor estar preparados… al menos en lo posible. Bien, en un par de horas se va a votar en el parlamento federal la creación, con carácter provisional, de las Fuerzas Armadas Federales. A continuación, la comandante Martín, pasara a ser comandante en jefe del nuevo ejército con la categoría de general.
—Pero señor presidente… —a Marisol se le aflojaron las piernas pese a estar sentada.
—No esperes al nombramiento, —la interrumpió el presidente levantando la mano— partirás de inmediato hacia Konark: quiero que estés al tanto de los progresos de Anahis. He hablado con la priora y te facilitara un lugar para que trabajes. La próxima vez que nos reunamos, quiero que me presentes un plan detallado para la puesta en marcha del ejército federal. Quiero que sepas, que tienes a tu disposición todos los recursos federales para lo que puedas necesitar.
—Se lo agradezco señor presidente, pero por el momento prefiero trabajar sola hasta que veamos que descubre Anahis y como evoluciona la situación.
—Muy bien, como prefieras.


Todavía abrumada por el nombramiento y la misión encomendada, Marisol llegó a Konark. Nada más verla, la priora se dio cuenta de la terrible responsabilidad que recaía sobre sus hombros, y decidió ayudarla. La agradaba está españolita decidida y sincera. La instaló en una celda, cercana a la zona de trabajo de Anahis y su equipo, y que disponía de una habitación anexa con una gran mesa y una terminal de datos.
—Aquí podrás trabajar con tranquilidad, general, —como le paso a Anahis, la afabilidad de la priora la cautivo desde el primer momento.
—Por favor reverenda madre, no me llame general. Ni yo me lo creo todavía, y no sé siquiera si lo merezco, —la humildad de Marisol hizo sonreír a la religiosa—. Llámeme Marisol.
—¿Qué sabes de cuestiones militares, estrategia y cosas de esas, querida niña?
—Me interesa mucho el tema y he estudiado esas cuestiones. Soy miembro del club de historia militar de Nueva España, que está en mi pueblo, y en él, hemos analizado las tácticas de Matilda y la Princesa en la última guerra, —y con ojos tristes añadió—. De ahí a ser una entendida, hay mucho trecho.
—Ya sabes más que la mayoría de los habitantes de la galaxia, Marisol, —la cogió de la mano y añadió—. Acompáñame querida.
Salieron de su habitación y se encaminaron a la zona de entrenamiento. Al entrar, Marisol vio lo mismo que vio Anahis, varias decenas de sacerdotisas desnudas entrenaban en furioso combate. Incluso algunas presentaban pequeñas heridas que manchaban sus cuerpos de sangre y sudor.
—¡Joder! —no pudo reprimir la expresión—. Con mis amigos del club entrenamos con espadas, pero son de madera… y sin tanto ímpetu.
La priora hizo una indicación, y una de las parejas se acercó a ellas rápidamente con las armas de la mano. Llegaron e inclinando la cabeza hicieron una reverencia a la priora y su acompañante. Con otra indicación, una de ellas se despojó de sus armas y se las ofrecio a Marisol que intento reusar.
—Es un deshonor y un insulto, rechazar las armas que te ceden en muestra de amistad.
—Lo siento mucho, no quería ofenderla, —Marisol inclinó la cabeza ante la sacerdotisa y acepto las armas—. Pero yo no tengo…
La otra sacerdotisa atacó con un golpe flojo de espada, y Marisol reaccionó bloqueando a duras penas el golpe con el escudo. La atacante sonrío y le dio tres golpes seguidos que igualmente paro. La sacerdotisa miró a la priora que con una inclinación de cabeza la autorizo a hablar.
—Eso con punta que tienes en la mano derecha sirve para atacar, —dijo con cierta sorna, y adoptó nuevamente posición de combate.
Marisol comenzó a moverse de lateral, decidió atacar. Su oponente esquivó el golpe y con la espada plana la golpeo en el trasero. Marisol volvió a ponerse en guardia y su postura fue corregida por la otra sacerdotisa con las manos. Intentó otro golpe con el mismo resultado y frunció el ceño: no la estaba gustando nada que la golpeara el trasero. Atacó otra vez, y nuevamente recibió otro golpe. Notó como la sangre le congestionaba la cara y lanzó un ataque furibundo alcanzando tres veces seguida a la sacerdotisa en el escudo, pero está, tirándose al suelo la hizo un barrido y cuando quiso reaccionar estaba en el suelo, bocarriba y con la punta de una espada en el cuello. La sacerdotisa mantuvo la posición unos segundos, y a continuación, cogiendo su espada con la izquierda, la tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—Veo que hacéis buenas migas, —dijo la priora con una sonrisa—. Marisol, te presento a Loewen, sacerdotisa de alto rango y… guerrero del Círculo.
—¡Una guerrera del Círculo! —no pudo disimular su sorpresa—. Yo creía que ya no…
—¿Qué no existían? —la interrumpió la priora—. En los últimos días me lo han dicho en alguna otra ocasión.
—Pues no existiremos, —añadió Loewen con suavidad— pero todas las hermanas que estamos en está sala, lo somos.
—¡No jodas! —Marisol no pudo reprimir la expresión.
— No, no lo hacemos, —la sonrisa de Loewen era amplia—. Tenemos voto de castidad.
—¡Oh! Lo lamento, es que me pierde mi efusividad.
—No te preocupes, además puedes estar satisfecha. Nunca un novato ha logrado alcanzarme tres veces en el escudo.
—Eres muy amable Loewen, —Marisol entregó sus armas a la otra sacerdotisa—. Reverenda madre, voy a hablar con el presidente, porque esto lo cambia todo.
—¿A que te refieres niña?
—¿A que me voy a referir? A que yo era comandante de la milicia y de pronto soy general del ejército. Cualquiera de ellas están más preparadas que yo, cuando el presidente lo sepa…
—¿Y por qué crees que no lo sabe? —preguntó la priora.
—Bueno, no es lógico…
—El presidente sabe perfectamente todo lo que hacemos aquí, no en vano, una de sus hijas entró de novicia el año pasado.
—Pero entonces no entiendo…
—No hay nada que entender, si lo ha hecho en porque tendrá sus razones, —volvió a interrumpirla la priora—. ¿Y sabes que? Yo creo que ha actuado correctamente.
—No, no sé que decir, reverenda madre.
—Pues no digas nada y ponte a trabajar. Mientras estés aquí, Loewen será tu ayudante. Ya le he dicho a Anahis que ibas a llegar y que el presidente desea que te tenga al tanto de sus investigaciones, —y dirigiéndose a Loewen, añadió—. Estás relevada de todas tus obligaciones… y llévala al armero para que elija armas, no seria apropiado que un general lleve una espada de madera.
—Gracias reverenda madre.
—Y una cosa más Marisol, yo creo que el presidente no ha elegido a un general sin más, ha elegido a un líder, y me da en su nariz que ha acertado.


viernes, 17 de febrero de 2017

Desafio de galaxias (capitulo 1)


Este relato que empiezo a publicar hoy, no es la segunda parte de “Matilda, guerrero del espacio”. Aunque el marco es la República Federal Galáctica, heredera del régimen imperial de Zannar II, es una historia que nada tiene que ver con las aventuras de Matilda y la Princesa Súm, aunque se hace referencia a ellas: la época de las espadas místicas, casi ha finalizado.
Hace tiempo que publiqué este relato, pero posteriormente decidí darle otra vuelta para intentar mejorarlo: no sé si lo habré conseguido.

 
Capitulo 1

—¡Reverenda madre, reverenda madre, despierte! —la apremiante voz, la sacó del profundo sueño en el que estaba sumergida: algo excepcional en una mujer que dormía poco—. ¡Rápido! Tiene que levantarse.
—¿Qué ocurre, hermana? —respondió incorporándose levemente. Ante ella vio, levemente iluminada por la débil luz que desprendía el farol que llevaba en la mano, a una de las sacerdotisas con cara asustada.
—¡Dese prisa! —la volvió a apremiar—. Tiene que bajar inmediatamente a la Cámara de las Reliquias.
—Pero ¿que pasa? —insistió la abadesa.
—Es Eskaldár…, resplandece.
—¿Qué? —preguntó con incredulidad.
—Que resplandece, que se ha iluminado.
La abadesa permaneció inmóvil unos segundos intentando asimilar las palabras de su compañera de monasterio. Se levantó rápidamente y sin cambiarse la ropa de dormir salio de su celda, echándose una toquilla sobre los hombros. Seguida por la sacerdotisa, descendió hasta el nivel más bajo del monasterio y enfilo un largo y sombrío pasillo. Al fondo, una decena de monjas a medio vestir pugnaban por mirar por el ventanuco de la puerta por el que salía un resplandor azulado.
—¡A ver hermanas! Calmaros y dejarme pasar, —la autoritaria voz, junto con un par de palmadas, hizo que se apartaran despejando la puerta. La reverenda madre se asomó al ventanuco y miro fijamente al origen del resplandor que ilumino su rostro tiñéndolo de azul. Se apartó, y abriendo un cajetín situado al lado de la puerta, colocó la palma de la mano en el sensor y tecleo un código. La puerta se entreabrió con un chasquido seco. La abadesa la empujo y se acercó fascinada a la legendaria espada de Matilda, mientras las sacerdotisas, en número creciente, iban llenando la cámara arremolinándose a su alrededor.
—¿Cómo es posible, reverenda madre? —preguntó la viceabadesa, que acababa de llegar—. Hace 400 años que no hay guerreros místicos. Las últimas fueron Matilda y la Princesa Súm, y no trasvasaron su poder místico.
—Comunícate inmediatamente con el canciller de Mandoria, —ordenó muy seria. Se daba cuenta de la posible gravedad del hecho—. Es vital saber si Surgúl, la espada de la Princesa, también resplandece.
—Pero… creo que la Princesa fue sepultada con ella. Habrá que abrir la tumba.
—Dile al canciller lo que pasa y que la tiene que abrir: estoy segura que estará de acuerdo, —meditó unos segundos y añadió—. Necesitamos respuestas y solo las encontraremos en el Manuscrito Sagrado.



Hacia rato que Anahis, la hija del canciller de Mandoria estaba despierta: no podía dormir. Desnuda sobre la cama, trataba de conciliar el sueño pese al intenso calor de la noche estival. Estaba intentándolo, cuando en la lejanía comenzó a oír unos golpes metálicos que rompían el silencio de la noche. Miró el reloj de su mesilla y comprobó que eran las cinco de madrugada: las primeras luces aun no entraban por los ventanales de su habitación, solo la claridad de dos de las lunas del planeta.
El ruido de los golpes retumbaba en todo el palacio, las enormes dimensiones del salón del trono actuaba como caja de resonancia. Se puso una fina bata de raso, y anudando el cinturón salió de sus aposentos en dirección al origen de los golpes.
—¿Qué ocurre padre? —preguntó entrando en el salón. Se paró junto a ellos, y miro con interés como unos operarios intentaban soltar con escoplos y mazas, los doce sellos de duranio que aseguraban la enorme lápida, de varias toneladas de piedra negra, que cubría las dos tumbas: la de la Princesa Súm y la de Ramírez.
—¿Qué haces despierta tan temprano? —la cara seria de su padre denotaba que algo importante pasaba.
—¿Con estos golpes?, no creo que nadie duerma en el palacio, padre, y mucho menos con este bochorno.
Los operarios, lograron soltar el último sello y colocaron sobre ella una maquina de tracción magnética. La activaron, y lentamente con mucho cuidado, comenzaron a levantar la descomunal lápida. Inmediatamente, un resplandor azulado salio por las primeras rendijas, que se fue ampliando según la lápida ascendía. La empujaron hacia un lado depositándola en el suelo y todos se asomaron, y miraron con estupor el fenómeno. Sobre su catafalco, el cuerpo incorrupto de la Princesa Súm, sujetaba con ambas manos la empuñadura de Surgúl, que reposaba sobre su cuerpo.
—Informa a la abadesa de Konark, que Surgúl también reluce, —dijo el canciller a su secretario.
—¿Cómo que también reluce? —Anahis miró con interés a su padre, que ensimismado seguía mirando con fascinación al interior de la cripta—. ¿Qué está pasando?
—No tenemos ni puta idea, hija, solo que Eskaldár y Surgúl relucen, —seguía sin apartar la vista del cadáver de la Princesa—. Fíjate en ella Anahis, parece que está dormida. Hace 400 años, ella y Matilda, derrotaron al emperador en la guerra más colosal que han visto los tiempos.
—¿Y porque Ramírez no está embalsamado? —preguntó Anahis fijándose en los restos esqueléticos de la pareja de la Princesa. Aun así, su imagen, con su casco, su coraza, el escudo con los emblemas de la Princesa y el hacha de combate, era impresionante.
—Cuando la Princesa murió, él desapareció. Años más tarde encontraron sus restos junto con sus armas y la República los reclamó para que ocupara el sitio que le corresponde, a su lado.
—¿Usaba ese hacha en las guerras?
—Si hija, la usaba. Ramírez era un hombre extremadamente poderoso. ¿Te has fijado en su escudo? Lleva los emblemas de la Princesa. Sentía devoción por ella. Jamás la hizo sombra, siempre estuvo dos pasos por detrás.
—Canciller, he informado a Konark, —interrumpió la conversación su secretario—. La reverenda madre pide que llevemos a Surgúl al monasterio: la podemos tocar, no hay peligro.
—Yo lo haré, padre, —con decisión se sentó en el borde, y agarrándose del brazo que le ofrecía el operario se dejó caer el par de metros que la separaban del suelo—. Aquí hay armas. Están apoyadas contra el catafalco.
—¿Armas?
—Si, hay… espadas, lanzas… y escudos con los mismos emblemas que el de Ramírez, —se acercó, y con emoción reverencial soltó las rígidas manos de la Princesa de la empuñadura de Surgúl. En su lugar, colocó una de las espadas del suelo—. No se… no quiero dejarla sin armas: no me parece bien.
Alzó a Surgúl para que la cogiera su padre y con su comunicador, saco imágenes de las armas y de la Princesa. Después, dos operarios la ayudaron a subir. Desde arriba, siguió grabando imágenes del interior de la tumba.
—¿No sabes nada de las armas? —su padre la miró y negó con la cabeza—. Me gustaría llevar la espada a Konark. Me está empezando a interesar está historia. Podría preparar un trabajo de fin de estudios para la universidad.
—Me preguntaba cuanto tardaría en aparecer la historiadora, —sonriente su padre la miró con ojos cariñosos.
—Es una oportunidad única, padre.
—Lo sé, hija, lo sé. Avisaré a la reverenda madre de que vas.



Unas horas después, Anahis llegó al santuario de Konark. En su poder llevaba la legendaria espada de la Princesa, que antes fue del conde Nirlon. Pero antes, en la intimidad de su aposento, no pudo resistirse a blandirla como los feroces guerreros de cuatrocientos años atrás.
Para no llamar la atención con su resplandor, la había envuelto con un paño de seda azul y la ató con un cordel. La sujetaba con la mano izquierda, mientras del hombro derecho colgaba una gran bolsa de tela con su equipaje.
—Hola, querida niña, —la afabilidad de la priora sorprendió y agradó a Anahis, que siempre había oído de ellas que eran un tanto “toscas” en el trato con los demás—. Tu padre me ha comentado tu intención de alojarte en el monasterio y…
— Siempre que a usted le parezca bien, reverenda madre, —la interrumpió sonriendo con sinceridad—. No se lo que le habrá dicho mi padre, pero hubiera preferido hacerlo yo personalmente. Ya sabe cómo son los cancilleres, mucho más si son padres, —termino bromeando.
—No te preocupes hijita que no hay ningún problema. Tu padre me ha dicho que estás terminando tus estudios superiores de historia.
—Ya los tengo finalizados, ahora tengo que presentar un trabajo personal para que me confieran el grado de maestro, —guardo silencio un par de segundo y su expresión cambió mientras miraba a la priora—. Cuando se ha abierto la cripta me he quedado fascinada. Y no solamente con ella, que está intacta, como si estuviera durmiendo, ha sido todo en general. Pero lo que más me ha llamado la atención ha sido el escudo de guerra de Ramírez, con los emblemas de la Princesa. Me gustaría trabajar en los archivos del monasterio para…
—Vas a hacer más que eso hijita, —la priora acarició la mejilla de Anahis—. Vas a tener acceso a todo, pero hay algo que es prioritario. Necesitamos respuestas urgentemente y en estas horas que han trascurrido, me he dado cuenta de que estamos un poco… “oxidadas” en el trabajo de investigación. Hemos perdido habilidad en el manejo de textos antiguos.
—Para mí será un honor ayudar en todo lo que pueda, reverenda madre.
—Entonces acompáñame, —una novicia se hizo cargo de su bolsa de viaje y desapareció por una puerta mientras ella, con Surgúl en las manos, seguía a la priora. Bajaron varios niveles y enfilaron el largo y tenebroso pasillo que conducía a la Cámara de las Reliquias. En un extremo de la estancia, sobre un pedestal de piedra, Eskaldár refulgía con un fulgor azulado. A su lado, había preparado otro de las mismas características. Anahis se aproximó y desembalando la espada, que relucía como Eskaldár, la colocó sobre el.
—¡Qué distintas son, no se parecen en nada! —exclamó admirada.
—Como es lógico querida niña, —la priora había recuperado su afable sonrisa— ten en cuenta que Surgúl era la espada del conde Nirlon, que según cuentan las crónicas era un hombre extremadamente sobrio, cómo la Princesa. En cambio, Eskaldár fue forjada por un padre para su amada hija, por eso está mucho más decorada, —la priora se dirigió hacia una labrada urna plateada que ocupaba un rincón de la estancia. Levantó la tapa, de su interior extrajo un paquete envuelto en una gruesa tela de terciopelo rojo, sujeto por un cordón amarillo.
Las dos subieron con el paquete a los niveles superiores y entraron en una amplia estancia, con las paredes forradas de estanterías ocupadas por miles de libros. En un extremo, sobre una gran mesa de madera maciza, un terminal de datos de aspecto obsoleto, parecía desafiar el paso del tiempo.
—Trabajaras aquí, en la biblioteca, y por esa puerta se accede al archivo, —dijo señalando una puerta, y depositando el paquete sobre la mesa, añadió mientras desanudaba el cordón, —. Esto, jamás saldrá de está habitación, una hermana siempre estará presente y te ayudara en lo que necesites. Cuando termines con él, la hermana lo guardara bajo llave.
Terminó de desanudar el cordón, y desembaló el paquete retirando la tela roja hacia los lados. Ante ellas apareció otra tela de seda de color negro que la priora retiró también hacia los lados. Finalmente, ante ellas, apareció el Manuscrito Sagrado, la crónica de los hechos que acontecieron con la llegada de los ancestros a través de un portal interdimensional. Escrito a mano con tinta vegetal sobre pergamino, estaba encuadernado con unas tapas ricamente cinceladas en plata con incrustaciones de brillantes piedras nobles.
—Anahis, estoy convencida de que las respuestas están principalmente aquí, —dijo la priora poniendo su mano sobre el libro— es prioritario, es vital que sepamos que es lo que está ocurriendo.
—Me pondré a trabajar de inmediato reverenda madre. Voy a quitarme la ropa de viaje y a ponerme más cómoda. ¿Esta terminal está conectada con el banco de datos federal?
—No, pero no te preocupes que lo estará. Mientras te cambias lo solucionaremos.
—Otra cosa reverenda madre, ¿en el archivo hay documentos tan antiguos como el Manuscrito Sagrado?
—No existen textos tan antiguos como el Manuscrito, pero algunos se aproximan mucho. Si necesitas más ayuda, aparte de la hermana, te proporcionaré más, las que necesites.
—Gracias reverenda madre.
Anahis acompaño a una sacerdotisa, que la mostró su celda, sobria, simple, y muy próxima a la biblioteca. Se duchó y con un atuendo más cómodo se sentó ante el legendario libro. ¿Cuántas veces había oído hablar de él, aunque casi nadie lo había visto físicamente? Innumerables veces. Si sus maestros en la escuela superior la vieran ahora les daría un ataque. Se colocó unos guantes de tela blanca y con mucha precaución abrió el libro por la primera página. Durante varias horas trabajo en él, haciendo anotaciones en una hoja de papel en blanco y consultando el terminal de datos.

Al día siguiente, a primera hora, Anahis estaba trabajando de nuevo. A media tarde, la priora entró en la biblioteca y se encaminó decidida a la mesa donde trabajaba.
—Vamos a ver niña, me dicen que casi no has comido en todo el día ¿es cierto? —la seriedad en el semblante de la priora dejaba bien claro que no estaba de broma.
—No se enfade reverenda madre, pero es que…
—¡Nada de peros! Si quieres seguir trabajando con el manuscrito, prométeme que serás más responsable con tu alimentación.
—Se lo prometo reverenda madre, pero es que soy de poco comer, pero ya que está aquí, estoy un poco confusa, ¿qué diferencia hay entre un guerrero místico y un guerrero del Círculo?
—Todos los guerreros místicos, los cinco, eran guerreros del Círculo, pero todos los del Círculo, no eran místicos.
—Digamos que eran de una categoría superior.
—Si, pero tenía más que ver con sus poderes místicos. Los guerreros del Círculo no tienen esos poderes.
—De cualquier forma da igual, ya no hay, ni unos ni otros, —en la voz de Anahis se notaba cierta resignación.
—¿Por qué estás tan segura de lo que dices, hijita?
—Porque todo el mundo sabe que ya no hay, —afirmó convencida—. ¡Cómo me hubiera gustado poder entrevistar a alguno!
—Sígueme, —la priora dio media vuelta y salio por la puerta de la biblioteca seguida por Anahis. Después de recorrer varios corredores, comenzó a oír un rumor de ruidos metálicos que fue en aumento según se acercaban a la puerta del fondo. La traspasaron y Anahis no pudo ocultar su sorpresa, ante ella varias decenas de mujeres desnudas, combatían golpeándose con espadas y lanzas mientras se protegían con escudos circulares—. Ellas son guerreros del Círculo.
Anahis contemplaba fascinada los musculosos cuerpos desnudos de las sacerdotisas, que sudorosos brillaban bajo la luz de las lámparas.
—Los guerreros místicos, utilizaban la energía mística en su provecho. La espada es como una antena que la capta y la reconduce por su cuerpo. Si has leído sobre Matilda, sabrás que cuando mato al traidor, su tío, partió por la mitad su trono de piedra, con un solo golpe de Eskaldár. Esa energía también alimentaba su escudo de energía. En cambio, ellas usan escudos de duranio y no pueden usar la energía para combatir.
—Reverenda madre, yo quiero aprender. Sé que en unos días es imposible, pero mientras este aquí me gustaría entrenar con ellas. Eso si, la aseguro que yo no tengo esos músculos.
—Si es tu deseo, entrenaras con las novicias, ¡y te alimentaras como es debido! Ahora acompáñame, — y salio por la puerta seguida por Anahis. Recorrieron unos metros por el pasillo y entraron por una puerta que estaba entreabierta. Estaban en el armero del monasterio, y cientos, si no miles de espadas y lanzas se mostraban perfectamente ordenadas. La priora recorrió varios pasillos hasta que se detuvo frente a una estantería de donde cogió una espada que estaba dentro de una bolsa de terciopelo negro—. Creo que está te gustara, —se la entregó a Anahis que con sumo cuidado la fue extrayendo de la bolsa. La funda estaba profusamente labrada con ramos de flores.
—¡Es preciosa! —exclamó entusiasmada.
—Todavía no la has visto: desenváinala, —la animó con su casi perenne sonrisa.
Anahis lo hizo y quedo impresionada con la labor de cincelado de la hoja. Unos veinte centímetros de la zona de la empuñadura estaba profusamente labrada, también con motivos florales.
—Necesitaras un escudo, —dijo indicándola una estantería donde había un buen número de ellos. Eran totalmente metálicos, sin decorar—. Los guerreros del Círculo solían decorarlos a su gusto.
—Me parece reverenda madre, que es demasiado pronto para pensar en eso.
—Querida niña, sus armas acompañan al guerrero toda la vida.
—Pero, yo no soy un guerrero reverenda madre, —dijo Anahis riendo.
—Es posible, pero… no se…, tienes algo especial querida niña. Lo noto. Creo que vas a dar buen uso a esa espada.



jueves, 17 de noviembre de 2016

Matilda, guerrero del espacio (capitulo 33)



Dos meses después de la victoria, se reunió el nuevo parlamento federal en el antiguo parlamento imperial. Se había decidido, que todos los sistemas principales, y grupos de sistemas con estructura política, tuvieran un representante, salvo los veintidós mundos que habían llevado el peso de la guerra, que tendrían dos. En total se reunieron 15.376 parlamentarios que como primera propuesta aprobaron, por absoluta mayoría, la creación de la República Federal y Democrática de Mundos Libres. También se decidió trasladar la capital federal a Edyrme, un sistema poco poblado cercano a Evangelium y por lo tanto a los corredores subespaciales. En él, se construiría un nuevo parlamento y un complejo gubernamental, pero nada que ver con la enorme maquinaria burocrática que ocupó la casi totalidad de Axos. Se nombró presidente federal a Doradam, de la República de Ursalia, un político muy respetado por todos y que había llevado el peso de las negociaciones que condujeron a la creación de la República. Se acordó licenciar gradualmente a los casi ocho millones de soldados y crear una policía federal que combatiera los delitos íntermundos.
Durante los siguientes seis meses, se debatió la nueva constitución federal que fue votada y aprobada en referéndum por todos los mundos con representación parlamentaria. A su amparo, se creó una legislación poderosa que organizo la nueva república y combatió contundentemente la corrupción. También se creó un fondo de ayuda para asistir a los sistemas devastados por la guerra.
El sector oscuro cambio oficialmente de nombre y pasó a denominarse Sector 26. La República, negoció un acuerdo comercial y militar con Faralia y el Consorcio Bellek, que incluía la instalación de cinco bases militares que ayudaran a pacificar el sector y garantizar el libre transito de mercancías y personas. Parte de la flota de fragatas y corbetas con tecnología mística, se trasladaron al sector para dotar las bases. Los acorazados, se turnaron en misiones de patrulla de seis meses por el sector, en una misión de advertencia a las facciones corsarias y desarrollando trabajos de investigación científica.
Los restos del emperador Zannar II, fueron quemados. Sus cenizas, junto con el contenedor que contenía su energía mística, y su espada Dalanar, se guardaron en una caja de plomo y se enterró en un pozo, a quinientos metros de profundidad, desde el nivel más profundo del monasterio de Konark.

En Mandoria, la Princesa Súm, después de licenciar a su querido 5.º Ejército, reorganizó y fortaleció la Milicia Civil. Paulatinamente, según los planes de reconstrucción fueron finalizando, fue delegando funciones y tuvo mucho más tiempo para dedicarse al Atlantis.
—Me siento rara, —la Princesa, desnuda, sentada en el regazo de Ramírez, miraba al exterior desde el ventanal de su camarote—. No sé que hacer, me aburro.
—Te aburres porque quieres.
—Ya estás pensando en lo de siempre, —dijo riendo.
—Es cierto que siempre pienso en follarte… y a todas horas, pero no en este momento. Me refería a otra cosa.
—¿A que te referías?
—En tres meses, Matilda regresa del Sector 26 y nosotros la reemplazamos. Querías embarcar familias enteras, ampliar los laboratorios y las zonas de investigación, si vienen familias con niños, habrá que preparar guarderías, escuelas, traer pediatras, organizar planes de ocio. En fin, un montón de cosas, que por cierto, ya se han hecho el Tharsis. Y lo principal, recuerda que querías escribir cuentos para niños.
—Esas cosas son fáciles de hacer…
—¡Joder!, serán fáciles, pero no las haces, —la regaño con cariño—. Prefieres estar tirada aquí tocándote la raja.
—¡Jo!, no me regañes, —exclamó con voz ñoña arrebujándose en su pecho—. Te prometo que me pondré a hacer algo.
—Y a escribir.
—Que si pesado, y a escribir.
Para cuando el Tharsis regresó de su misión de patrulla por el 26, el Atlantis ya estaba preparado. 126 familias, con 171 niños. La Princesa estaba encantada, y como rutina pasaba a diario por la guardería y la escuela. Con la presencia infantil en la nave, se sintió inspirada y comenzó a escribir. Al principio, leía sus relatos a los niños de los tripulantes, pero dos años después, publico su primer libro de cuentos que tuvieron un éxito fabuloso. Fue el comienzo de una larga carrera de éxito como escritora, donde alterno cuentos y novelas, y que culmino, algunos años después con la publicación de: “Matilda, guerrero del espacio”, que termino convirtiéndose en una serie audiovisual de éxito en toda la galaxia.
Mandoria de convirtió en modelo de democracia participativa. El proyecto de conectar con fibra óptica neuronal todas las casas de Mandoria y de los sistemas asociados, se llevó finalmente a cabo, y la consulta a los ciudadanos era constante y fluida.
Ramírez permaneció siempre junto a ella. En el Atlantis, como coronel del regimiento de infantería, y cuando regresaban a Mandoria, como jefe de su guardia personal y de la milicia. A pesar de ser pareja, todos en Mandoria lo sabían, nunca se casaron, a pesar de que las nuevas leyes de la república lo permitían. Fue el primer sistema que permitió el matrimonio ínter especies o entre ciudadanos del mismo sexo.

Con el conflicto finalizado, Matilda se centró en el Sector 26, el antiguo Sector Oscuro. Sistemáticamente limpió, con la ayuda de la Princesa, sistema a sistema de la presencia de corsarios y piratas. Eso propicio que muchos sistemas se adhirieran a una Confederación que les trajo prosperidad y desarrollo. Finalmente, seis años después de finalizada la guerra, Matilda lideró a la mayor flota que jamás había surcado el Oscuro o la galaxia. Al frente de más de mil quinientas naves de Faralia, la Confederación, el Consorcio Bellek y de la República, atacó y derrotó sin paliativos, a las naves de la alianza surgida entre Beegis, Cayely y Petara en la tremenda batalla de Manixa. Fue el fin de lo que con el tiempo se denominó el “Periodo Sombrío”. Se abrieron cientos de nuevas rutas comerciales, y sus naves comenzaron a salir del sector para comerciar con el resto de la galaxia. Era el año 8.613 de la galaxia, 2.325 terrestre, y por fin, toda la galaxia estaba en paz.

—Queremos pedirte un favor, —la Princesa las miraba con suspicacia. Las tenía frente a ella, cogidas del brazo, muy serias, y no sabía por donde iban a salir.
—¡Cómo que me queréis pedir un favor! ¿qué chorrada es esa?
—No es ninguna chorrada. Queremos que nos cases.
—¡No me jodáis! —exclamó la Princesa cuando reacciono de la sorpresa inicial—. ¿No será una broma? ¡Que vosotras sois unas cachondas!
—¡Que no hostias!
—¡Joder que es cierto!
La Princesa se levantó y las abrazo a las dos mientras las llenaba de besos.
—¿Cómo no os voy a casar, bobas? Pues claro. Que alegría. ¿Estáis seguras de lo que vais a hacer?
—Si, estamos muy seguras.
Dos meses después se celebró la ceremonia en Raissa, en la playa que ellas siempre frecuentaban. Camaxtli, que no paró de llorar, y Neerlhix, su hermano, fueron los padrinos y las prioras de Konark y Akhysar actuaron como testigos. Todo el Estado Mayor y gran número de parlamentarios asistieron a la ceremonia, junto con los oficiales mayores del Tharsis y el Atlantis. El príncipe Adry, y el canciller del Consorcio, también estuvieron presentes. Ushlas estaba preciosa con su tunica tradicional mandoriana y su diadema de flores en el pelo. Matilda, con el traje ritual de las sacerdotisas de máximo nivel de Konark, también lo estaba. La Princesa Súm ofició la ceremonia según el protocolo que dictaba la ley mandoriana. Después pronuncio una palabras cargadas de sentimientos y emoción. Hablo de Ushlas, a la que conoció en la escuela, hablo de Matilda y de cómo se conocieron. Hablo de amistad, de camaradería, de admiración y de amor fraternal.
A continuación, se celebró un coctel para los invitados amenizado por una orquesta, y finalmente, después de despedirse de ellos, llegaron a la nueva casa, que habían adquirido junto a la playa donde se celebró la ceremonia.
Se desnudaron, pero Matilda no permitió a Ushlas que se quitara la diadema de flores. Durante toda la noche follaron y se amaron como nunca lo habían hecho. Recorrieron centímetro a centímetro sus cuerpos en una vorágine de pasión y deseo inagotable.

La Princesa Súm, continuo siendo princesa de la República y jefe del estado hasta su muerte, que acaeció a los 62 años de edad a causa de un desafortunado accidente domestico. Durante varias semanas, millones de mandorianos y de ciudadanos de la galaxia, desfilaron frente a su princesa del pueblo. Finalmente, por votación popular, fue sepultada en el lugar donde antes estuvo el trono del reino de Mandoria, para recordar permanentemente a los políticos, quien era y lo que representaba.
Al día siguiente de su sepelio definitivo, Ramírez desapareció de Mandoria. De su aposento, solo faltaban sus armas de partículas, su escudo y su hacha de combate. En un mensaje decía que le resultaba imposible seguir viviendo allí sin ella. Nadie le volvió a ver, algunos hablaban sobre rumores de que le habían visto en tal o cual lugar, pero nada seguro. Cien años después, unos arqueólogos que exploraban una cueva en Antequera, en la antigua España de la Tierra, encontraron un esqueleto y a su lado un escudo, con los emblemas de la Princesa, y un hacha de guerra. Cuando se confirmó que eran sus restos, la República de Mandoria los reclamó, y en una gran ceremonia, se enterraron junto a los de su amada princesa, para toda la eternidad.

Matilda y Ushlas permanecieron juntas hasta que muchos años después, la última murió de una extraña enfermedad contraída en el Sector 26. Su cadáver fue sepultado, sobre los acantilados de Raissa, cerca del mausoleo del conde Nirlon, frente a ese mar tan maravilloso que ella siempre amó. Matilda abandonó la flota, y después de depositar a Eskaldár en el monasterio de Konark, se recluyó en su casa desde donde veía permanentemente la tumba de su único y verdadero amor.

Con el tiempo, el sistema democrático de la República Federal se consolidó definitivamente, y los mundos principales del 26 pasaron a tener representación en el Parlamento Federal de Edyrme.
Pasaron los años, los siglos, y la terrible guerra que acabó con el tirano, fue perdiéndose en el recuerdo cayendo en el pozo del olvido. Pero no sus protagonistas, en Mandoria, nunca faltan flores en las tumbas de la Princesa y de Ramírez. En Raissa, dos tumbas sobre sus acantilados demuestran la fuerza del amor a los millones de peregrinos que anualmente las visitan. Dos figuras de piedra blanca, con las manos enlazadas, dan fe de una historia de amor colosal, inmensa como el mar que se abre ante ellas.