domingo, 19 de noviembre de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 78)





Toda la zona norte de los campos de Taragüm, se había convertido en un inmenso mar de miles de módulos prefabricados, tiendas de campaña de todos los tamaños y colores, aunque predominaba el pardo, y naves de abastecimiento, donde reinaba, con su impresionante presencia, el Fénix. Aun así, Marisol trabajaba en el Centro de Mando Avanzado, instalado en un grupo de grandes carpas de lona que, protegidas por escudos de energía, estaban situadas a un par de kilómetros escasos de la línea de frente. A diario, las visitaba a pesar de las protestas de sus colaboradores, que lo consideraban, no sin razón, extremadamente peligroso. Quería tener una idea clara de la situación de los distintos frentes, pero en el fondo necesitaba estar en contacto con los suyos, con los soldados que aguantaban bajo los escudos de energía, el terrible bombardeo de la artillería enemiga, o que avanzaban con la bayoneta calada contra las posiciones enemigas, o protegiéndose con los carros de combate. Visitaba los hospitales de evacuación de primera línea, los de retaguardia, y los depósitos de cadáveres. Había pasado ya mes y medio desde el comienzo de las operaciones terrestres y el avance de las fuerzas federales era, en algunos sectores, continuo, pero desesperantemente lento. En otros, se habían estancado en una maraña de trincheras, alambre de espino y posiciones fortificadas.
Marión daba dos ruedas de prensa diarias y se había convertido en la imagen de las operaciones en Faralia, aunque ya era de sobra conocida en toda la galaxia. La intención de Marisol, y también del presidente y de la reverenda madre, era promocionar su imagen de cara a una, todavía hipotética, presentación como candidata a las elecciones presidenciales. Digamos que esta era una «confabulación» de la que Marión permanecía ajena por el momento, no así Hirell, que con la mosca detrás la oreja, sospechaba algo.
—Quiero que hablemos cuándo tengas un momento, —dijo Hirell a Marisol, un día que la acompañó a primera línea.
—Claro, cuándo quieras. Ahora es buen momento, —estaban en una zona de trincheras y con una indicación, entraron en un pequeño refugio que estaba vacío.
—Sé que estás planeando algo para Marión, a sus espaldas, y quiero saber que es, —Hirell estaba tremendamente serio. Marisol le miró fijamente mientras pensaba la respuesta.
—¿Lo has comentado con ella?
—No, no, ella no tiene ni idea: confía tanto en ti que ni se lo plantea.
—Y por el momento debe seguir así: es necesario que sea ella misma y que no se ponga nerviosa y sobreactúe.
—¿Pero por qué?
—Esto no se lo puedes decir: ni a ella, ni a nadie. Solo el presidente, la reverenda madre, algunos cancilleres, y yo, estamos al tanto de este asunto.
—¿La reverenda madre esta metida en esto?
—Sí, lo está. Nuestra intención es que Marión sustituya al presidente al frente de la República, —la revelación hizo que Hirell se quedara con la boca abierta mientras se sentaba en un banco.
—¡No jodas!
—Ella es perfectamente capaz…
—¡Claro que es perfectamente capaz!
—…pero tiene que creérselo, y no queremos asustarla antes de tiempo.
—¿Pero algún día tendréis que decírselo?
—Sí, sí, pero por el momento que siga saliendo en la tele. La reverenda madre se ocupara: para eso esta aquí, entre otras cosas.
—Está claro que si alguien puede hacerlo es ella.
—Eso creemos nosotros también. Mira, necesitamos en la presidencia a alguien de confianza, que sea capaz de continuar el trabajo del presidente y tener a raya a esa banda de hijos de puta del Parlamento Federal, y no solo me refiero a los representantes parlamentarios, también a los burócratas y trepas que pululan por allí.
—A lo mejor la persona ideal eres tú.
—¿Yo?, imposible: diezmaría el parlamento, —bromeó— y provocaría gastos extra con nuevos procesos electorales y en limpiar la sangre. No, ahora en serio: ella es infinitamente más diplomática que yo, y lo sabes. Cuándo acabe la guerra, acabará mi tiempo, no lo dudes, y debe de ser así, y empezara el de personas como tú o ella, o Anahis, personas razonables, no como yo que lo resuelvo todo a tiros y espadazos.
—Pues a mí me gusta tu estilo.
—¡Anda!, no seas bobo. Sigamos con la inspección.



A los dos meses de batalla, harta de la situación, Marisol se encerró en el Fénix y transfirió el mando general de las operaciones a Marión. En compañía de Hirell y Sarita, trabajó para encontrar una solución al problema: casi se habían estancado a causa de la lentitud del avance federal en todos los sectores.
Marisol llevaba varias horas estudiando con paciencia el plano de la zona de contaminación radioactiva: se daba cuenta de que era necesario entrar por ahí, para aligerar la presión atacando los flancos. Toda la zona, que era enorme, estaba llena de profundos cráteres, y amontonamientos de escombros geológicos, producto de las formidables explosiones de hacia diez años. Era necesario atacar con los carros de combate, que solo levantaban del suelo algo más de tres metros. Las lanzaderas y transbordadores, tenían que operar a diez metros y quedaban expuestos a las baterías antiaéreas enemigas.
—Sarita, Pulqui tiene bajo su mando a una unidad española de ingenieros: localiza a su comandante y que venga a verme.
—Ahora mismo.
—Toma Hirell, mira esto. He trazado varias rutas por el campo de escombros: revísalas por favor, a ver que te parece.
—¿Los ingenieros son para allanar el camino? —preguntó después de echar un vistazo.
—Si es posible, sí.
—Un poco más al sur veo otra posibilidad, —dijo Hirell señalando sobre el mapa.
—Genial. Trázala y únela a las mías, a ver si hay suerte. —los dos siguieron trabajando.



—Marisol, el comandante de ingenieros María Morales, —anuncio Sarita entrando en el despacho una hora después.
—Buenos días comandante, —dijo Marisol tendiéndola la mano—le presento al general Hirell.
—Buenos días mi señora. Mi señor.
—Este es un plano de la zona de exclusión radioactiva, —dijo Marisol acercándose a la mesa de operaciones— y como ves, hemos trazado varias rutas por él. Quiero saber dos cosas: la primera, si es posible suavizar el terreno para que pasen los medios acorazados sin dificultad, y la segunda, si es posible conectar de alguna manera estos cuatro cráteres, —señalo un grupo de grandes cráteres que estaban alineados— para hacer pasar nuestros morteros autopropulsados y ponerlos en posición de disparo. Y todo, con sigilo, y de noche.
—Y con equipos de protección radiológica, —añadió Hirell.
—No puedo darle una respuesta ahora mismo, necesito estudiar la situación.
—De acuerdo.
—¿Pueden proporcionarme un lugar para trabajar?
—Aquí mismo, nosotros tenemos que ir a almorzar, y luego tengo que hacer unas cosas. Todo lo que necesites, pídeselo a Sarita, mi ayudante de campo.
—De acuerdo, me pondré a trabajar de inmediato.
—Por cierto, ¿tu ya has almorzado?
—Sí, sí, nosotros lo hacemos en el primer turno.
—Entonce de acuerdo: dame una respuesta lo antes posible.
—No se preocupe.



A media tarde, el comunicador de Marisol sonó, y rápidamente se encaminó al Centro de Mando.
—¿Ya puedes decirme algo?
—Sí, mi señora, y me temo que no tengo buenas noticias.
—¡No me jodas!
—Lo siento mi señora, —dijo la comandante Morales acercándose al mapa holográfico—. Las rutas que ha trazado pueden ser viables, pero, para abrirlas, tenemos que utilizar maquinaria pesada, no es posible hacerlo a mano, e incluso tendríamos que efectuar voladuras. Todas las rutas van bordeando los cráteres, por la parte alta: por las coronas. Está formado por materiales muy compactos, producto de la fusión de rocas a altas temperaturas y alta presión. Si hubiera habido impactos directos sobre el terreno, toda la zona estaría repleta de productos de la deyección, pero los Delta detonaron en superficie, y hay dos efectos principales, entre otros muchos: el pulso térmico, que pudo alcanzar fácilmente los 300 millones de grados, y la onda de choque que comprimió toda la zona de una manera brutal en pocos segundos.
—Pues estamos jodidos. ¿Y sobre los morteros?
—Igual o peor. Todos los Delta, no detonaron a la misma altura. Según mis cálculos, esos cuatro cráteres corresponden a bombas que detonaron por debajo de los 200 metros…
—¿Y como es posible? Todos los Delta estaban programados igual.
—No tiene nada que ver, tenga en cuenta que todos no llegaron al mismo tiempo y por lo tanto no detonaron igual. Posiblemente cuándo estás bombas llegaron, ya se estaban produciendo detonaciones en toda la zona, y esos Delta, se verían afectados por las ondas de choque que como mínimo alcanzaron la velocidad del sonido. Esos cráteres son muy escarpados en su interior: tendríamos que rebajar la corona al menos cincuenta metros, y para eso, hace falta maquinaria y voladuras.
—¡Me cago en la leche! Tenía esperanzas en este plan, —Marisol apoyó las manos sobre la mesa con gesto de desaliento—. Hemos estado perdiendo el tiempo, ¡mierda!
—¿Me permite hacer una sugerencia?
—Pues claro, dime.
—¿De cuánto tiempo disponemos?
—De todo lo que quieras, al ritmo actual, podemos tardar meses en empujar al enemigo hasta la capital.
—Entonces no hay problema: ¿y si hacemos un túnel?
—¿Un túnel? —preguntaron todos al mismo tiempo.  
—Si los cráteres fueran por impacto directo, toda la parte baja de ellos estaría formado por estratos fracturados por la presión, pero al ser de detonación aérea, como ya he explicado antes, el terreno es bastante estable, no tendríamos que profundizar, y podríamos perforar a unos diez metros.
—¡Vale! Vamos a ver si yo me entero, —dijo Marisol— porque estamos hablando de hacer un túnel de más de… cincuenta kilómetros y no creo que quieras hacerlo con pico y pala.
—Claro que no mi señora, —respondió la comandante Morales con una sonrisa—: usaríamos una tuneladora.
—Pero… aquí no tenemos tuneladoras.
—Pues la traemos mi señora. No es ningún problema, en obras publicas se hace habitualmente.
—¿A que te dedicabas antes de la guerra? —preguntó Hirell que estaba flipando como Marisol.
—Soy ingeniero de caminos, canales y puertos. Trabajaba en el departamento de Obras Publicas de Nueva España y de la Confederación Federal de Planetas.
—Vale, ¿de cuánto tiempo estamos hablando?
—Un mes para traer la perforadora y montarla, y luego, hasta donde quiera llegar. Tiene que tener en cuenta que como no vamos a ser muy estrictos con las medidas de seguridad habituales, podemos pasar de los mil metros diarios, posiblemente mil quinientos.
—¿Kilómetro y medio diario? —preguntó. La comandante Morales asintió y Marisol estuvo unos segundos pensativa—. Entonces… ya no es necesario ir por nuestro trazado…
—Solo tiene que decirme por donde quiere que aflore el túnel.
—¿Y podremos meter un carro de combate por él?
—De sobra, la tuneladora que tendríamos que utilizar, perfora con un diámetro de dieciséis metros: una perforadora láser de percusión sónica.
—De acuerdo. Si avanzamos 60 kilómetros, lo tendríamos todo preparado en un plazo de… ¿tres meses? —la comandante asintió.
—¿Y podríamos ir más profundos para evitar la radiación?
—No nos interesa. He estudiado los informes geológicos disponibles y por debajo de los cincuenta metros hay gran cantidad de capas freáticas, y no nos conviene pinchar corrientes de agua: eso nos retrasaría, y mucho.
—Muy bien, vas a regresar a tu unidad, recoges tus cosas, y te vienes con los colaboradores que necesites. Tenemos mucho que hacer. Aparte de una tuneladora, ¿qué más necesitas?
—Este trabajo no lo puedo hacer solo con mis ingenieros y zapadores, hay que traer otras unidades: al menos otras cuatro. Además, hay que traer camiones mineros, excavadoras, miles de toneladas de hormigón de silicona…
—No es problema.
—Y conductores para los camiones…
—Traeremos las que tú creas que son las mejores unidades de ingenieros: no hay problema. En cuanto a los conductores, tampoco.
—Hay comandantes con más antigüedad que yo, seria mejor esperar a que llegaran…
—De eso nada, tú has empezado esto y tú lo acabaras.
—Los grupos operativos de ingenieros, tienen estructura de batallones y los mandan comandantes especialistas. Si la asciendes a coronel, no puede mandar su unidad.
—¡Joder! Hoy estáis por darme el día. Vale, serian en total cinco batallones, que más o menos, son dos regimientos, o sea, una brigada. Sarita, redacta una orden de creación de unidad, y dos ascensos correlativos a general de brigada para la comandante Morales.
—De acuerdo, —dijo Sarita y mirando a Morales, añadió—: Cuándo regrese con sus cosas tendré preparado el nombramiento y podrá recoger el nuevo uniforme.
—Gracias mi señora.


La nueva general y su brigada, se pusieron a trabajar rápidamente. Tras determinar el punto exacto de perforación, fuera de la zona contaminada, aunque próxima, instalaron un campamento ficticio y lo llenaron de tiendas de campaña, carpas y módulos prefabricados para enmascarar sus actividades. En el centro, comenzaron a preparar el terreno para la tuneladora: con excavadoras comenzaron a mover grandes cantidades de tierras preparando el lecho donde la instalarían. También prepararon una enorme zanja de veinte metros de ancho, diez de profundidad y doce kilómetros de largo, por donde circularían, fuera de ojos indiscretos, los camiones que acarrearían la enorme cantidad de tierra y piedras que produciría la perforación.
Cuando llegó la perforadora principal, tardaron dos semanas en instalarla y tenerla lista. También llegaron dos más pequeñas que serian utilizadas para ramificar el túnel principal.
Se trabajó día y noche en turnos continuos las treinta y dos horas que tenía un día faraliano, y no solo se llegó a los mil quinientos metros diarios, en ocasiones, se superó. Un mes después del inicio de la perforación, se alcanzaron los 47 kilómetros, y las dos perforadoras más pequeñas comenzaron a ramificar el túnel para conectar los cráteres donde se instalaría la artillería pesada y los morteros de plasma.
—A pesar de que me imaginaba que esto iba a ser la hostia, la verdad es que impresiona mucho más, —Marisol, provista de un equipo de protección radiológica, conducía su boogie a través del túnel principal, intercalada en una caravana de camiones que se dirigía a la cabecera de perforación. La acompañaban la general Morales y dos de sus colaboradores más cercanos, así como dos escoltas—. Estáis haciendo un trabajo increíble. Felicita a todos en mi nombre.
—Gracias mi señora, así lo haré, —dijo Morales—. Entre en ese corredor de la derecha.
—Todavía no me has dicho que me vas a enseñar.
—Hemos terminado uno de los emplazamientos artilleros y lo hemos preparado con unas infraestructuras que queremos que vea y nos de su opinión.
Tras un recorrido de seis kilómetros por el ramal, y ya sin camiones, salieron a cielo abierto en el fondo de una profunda quebrada natural, achicharrada por la radiación. En ese momento el sol daba en la parte baja y la temperatura en el interior de los trajes de protección de goma subió considerablemente. Marisol vio cuatro grandes plataformas metálicas, situadas a ras del suelo.
—¿Qué le parece mi señora? —preguntó Morales mientras el boogie se paraba al lado—. Son hidráulico-magnéticas, y se elevaran quince metros.
—¿Y podrán con las ciento cincuenta toneladas de un mortero autopropulsado?
—Y mucho más, tiene que tener en cuenta que estos equipos disparan con retroceso, lo que aumenta considerablemente la fuerza vertical que ejercen sobre el suelo. No habrá problema.
—Perfecto. Nos ayudara a afinar el tiro, habéis tenido una gran idea.
—Esta quebrada, avanza dos kilómetros hacia el oeste y uno hacia el este, —intervino uno de los ayudantes— queremos instalar también plataformas en los extremos.
—Genial. ¿Y el resto de emplazamientos?
—Estarán listos para cuándo la perforadora principal llegue al final.
—Me preocupa el final del túnel, es necesario que los carros de combate salgan rápidamente de él.
—Ya hemos pensado en eso, —dijo el otro ayudante— y hemos descartado hacerlo desde los cráteres. Lo mejor es salir a campo abierto.
—Construiremos unas zonas de estacionamiento cerca de la superficie, y la comunicaremos con ella, mediante varios corredores. Creemos poder llegar a los tres metros. Después, haremos voladuras y las excavadoras empujaran los escombros hacia fuera.
—¿Cuánto se tardara?
—Creemos que en un cuarto de hora, los carros de combate podrán empezar a salir.
—Será muy peligroso para los de las excavadoras.
—Somos militares, aunque en lugar de un fusil, cojamos un pico y una pala. Será peligroso para todos.
—¿Y con la tuneladora que vais a hacer?
—La haremos retroceder hasta la bóveda de estacionamiento, que ya estará terminada, y perforaremos por un lateral para quitarla de en medio.
—¿Ahí estará protegida? —preguntó Marisol—. Lo digo porque el Departamento Federal de Obras Publicas, me ha pasado la factura de lo que valen esas perforadoras, y me he quedado asustada. ¡Valen una pasta!
—Pero, ¿la tenemos que pagar?
—No, no. Solo si nos la cargamos. Por eso lo digo.
—La grande estará bien, sin problemas, y las pequeñas, habíamos pensado dejarlas al descubierto en el fondo de algún cráter, pero…
—Las haremos perforar otra vez y las enterramos como la grande.
—Casi mejor. ¿En cuanto tiempo podremos iniciar el ataque?
—En cuatro semanas. ¿Cómo lo va a hacer? ¿unos días antes empezara a meter los carros de combate, o…?
—No, no. Aunque los carros tienen protección radiológica, no puedo tener varios días a las tripulaciones encerradas en su interior.
—De acuerdo.
—El ataque será de madrugada, con las primeras luces. Primero entraran los autopropulsados, al final de la tarde. Después, los carros de combate: a marcha lenta, tardaran tres horas en ponerse en posición.
—Lo tendremos todo preparado.
—Lo sé.



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 77)


 

La nube de interceptores, entró por el hueco abierto por la flota aliada de Trens. Equipados con torpedos y misiles, atacaron las defensas de órbita desde la atmosfera al tiempo que las 3.ª y 5.ª flotas lo hacían desde el exterior. Mientras esto ocurría, por los sistemas de comunicación bulban, se sucedían los llamamientos a la rendición con la promesa de que se respetarían las vidas de los tripulantes e indicando unas coordenadas de agrupamiento. Al tercer día de batalla, una primera nave enemiga se separó de su formación y se dirigió a las coordenadas fijadas. Primero como un goteo, después, como una lluvia torrencial que desangraba las formaciones enemigas. Cuándo llegaban a la zona de encuentro, naves bulban aliadas les daban instrucciones y una ruta de navegación que les llevaba a Manixa, donde entregarían las naves a los triunviros de gobierno del Mundo Bulban.
Ante la deserción masiva de naves, el líder tuvo que trasladar unidades leales desde el perímetro exterior al dispositivo de la órbita. El núcleo principal de la flota de Trens, solidamente anclada en el hueco del hemisferio norte, presionaba sin pausa agrandando la zona, mientras la vicealmirante Aurré, lograba abrir otro hueco en la zona ecuatorial. La deserción se hizo más evidente, y ante la imposibilidad de defender la órbita, cientos de naves enemigas la abandonaron, unas para huir hacia la superficie, y otras para rendirse a las fuerzas de Trens.



Desde el centro de mando del Fénix, estacionado en las cercanías de Faralia, con la flota de reserva, Marisol asistía atenta a las operaciones navales sin intervenir para nada: confiaba plenamente en Opx.
—Ha llamado el presidente, —dijo Anahis entrando en su despacho, donde Marisol repasaba, por enésima vez, los pormenores de la operación terrestre con la ayuda de su inseparable Sarita. Las dos mujeres levantaron la vista de los mapas holográficos y la miraron interrogantes.
—¿Y?
—Pues acaba de llegar a Beta Pictoris, y textualmente, ha dicho que: «muevas el culo cagando hostias hasta allí».
—¡Venga ya!, ¡no me jodas!, —exclamó Marisol— ¿Qué cojones hace en Beta Pictoris? No debería estar allí.
—¡Mira!, eso se lo puedes preguntar a él personalmente, —respondió Anahis sonriendo— ya he dado la orden de dirigirnos allí, y he informado a Opx.
—Seguro que vuelve con sus tonterías sobre mi seguridad. ¡Pues va de puto culo si se cree que me voy a quedar aquí, tocándome la raja!
—Hace tiempo que te ha dejado por imposible, —dijo Sarita— yo creo que será para otra cosa.
—Saliste huyendo de Beta Pictoris para no estar tropezándote cada dos por tres, con todos esos políticos deseosos de hacerse una foto contigo, y al final, tienes que volver. Cuándo se enteren van a venir al asalto.
—¡Una leche! Nos quedamos en la órbita y que suba el presidente.
—¿Tú estás tonta?, ¿cómo va a subir?, es el presidente.
—¿Y tus tropas? Sabes que les gusta verte.
—¿Sabéis lo que os digo?, que os vayáis las dos a tomar por el culo… y de la manita. ¡Hala, corred!



Unas horas después, el Fénix llegaba a Beta Pictoris e iniciaba la operación de descenso a la superficie. Decenas de miles de soldados federales, la esperaban en la explanada de aterrizaje, cercana al Cuartel General. Cuándo el portón principal se abrió, los políticos, que se habían colocado los primeros haciendo valer sus privilegios, fueron arrollados por los soldados enaltecidos por la sola presencia de Marisol. Durante más tiempo de lo esperado, Marisol estuvo saludando a la tropa mientras en la nave presidencial, el presidente, acompañado por la priora del monasterio de Konark, Loewen y Marión, esperaba resignado armándose de paciencia.
—Bueno, no parece muy decidida a venir, —bromeó el presidente.
—Tal vez si la decimos que la reverenda madre está aquí… —insinúo Marión.
—No, no, no, dejémosla, —dijo la priora— está donde debe estar.
—No si yo la dejo, pero aun así, me agota: es cabezona y desesperante, —dijo el presidente riendo mientras veía como Anahis entraba en la sala—. ¿No te quedas con Marisol?
—No, que la última vez me tiraron de la cola, —dijo dando un beso a su padrino mientras los demás reían, y luego, mirando a la reverenda madre añadió mientras repartía besos y antes de abrazarse con ella—: ¿Y usted que hace aquí? No sabíamos que iba a venir.
—Es una sorpresa.
—Desde luego que lo es: sabe que a Marisol la gusta mucho estar con usted. Si lo hubiera sabido…
—No te preocupes hijita…
—¡Joder!, ¿y no le gusta verme a mí? —protestó el presidente.
—Padrino, eres un gruñón, y siempre que la llamas con tanto apremio es para regañarla.
—¿Será posible? Pero si hace lo que quiere.
—Sí, pero la regañas, —insistió Anahis, y mirando la pantalla, añadió—: ya viene.
Unos minutos después entró en la sala, y dando un gritito se abalanzó a abrazarse con la reverenda madre y llenarla de besos.
—¿Por qué no me ha dicho que venia? —la preguntó para a continuación girarse hacia el presidente y saludarle militarmente— Buenos días señor presidente.
—¿Y a mí no me das besos?
—Pues claro que le doy un beso, ¿no se habrá puesto celosón?
—¿Celosón?, ¡joder!
—Además, todavía no sé por qué me ha hecho venir.
—Hijita, sosiégate, —dijo la reverenda madre—. Yo le pedí al presidente que te llamara antes de que iniciaras las operaciones terrestres.
—¡Ah! ¿Ocurre algo?
—No, no, hijita, no pasa nada.
—Eres una mal pensada, deberías disculparte, —afirmó el presidente.
—Bueno, vale, lo siento…, pero es que siempre que me llama con esta urgencia es para darme la charla.
—¡Otra igual! Pero si haces lo que te da la gana.
—¿¡Yo!? —respondió Marisol poniendo cara de inocente.
—¡Vale ya los dos! —ordenó la reverenda madre— estamos aquí para otra cosa, no para tirarnos los trastos a la cabeza.
—Es que algunas veces, esta niña me ataca los nervios.
—No exageres Fiakro, —dijo la reverenda madre—. La adoras, y lo sabes.
—Sí, pero me ataca los nervios.
—Bueno, bueno, —zanjo la religiosa, y mirando a Marisol, añadió—: te hemos traído una cosa…
—¿Qué es eso? —la interrumpió Marisol al ver dos cofres, relativamente grandes y bellamente labrados, que dos monjas del Círculo traían en las manos.
—Como te estaba diciendo, —continuo la reverenda madre frunciendo el ceño— sabemos que es imposible que te estés quietecita y no empuñes la espada, por eso, he ordenado a los artesanos de Konark que te lo hagan.
La religiosa se acercó a uno de los cofres y levantó la tapa donde se apreciaban los emblemas de Marisol, con la doble M.
—¡Es una coraza! —exclamó Marisol con los ojos chispeantes mirando el peto que tenía los emblemas de jerarquía y los refuerzos en rojo.
—Es una armadura, —la corrigió la reverenda madre— de duranium, y esta ennegrecida a fuego.
—¡Y la vas a usar! —afirmó el presidente.
—También te hemos labrado tu espada, despues de reforjarla, —añadió Loewen extrayendo la espada de su vaina.
—«Honor, Justicia, Patria» —leyó Marisol por una cara, y dándola la vuelta—: «España, Almagro». Gracias, gracias, —dijo Marisol besando a la priora y a Loewen.
—¿Y para mí no hay besos? —protesto Marión.
—Claro que si, pero es que ellas me han traído… —y se calló cuándo Marión la enseño un paquete largo envuelto en una tela negra de raso. Rápidamente la abrazó y la lleno de besos.
—¡Ya esta la besucona! —bromeó Marión— ¿Lo vas a abrir o no?
Marisol desanudó el cordón dorado y retiró la tela de raso. Ante ella, un cuchillo corto, de algo más de cuarenta y cinco centímetros y con guarda de vela en la empuñadura con su escudo de armas. La empuñó y la extrajo de la vaina: la hoja estaba labrada con los nombres de los amigos caídos durante la guerra: Clinio, Ghalt, Hirell, y Paco.
—Es una daga española de vela…
—Sí, pero la llamaban: «Vizcaína», vizcaína de tercio.
—¿Y sabes cómo se usa?
—Nunca lo he hecho. Sé, que lleva en la espalda, en los riñones, y se maneja con la izquierda.
—No tendrás problema, —afirmó Loewen— manejas muy bien la espada con ambas manos. Esa… vizcaína es un complemento ideal, si pierdes el escudo.
—¡Ahí quería yo llegar! — exclamó el presidente sacando otro paquete. Por la forma, no hacia falta abrirlo para saber lo que era.
—¿Qué será? —bromeó Anahis y todos rieron. Marisol abrió el paquete y ante ella apareció un escudo, del mismo color que la coraza y con su escudo de armas labrado en el frontal. Se abrazó con el presidente después de besarle.
—Y por último, —dijo Anahis entregándola otro paquete— el mío.
Abrió el paquete y apareció un casco del mismo color que la armadura. Marisol la abrazó mientras la besaba en los labios.
—¿Y ese otro cofre? —preguntó finalmente Marisol señalándolo con el dedo.
—Eso no es para ti, —respondió la reverenda madre— es la armadura de Anahis. Esta sonrió, prueba de que estaba al tanto de todo.
—¿Y para Marión y Loewen?
—¡Anda, no seas boba! —exclamó Marión mientras los demás reían—. Por si lo has olvidado, nosotras, al igual que Opx, somos guerreros del Círculo y tenemos nuestra propia armadura…
—Aunque no es tan chula como la tuya, —bromeó Loewen.
—Y antes de que digas nada, Pulqueria y Bertil no necesitan como ya sabes, y a Hirell se la he regalado yo.
—¡Bueno, vale! Ahora solo falta que se presente la ocasión para utilizarla, —el comentario causó una carcajada general, incluso en la reverenda madre—. ¿¡Qué!?
—No creo que tengas problema en encontrar la ocasión, —dijo el presidente dándola unos golpecitos cariñosos en el hombro.



Dos días después, se convocó una reunión de trabajo del Estado Mayor y los principales jefes militares en el Fénix, situado a dos millones de kilómetros de Faralia y fuertemente protegido por parte de la flota federal y aliada.
—En primer lugar, quiero felicitar a Opx, y a los comandantes de flota: Aurré y Trens, por el fantástico trabajo llevado a cabo en la órbita de Faralia, —todos los asistentes empezaron a dar golpecitos en la mesa en señal de reconocimiento mientras los aludidos agradecían con inclinaciones de cabeza— gracias a ello, ahora controlamos totalmente el exterior del planeta. Las naves enemigas que no han sido destruidas, se han rendido al vicealmirante Trens o se han refugiado en la atmosfera.
»Bien. Ahora tenemos una idea clara de la situación de las fuerzas de superficie, y como ya suponíamos, el líder no nos lo va a poner fácil, —Marisol se aproximó al mapa holográfico—. De las antiguas poblaciones de Faralia, solo queda la capital, el resto ha desaparecido. En cambio, hay una docena de nuevos asentamientos civiles: ocho en el hemisferio sur y cuatro en el norte. Los asentamientos del sur, no tienen presencia militar significativa y no vamos a emplear fuerzas de combate en ellos. Vicealmirante Trens, quiero que con la mitad de sus naves apoyé a los agentes del Mundo Bulban y que visiten esas poblaciones. En cuanto a las cuatro del norte, están fuertemente defendidas. Tres están más o menos próximas y usted, general Hoz, se ocupara de ellas, —el aludido activo su tableta y enlazó el archivo con las ordenes—. La cuarta ciudad es para el general Torres, y el 9.º Ejército, —hizo lo mismo con su tableta—. Es primordial, cortar la comunicación entre estás poblaciones y la capital.
»Bien, en cuanto a la capital. Trens y Hoz ya me advirtieron de que el líder es un buen estratega, y tengo que confirmar que, efectivamente…
—Pero no tanto como tú, —las palabras de Opx provocaron que todos dieran golpecitos en la mesa.
—Bueno, bueno, no nos alborotemos… pero nunca os daré suficientemente las gracias por la confianza que depositáis en mí.
—Somos nosotros, los que te tenemos que dar las gracias a ti por permitirnos estar a tu lado, —dijo Cimuxtel. Marisol sintió que se le hacia un nudo en la garganta—. ¡Eh! A ver si te vas a poner ahora ñoña, —todos rieron.
—No, no, que no me pongo, —respondió intentando recomponerse—. Bueno, ¿dónde estábamos? A si.
»En cuanto a la zona de la capital, hay dos dispositivos distintos pero complementarios: uno dentro de la capital y otro en el exterior, en los llanos de Taragüm. Como sabéis, la capital ya no dispone de murallas, pero ha sido rodeada por trincheras, fortines acorazados, campos de minas y obstáculos antiblindados. Además, toda la ciudad bulban rodea a la antigua capital, por lo que no podremos utilizar medios acorazados en su interior: habrá que combatir calle por calle y casa por casa, hasta poder salir a las grandes avenidas de la ciudad antigua.
»Pero esto será al final, primero, tendremos que enfrentarnos a una fuerza militar de más de diez millones de soldados. El líder, ha situado sus fuerzas de tal manera que solo podemos atacar desde el norte, ofreciéndonos un frente de treinta y cinco kilómetros. Sus flancos los tiene protegidos por el Cerro de la Muerte, donde tiene emplazada gran parte de su artillería pesada, y por el otro lado, la zona contaminada durante la primera batalla de Faralia, hace ya casi diez años: recordad que lo atacamos con armamento nuclear. Además, la zona presenta gran cantidad de escombros y cráteres de impacto, fruto del ataque. Su retaguardia esta protegida por las defensas de la propia capital. En definitiva, nos ha encajonado y nos obliga a atacar en un frente demasiado pequeño para la cantidad de tropas que van a tomar parte en las operaciones.
»Bien. Toda la primera oleada de desembarco, salvo las fuerzas de Hoz y Torres, lo hará en la zona norte, tal y como quiere el líder porque además no tenemos otra posibilidad. Las alas serán para Pulqueria y Bertil, mientras que el centro es para Oriyan, —mientras hablaba, los comandantes iban descargando en sus tabletas las ordenes enlazándolas con los archivos del mapa—. La segunda oleada, parte se unirá a la fuerza principal, y parte, rodeara la capital por el sur: aunque, teóricamente, no podamos atacar por allí, tenemos que impedir que el enemigo tenga vías de comunicación con el exterior. Esta operación estará a las ordenes de Loewen.
»Por último: la comunicación con la prensa y los medios audiovisuales se hará a través de la oficina del portavoz, que dará dos ruedas de prensa diarias y facilitara toda la información que estos demanden. Todos los centros de mando comunicaran constantemente con esta oficina, al frente de la cual estará mi segundo al mando: la general Marión.
»Bien. ¿Preguntas?
Durante un par de horas, estuvieron debatiendo las operaciones, y Marisol aclaró dudas. Después, se fijó el inicio de las operaciones para tres días después, y se dio por finalizada la reunión.

Marisol y Anahis estaban a punto de empezar a retozar, cuándo llamaron a la puerta. Renegando en varios idiomas, Marisol se dirigió a la puerta poniéndose una camiseta grande, mientras Anahis se ponía su batín rosa.
—¡Joder Opx! —exclamó cuándo abrió la puerta.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Opx entrando en la habitación con dos estuches debajo del brazo.
—¡Pues claro que interrumpes algo!
—No la hagas caso y pasa, —intervino Anahis.
—Tan preciosa como siempre, —dijo Opx cogiendo a Anahis de la mano, haciéndola girar sobre sí misma y besándosela.
—¿Has venido para tirarle los tejos a mi chica? —protestó Marisol con el ceño fruncido y los brazos en jarra.
—No, pero es que, con diferencia, es bastante más agradable que tú.
—Bueno vale, a ver, ¿qué quieres? —dijo Marisol con resignación.
—¿No me ofreces nada de beber?
—¡Joder Opx!
—Pues claro que si, —intervino Anahis— ¿qué quieres, licor de Mandoria u orujo casero?
—No, no, el orujo de su padre es para hombres de pelo en pecho, mejor licor de Mandoria, —respondió Opx sentándose en el sofá— Bueno, contadme algo, ¿cómo estáis?
—Ahora mal, —dijo Marisol sentándose también.
—No la hagas caso, —dijo Anahis llenando tres vasitos.
—Supongo que os habréis dado cuenta, de que todos los que tenían que ver con los monasterios de Konark o Akhysar, os han hecho un regalo, junto contigo y el presidente, —dijo Opx mirando a Anahis— pero yo no.
—¿Esas cajitas son para nosotras? —pregunto Marisol cambiando su cara de sota por una amplia sonrisa.
—¡Joder!, ¿cómo decís en España: «por el interés, te quiero Andrés»?
—Déjate de rollos y dinos que es eso.
—¡Marisol! No le atosigues, —intervino Anahis.
—No os lo he dado antes porque han tardado en hacerlo tus amigos de Rulas 3.
—¿Los ingenieros? —preguntó Anahis.
—Si, — respondió Opx entregándolas a cada una la suya. Marisol abrió la suya y vio una pistola de partículas, de color negro y con la empuñadura de coral blanco con su emblema grabado. La de Anahis era igual, solo que la empuñadura era de coral rosa— en más potente que las pistolas estándar y puede disparar micro cohetes. Los ingenieros de Rulas 3 han puesto mucho empeño en este trabajo: son gente agradecida.
—Son preciosas.
—Ahora si estás preparada para cepillarte a ese hijo de la gran puta.
—Siempre lo he estado.
—Lo sé. Lo sé yo, lo saben los que te quieren, e incluso los que no te quieren, por eso te hemos… acorazado, —dijo Opx con una sonrisa mientras la acariciaba la mano—. No queremos que cuándo todo casi ha finalizado, te pueda ocurrir algo.
Marisol se levantó y rápidamente se sentó en sus rodillas abrazándole—. Te quiero mi amor, te quiero.
—No tanto como yo. Tu serias la única mujer con la que podría estar… si eso fuera posible.
—¡Vale! —bromeó Anahis— ¿sabes que ese culo que estás tocando me pertenece?
—¡Ahí va! Se me ha ido la mano: ha sido sin querer.
—Pues a ver si se me va a ir a mí también y te pongo un ojo morado.