jueves, 14 de diciembre de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 83 epilogo)




Dos años después de la victoria aliada en Faralia y del fin de la guerra, Marisol arrinconaba definitivamente, en el Sector 103, a las naves piratas que habían estado atacando las rutas comerciales y de las que no quedaban más de un par de docenas. Después de eso, ya no hubo misterio: los pocos supervivientes fueron cazados como conejos hasta que las dos últimas se entregaron y sus tripulaciones fueron puestos a disposición de la justicia federal.
Para entonces, Marión ya era presidenta de la República después de que el gran presidente Fiakro presentara su dimisión por motivos personales. En el siguiente periodo electoral, Marión arrasó a sus rivales políticos y encadenó seis legislaturas seguidas. En ese viaje la acompaño siempre su fiel Hirell, primero como representante por Ursalia en el Parlamento Federal, y finalmente como ministro en sus últimas legislaturas. El trabajo de Marión fue tan importante, que en los libros de historia, su figura se equipara a la del presidente Fiakro: este, por su liderazgo al frente de la guerra, y ella, por su liderazgo al frente de la paz.
Opx fue elegido canciller de Nar, su planeta natal. Bajo su dirección, los naritas regresaron a su planeta de origen, comenzando el desmantelamiento de todas las infraestructuras militares, y la reconstrucción. Tantos años de presencia militar habían pasado factura, pero finalmente, y con mucho esfuerzo, Nar volvió a ser el precioso planeta que ya era en la época de Matilda.
Al igual que su señor Opx, Oriyan, varios años después, avandonó el ejército y termino siendo elegida princesa regente de la República de Faralia. Veinte años después de la victoria, Faralia no presentaba el más mínimo rastro de la destrucción que soportó, e incluso, la zona de contaminación radioactiva había sido limpiada. El túnel que construyeron los ingenieros militares, se ha convertido en una atracción turistica que visitan millones de turistas todos los años, y en el que se ha montado un parque temático que explica el desarrollo de la batalla final, y donde la figura de Marisol tiene, logicamente, un papel preponderante.
Felipe Pardo, también fue elegido canciller de Nueva España. Sarita, su esposa, continuó en el ejército al lado de Marisol, hasta que esta, termino de organizar las Fuerzas Federales de Defensa y se retiró definitivamente cinco años después del fin de la guerra. Después, se convirtió en la jefa de gabinete de su marido. Como decía Marión, los buenos están donde deben estar.
Cuando Loewen murió, treinta y dos años después del fin de la guerra, el monasterio de Akishar había alcanzado, y sobrepasado, el prestigio que tenía durante la dirección de Marión, y se había equiparado a Konark en importancia cultural y religiosa. La reconstrucción del monasterio fue laboriosa y concienzuda, y el rescate, restauración y clasificación de los fondos sepultados durante los combates y la ocupación bulban, duraron varios lustros.
J. J. dejo el ejército y abrió un restaurante en la plaza Mayor de Almagro la Nueva. Ese primer restaurante fue el embrión de una pequeña cadena que se expandió por varias importantes localidades manchegas, convirtiéndose en un restaurador de éxito, y consiguiendo, incluso, alguna Estrella Federal de Gastronomía, una especie de estrella Michelin de la galaxia. También abrió restaurantes de cocina manchega en la capital federal y en Mandoria.
Como no podía ser de otra manera, Anahis sucedió a su padre en la cancillería de Mandoria, cargo para el que fue elegida por aclamación popular. El temor de los políticos de entonces se hizo realidad: casi todos los lideres militares terminaron en las cancillerías o en el Parlamento Federal. Marisol permaneció siempre a su lado, primero, mientras siguió siendo comandante de las Fuerzas Federales de Defensa (FFD): el cuartel general siguió estando en Mandoria. Y luego, como civil, compartiendo su vida con Anahis en los aposentos del Palacio de la Cancillería.
Las FFD, sustituyeron a las antiguas Milicias Federales, y estuvieron asociadas a la Policía Federal como tropas de complemento, así como al servicio federal de Protección Civil. Nueva España y Faralia, continuaron teniendo presencia militar como antes de la guerra, y se instalaron nuevos acuartelamientos en lugares estratégicos del Sector 26, para prever cualquier contingencia, con la hipotética apertura del corredor con Magallanes, o un posible conflicto con el Mundo Bulban, cuya adaptación a las leyes federales no estaba exenta de problemas.
La enorme flota federal fue adaptada a las nuevas necesidades. Parte pasaron a depender de la Policía Federal como unidades de patrulla estelar. Otra parte siguió dependiendo de las FFD, y el resto, fue almacenado en lugares estratégicos. Lo mismo ocurrió con el material de la Infantería: parte de los carros de combate y de los autopropulsados, se almacenaron en depósitos de Mandoria, Numbar, Maradonia y Nueva Turquía, y el resto, se mandó a las plantas de reciclaje. Igualmente, la Fuerza Aérea almacenó parte de sus interceptores y bombarderos, vendió para usos civiles otra parte después de desarmarlos, y desguazó el resto. Otro trabajo que emprendió Marisol fue recuperar las millones de armas cortas, rifles de asalto y artillería portátil y lanza misiles, que se fabricó y distribuyó durante la guerra. Lo mismo ocurrió con las armas cortas bulban, que pasaron también a ser controladas por el FFD. Tanto el presidente Fiakro, como la nueva presidenta Marión, no estaban dispuestos a permitir que millones de armas circularan sin control por la galaxia.
Los kedar, se integraron definitivamente en la República, seis años después del fin de la guerra, una vez que adaptaron sus leyes a las federales y la canciller Aunie, acabo con la influencia nociva de los lideres étnicos y religiosos. La batalla principal y definitiva se libró, por la pretensión del clero kedar de querer controlar los medios locales de televisión y los contenidos docentes de las escuelas públicas, en un intento de adoctrinar al pueblo. Fracasaron, y con el paso de los años, de ellos no quedó ni el recuerdo, convirtiéndose, el pueblo kedar, en una sociedad moderna y libre de prejuicios étnicos, morales o religiosos.
Los bulban tardaron mucho más en integrarse, en concreto veinticuatro años. Se crearon dos sociedades bulban: una, la Unión Bulban de Manixa, que englobaba al antiguo Mundo Bulban, y la otra, la Confederación Bulban, creada en los primeros asentamientos de refugiados creados durante la guerra. Unir las dos sociedades era imposible a causa de la enorme distancia existente entre ella, y la separación se consumó, después de que por primera vez, los bulban votaran en referéndum y decidieran ir por caminos distintos. La Confederación Bulban gozó del apoyo decidido de Marisol a su amiga Iris, que también termino convirtiéndose en la primera canciller elegida democráticamente. Trems y Hoz, decidieron fijar su residencia en la Confederacón Bulban bajo la protección de Iris.
Los convertidores que estabilizaban el antiguo Sector Oscuro, volvieron a funcionar y el tráfico de cualquier tipo de nave fue nuevamente posible en el Sector 26. Las rutas comerciales se abrieron y la prosperidad, poco a poco, regreso nuevamente al sector.
Cuando Marisol se retiró del ejército, y a propuesta suya, le sucedió el general Cimuxtel, hasta ese momento, segundo al mando. Marión lo acepto sin reparos, como no podía ser de otra manera. Mientras Anahis se dedicaba a la política, Marisol se dedicó a inaugurar, por toda la galaxia, colegios, hospitales y centros cívicos y culturales que llevaban su nombre, hasta que, finalmente, tomó, junto a Anahis, una decisión largamente meditada desde antes de que terminara la guerra: se quedaron embarazadas. Pero antes de eso se casaron. La ceremonia, civil, sé desarroyó en la plaza Mayor de Almagro, con la asistencia de las personalidades políticas y militares más importantes de la República. También asistió la reverenda madre que actuó como testigo.
Mediante ovulación e inseminación artificial, y no sin dificultades, Anahis dio a luz a un niño humano y español, los donantes lo eran, y Marisol, a una niña mandoriana: mi madre. Para escribir esta crónica he utilizado los diarios personales de mis abuelas: para mí, Anahis también lo es. También utilice los de Sarita, que durante los años que estuvo junto a ellas, llevó en secreto, un relato pormenorizado de todos los hechos de los que fueron protagonistas. También tuve acceso ilimitado a los archivos personales de Fiakro y Marión, y a los de las cancillerías principales y las propias FFD.
A pesar de los terribles momentos que pasaron, me hubiera gustado estar con ellas, y ser testigo de todo. La paz no tiene precio, pero que duda cabe, que lo que ellas vivieron, no lo volverá a vivir nadie en miles de años. Al menos, eso queremos creer todos.
Pulqueria y Bertil, permanecieron en el ejército hasta su muerte. Fueron los últimos guerreros místicos de los que se tiene noticia, los últimos de su linaje, y sus descendientes, no heredaron sus poderes. Sus legendarias espadas: Eskaldár y Surgúl, permanecen depositadas en el Monasterio de Konark. Tal vez esperan que un nuevo y aterrador peligro haga aparecer a un nuevo portador que enarbole la bandera de la libertad, aunque a Marisol, no la hicieron falta poderes misticos. Ella sola se bastó para liderar la mayor epopeya de la historia de la galaxia.




domingo, 3 de diciembre de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 82)




Abrió los ojos y estuvo un rato desorientada en la penumbra. Los recuerdos del día anterior le vinieron a la mente haciéndola dudar de si había sido un sueño. Intentó incorporarse pero un dolor agudo en el muslo se lo impidió, se miró, y en la penumbra pudo ver que lo tenía vendado. No, no había sido un sueño, y el muslo no era lo único que la dolía, la verdad es que la dolía todo. Se giró hacia un lado para ponerse en el borde de la cama y dejó caer las piernas al tiempo que Anahis entraba en el dormitorio.
—No seas burra, deja que te ayude que te vas a saltar los puntos de la pierna.
—¡Joder! Anoche no me dolía tanto.
—El doctor ha pasado antes a verte, pero no ha querido despertarte: ha dicho que ibas a estar muy dolorida y ha dejado un analgésico. Y que cuándo te despiertes y comas algo, te quiere ver en la clínica como un clavo, —dicho esto, la colocó el aplicador subcutáneo en el cuello e inyectó una dosis—. ¿Cómo te encuentras mi amor?
—Hecha una mierda, si hubiera sabido que hoy iba a estar así, no me hubiera peleado con ese hijo de puta: hubiera mandado a Pulqui o a Bertil, —bromeó—. Pensaba que no me había alcanzado tantas veces.
—Ya lo creo que lo hizo… y tú a él. Nos tuviste con el corazón en un puño.
—Y golpeaba fuerte el muy cabrón. Por favor, acércame el uniforme.
—No tienes, se los ha llevado Sarita a la lavandería. Y el de gala: a planchar.
—¡Pero…!
—Nada de peros, te recuerdo que estás de baja. ¡Ah! Y las condecoraciones…
—¿Qué las pasa?
—… a sacarlas brillo.
—¡No me las voy a poner!
—¡Sí! Ya lo creo que te las vas a poner.
—¡Joder tía!
—Te las vas a poner y no se hable más.
—Pero son muchas: no me entran en el pecho, —dijo con retintín—. Me puedo caer hacia adelante con el peso de tanta puta chatarra.
—¡Hay que ver como eres! Solo las federales y algunas nacionales, las más importantes… y una mandoriana porque son anfitriones del Cuartel General.
—¡Joder!, no si al final llevare todas. ¿habéis previsto algo más para mí?
—Que recuerde… nada más, pero no te aseguro que no vayan surgiendo.
—¿No pensaréis también que voy a estar aquí encerrada todo el día?
—¡Pues claro que no!, recuerda que tienes que comer e ir a ver al doctor, —y cogiendo unos pantalones cortos la ayudó a meter los pies en ellos. También la ayudó a levantarse y se los subió. La puso una camiseta de tirantes y unas chanclas en los pies: todo militar, por supuesto—. Ya estás.
—¿No pensaras que voy a salir así?
—Ya lo creo que vas a salir así: estás divina de la muerte. Yo me tengo que ir, que tengo muchas cosas que hacer. Ya he llamado a alguien para que se encargue de ti. Te cuento: esta tarde llegan el presidente, los ministros, y los cancilleres. Con él llegara la reverenda madre, y esta noche tus padres, que asistirán a la cena de gala, y los de Sarita y Felipe, —nada más decirlo, sonó el timbre de la puerta—. Tu acompañante, ya ha llegado.
—¿Quién es? —preguntó Marisol con el ceño fruncido. Anahis abrió la puerta y el sargento entró en la estancia. Marisol le hizo una señal para que se acercara y le olió el aliento.
—Ni una gota, —dijo el sargento dejando una bolsa encima de la mesa, junto con el escudo. En su interior estaban la espada, la vizcaína y el casco de Marisol, perfectamente limpios. Después, acaricio con el índice el entrecejo de Marisol que soltó una carcajada, para acto seguido, darle una ristra de sonoros besos.
—Cuándo era pequeña y me regañaban…
—Que era demasiado a menudo, —añadió el sargento.
—… le buscaba y enfurruñada me sentaba en sus rodillas mientras reparaba zapatos en su zapatería, y el me acariciaba con el índice entre las cejas y me decía: «si frunces el ceño con tanta fuerza, se te va a quedar arrugado para siempre». Bueno venga, vámonos.
Asida al brazo del sargento, salieron del camarote, y muy despacio se dirigieron al comedor. Se cruzaron con mucha gente, que a pesar de la cara resacosa, la saludaron con un cariño desbordado. El sargento se mostraba como un padre henchido de orgullo. En el comedor, logró que picoteara algo, y eso después de insistir mucho, y a continuación la condujo a la clínica donde la hicieron un chequeo completo y la cambiaron los vendajes. Después, le convenció para ir al Centro de Mando.
—Solo a saludar, de verdad, te lo prometo.
—No me prometas lo que no vas a cumplir.
—Venga, ¡jo!
—No me empieces con los ¡jos!
—Que solo saludo y nos vamos, ¡jo!
—¡Y dale! Anahis me va a dar una charla que me voy a cagar… y tú vas a tener la culpa.
—Que no, que no, que yo la digo que no,
—Bueno, sí, cuidado, que me vas a defender.
—Podría hacerlo, ¿qué te crees?
—Claro que podrías, —dijo achuchándola con cariño—. Anda, vamos: me pondré el casco.
Unos minutos después, entraron por la puerta del despacho de Marión donde se encontraban también Anahis e Hirell.
—¡Menudo guardián te he puesto! —exclamó Anahis poniendo los brazos en jarra.
—No le regañes, que es culpa mía.
—Claro que es culpa tuya, eso ya lo sé yo.
—Venga Anahis, si ya contábamos con eso, —dijo Marión acercándose y besándola, al igual que Hirell—. Estás hecha una mierda.
—Y me duele hasta la coleta. ¿Cómo va todo? —preguntó mientras se sentaba en una silla con la ayuda del sargento.
—Muy bien, a primera hora, Hoz ha terminado de sacar a los guardias que se había refugiado en los sótanos del Palacio de la Regencia. Escuadrones navales conjuntos están buscando a las naves enemigas que están dispersas, para conducirlas al Mundo Bulban. Y toma, firma esto: es la primera orden de desmovilización de tropas, tal y como habíamos hablado, —dijo Marión entregándola una tableta. Marisol, sin leerlo, introdujo su código de firma—. He hablado con el presidente y no viene solo: medio parlamento se ha unido a la comitiva presidencial.
—¡Joder!, ¿y si nos vamos a España? —preguntó Marisol al sargento.
—Yo encantado: no me lo tienes ni que preguntar.
—¡Españoles! —exclamó Anahis— en cuanto se juntan dos…
—Por cierto, para que no te pille por sorpresa, —dijo Hirell—: se ha liado una buena polémica entre los parlamentarios por tu… condecoración.
—¿Qué condecoración? Ya las tengo todas.
—Unos quieren darte otra Medalla de Honor de la República, y otros quieren inventar otra nueva: algo así como la Orden del Merito.
—¡Joder! Que pasa, ¿se aburrían en Beta Pictoris?
—Esos cabrones quieren salir en la foto, —dijo el sargento distraídamente—. ¡Uy! lo siento, se me ha escapado…, pero la foto solo es de mi niña.
—Anda, vamos a llenar la petaca, antes de que se te escape algo más, —dijo levantándose con su ayuda— que luego viene el presidente y te la deja temblando. Pero primero, vamos otra vez a la clínica a que me pongan otro chute.
—No hace falta, tengo yo el analgésico, —dijo el sargento tocándose el bolsillo. Después, mirando su reloj, añadió—: hasta dentro de tres cuartos de hora no te puedo poner más.
—¡Y no te pongas a darle al veneno que destila este! —exclamó Anahis señalando al sargento.


—Mi señora, yo no destilo veneno, —añadió el sargento con aire ofendido.



A media tarde, Sarita llegó con los uniformes limpios y la ayudo a vestirse mientras el sargento se iba para ponerse el uniforme de gala.
—Me ha dicho Anahis que esta noche llegan nuestros padres: ¿crees que es apropiado? El palacio todavía no está habilitado para recibir huéspedes, y además, llega medio parlamento.
—No te preocupes que ya está todo preparado: los padres tienen alojamiento en el Fénix y a los parlamentarios que les den por el culo. Además, mis padres traen a la niña.
—¡Qué bien! Que ganas tengo de achucharla.
—Por cierto, al final hemos decidido bautizarla; ya sabes que los padres de Felipe son muy cristianos y los míos no lo ven mal, y para evitar líos…
—Es normal, hacéis bien y como dices: evitáis líos con la familia.
—Queremos que seas la madrina.
—¿Sí?, ¡joder tía! pues claro, pero vuestros padres…
—Ya está hablado, pero tienes que llevar… mantilla.
—¡No jodas!
—Y blanca, que estás soltera.
—¡Venga ya¿ Técnicamente no lo estoy.
—Anahis no cuenta, y te recuerdo que no conoces varón: eres… pura.
—¡Joder! No voy a ir con una peineta blanca como si fuera una puta virgen: ¡no me la voy a poner!
—¡Ya lo creo que sí! Aunque te la tenga que clavar a la cabeza con un martillo.
—¡Joder tía! hoy estáis por darme el día.
—Piensa en Anahis, el blanco la sienta muy bien. Seguro que no pone reparos.
—Ya esta: me caso con ella, y ya puedo usar la mantilla negra.
—Sigues siendo pura.
—¡Joder!
—¿Pero como tienes tanto morro?, ¿te vas a casar con Anahis para no ponerte la jodida mantilla blanca?
—Sabes que tenemos pensado casarnos, solo lo adelantaremos.
—¡Anda!, no digas sandeces, —dijo Sarita mientras llamaban a la puerta y abría. El sargento entró impecablemente vestido y dio dos besos a Sarita—. Estás hasta guapo, —bromeó mientras le sacudía unas pelusillas de los hombros.
—¿Tú te crees? —le dijo Marisol— quiere que me ponga una puta mantilla blanca para el bautizo de la niña.
—Y bien guapa que vas a estar.
—Vete a tomar por el culo, ¡anda corre!



A media tarde, todo estaba preparado en el enorme vestíbulo principal del Parlamento Republicano para recibir oficialmente al presidente y su sequito. El recinto había sido preparado urgentemente: los escombros habían desaparecido al igual que los destrozados escaños de madera y, a pesar de los enormes destrozos, todo parecía bastante pulcro. Una representación militar multiétnica, impecablemente uniformados de gala, formaban en un lateral del vestíbulo, junto a todo el Estado Mayor que también estaba alineado. Al otro lado del vestíbulo, se alineaban las más altas personalidades de la República, junto con los ministros y un buen número de parlamentarios federales. El presidente llegó en una lanzadera, acompañado por los doce cancilleres que había llevado el peso principal de la guerra, y la reverenda madre. Entró por el hueco donde antes estaba la puerta principal, y por una alfombra roja se encaminó al encuentro de Marisol, que, a duras penas, en posición de firmes, le esperaba. Cuándo llegó frente a ella, saludo militarmente y le ofreció la mano.
—Señor presidente: a sus ordenes, —el presidente aceptó su mano, y a continuación, la abrazó dándola dos besos.
—Lo has conseguido.
—No señor presidente: lo hemos conseguido todos. Permítame presentarle a mi Estado Mayor, aunque ya los conoce a todos.
—Por supuesto: sigamos el protocolo.
—Pero permítame apoyarme en su brazo, la verdad es que no estoy en mi mejor momento.
—Lo sé, he hablado con tu médico y me ha informado, —dijo Fiakro ofreciéndola el brazo. Uno a uno, y empezando por Marión, y siguiendo por Anahis, fue saludando a todo el Estado Mayor. A continuación, y acompañado por Marión, paso revista a las tropas, mientras el sargento llevaba a Marisol hacia el atril para los discursos, donde ya estaban los cancilleres. Cuándo el presidente se unió a ellos, comenzó el acto protocolario y varios de los cancilleres tomaron la palabra. Cuándo finalizaron, el presidente Fiakro comenzó a hablar.
—Recuerdo nítidamente el día que una jovencita con cara de asustada, vestida con el uniforme del Tercio Viejo de Voluntarios Españoles, entro en mi despacho. La verdad es que no sabría decir quien estaba más asustado, si ella o yo; en su caso porque nunca había estado en la capital federal, en el mío, por la incertidumbre de lo que se avecinaba. Pero hoy estamos aquí, once años después, y esa jovencita se ha convertido en el militar más laureado de la historia de la galaxia y ha conseguido la victoria más colosal que han visto los tiempos, —el presidente tuvo que parar por los aplausos—. Una victoria que ha eclipsado las proezas de Matilda y la Princesa Súm. Pero esta victoria no ha salido gratis: millones de soldados, y miles de millones de civiles, han muerto en estos once años, a los que hay que sumar las enormes perdidas bulban, un pueblo antes enemigo, ahora aliado y que tendremos que integrar y con el que tendremos que aprender a convivir.
»¿Cómo recompensar a alguien que ya posee los más altos galardones de la República, y que además, nunca los ha pedido?, y por cierto: muchos podrían aprender de ella, —se escucharon risas procedentes de la zona militar mientras que del otro lado del vestíbulo, se elevó un perceptible murmullo—, pero a lo que vamos: los cancilleres principales y yo, hemos decidido ascender a la general Martín, al grado de mariscal general de todos los ejércitos federales, —un estruendo de aplausos se elevó, mucho más intenso desde el lado militar—. Este cargo, que no existía desde la derrota de los ejércitos imperiales, hace cuatrocientos años, es única y exclusivamente propiedad de Marisol Martín, y nadie, repito: nadie, podrá usarlo en los siglos venideros.
»Se que ella va a protestar. Dirá que la victoria no es cosa suya, sino de su equipo de colaboradores y de su Estado Mayor, empezando por su fiel segundo comandante, la general Marión, y terminando por la no menos fiel ayudante de campo y amiga: Sarita y mi amigo el sargento. Y tiene razón, ha sabido rodearse de un grupo excepcional, pero de entre ellos, ella sobresale con luz propia, —aplausos calurosos desde el lado militar, seguidos tímidamente por los del otro lado—, ella ha sido el faro que ha iluminado el camino a seguir, y nos ha conducido a este emocionante momento. Marisol, sabes que tienes la gratitud y el reconocimiento de todos los habitantes de la galaxia, por eso, para mí, es un honor hacerte entrega de estas insignias, que tan justamente has ganado, —el presidente se acercó a ella y la colocó otra estrella más en las hombreras de la guerrera. A continuación, con la ayuda de un par de cancilleres, la quitaron su fajín rojo de general y la pusieron el nuevo de color morado. Después, se acercó el canciller de Mandoria y la entregó su bastón de mando, con la empuñadura de oro labrado.
—Queridos amigos, yo no merezco tantos reconocimientos, —dijo Marisol cuándo se puso delante del atril. Sus palabras causaron un buen número de carcajadas, la del presidente primero—. Yo, hacia vosotros solo tengo gratitud, porque, aunque el presidente se ría, sí, somos un equipo, los que estáis aquí, y los millones de hermanos y hermanas que han estado presentes en los innumerables campos de batalla, en los que muchos han dado sus heroicas vidas. Lo repito, solo tengo una infinita gratitud y un gran reconocimiento, y… como estoy a punto de ponerme a llorar, es mejor que deje de hablar antes de que moje el micrófono y cause una avería: muchas gracias a todos.
Un estruendo de vítores y aplausos se elevó de entre los asistentes, mientras el sargento, con lágrimas en los ojos, la ayudaba a bajar del atril. La comitiva presidencial, con Marisol y el Estado Mayor, salieron al exterior donde miles de soldados les esperaba.
—Marisol, si anuncias ahora mismo que te presentas a la presidencia, —dijo el presidente riendo mientras señalaba a los políticos— esos se cagan todos.
—No sea malo señor presidente. Marión será una presidenta excepcional.

Después de la cena de gala en uno de los hangares del Fénix, a la que ya asistieron sus padres, Marisol pasó por la clínica para que cambiaran los vendajes y después, por fin, regresó a su camarote en compañía de Anahis.
—Creía que no se iba a acabar nunca.
—Parecías un estrella de cine, todos querían sacarse una foto contigo. Y los de los selfies: ¡qué pesados!
—¡Sí! Galaxinet debe de estar inundado con mi imagen.
—Marión también ha estado muy solicitada.
—Eso esta bien: que se promocione. El presidente me ha dicho que la semana próxima va a forzar una crisis de gobierno y quiere que Marión pase a formar parte del nuevo ejecutivo.
—¿Y ella lo sabe?
—Se lo debe de estar diciendo ahora. Por cierto, tú pasaras a ser mi segundo al mando.
—¿Crees que será apropiado? Soy tu novia.
—Ya lo creo que si, —respondió Marisol abrazándola y acariciándola el trasero—, así te tengo más a mano.
—¿Más todavía?
—Sí, mucho más.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 81)





En pocos días, la resistencia bulban se había desmoronado. Con los carros de combate operando a sus anchas y con poca resistencia, las líneas enemigas habían ido retrocediendo hasta las cercanías del antiguo complejo gubernamental. Este, era el único lugar que todavía disponía de escudos de energía y un par de baterías antiaéreas, que no eran obstáculo para los interceptores y lanzaderas federales que con algunas precauciones operaban sin problemas. Los leales al líder, se reducía a un par de divisiones, muy diezmadas, y su temible guardia personal que ocupaba el interior del complejo de gobierno, defendiendo el muro que lo rodeaba. Todos los ejes de avance, convergían en ese punto.
Trens y Hoz, ocuparon la vanguardia federal con sus tropas para animar a los defensores de la infantería regular, que defendían la zona exterior, a rendirse y salvar la vida. Dio resultado: por la noche, casi todos desertaron y se rindieron. Al líder, solo le quedaba su guardia personal.
—En mi opinión, no merece la pena correr riesgos inútiles, —afirmaba el general Cimuxtel— que la flota los machaque.
—Mantienen los escudos…
—Con un bombardeo concentrado, os aseguro que no duraran mucho.
—Pero quedan soldados bulban en el interior del complejo, y nuestros aliados pueden tener algo que decir.
—Son partidarios incondicionales del líder, —dijo el vicealmirante Trens— os puedo asegurar que prácticamente son irrecuperables. Ojala no fuera así, pero las cosas son como son.
Marisol, sentada y con los codos apoyados en la mesa, asistía en silencio al debate con la mirada ausente.
—No me parece muy honorable machacarlos con la artillería naval, —afirmó Oriyan.
—Déjate de honor, —dijo Loewen— muchos soldados pueden morir asaltando el complejo.
—El honor lo es todo, —insistió Oriyan mirando a Marisol— como muy bien me ha enseñado mi maestra.
Marisol desvió la mirada, fijándola en ella con una sonrisa.
—¿Maestra de qué? Efectivamente, el honor lo es todo, al menos para mí, pero entiendo vuestro argumento e incluso lo comparto. El problema es que quiero a ese cabrón, el líder es mío y le quiero matar yo, y si le bombardeo desde cien kilómetros de altura, no podré hacerlo, solo podré recoger sus asquerosos restos con pinzas. Pero no voy a arriesgar tropas, no temáis: asaltaré el complejo con tres batallones de voluntarios, uno de españoles, con el escuadrón de mi pueblo y los del Fénix, y dos más…
—Yo me ocupó de reclutar a los nuestros, —dijo J. J.
—Y cuenta con uno de Maradonia, —intervino Cimuxtel.
—Y con otro de Mandoria, —añadió Anahis.
—De acuerdo, pero todos han de ser voluntarios.
—Lo serán, no te preocupes, —dijo Marión riendo—. Te van a acompañar en el asalto final: va a haber hostias para entrar en los batallones y ver cómo te cargas a ese hijo de la gran puta.
—Muy bien, el resto presionaréis los muros exteriores para mantener a parte de los defensores entretenidos allí.
—Nena, ¿no pensaras que te vas a ir tu sola de fiesta? —preguntó Opx
—Esto es cosa mía…
—¡Una mierda! —exclamó Cimuxtel— yo pienso ir.
—Y yo.
—Yo también, —todos contestaron de la misma manera, al igual que Trens, Hoz y el triunviro Dreiz, que había llegado el día anterior.
—Seria bueno llevar un escuadron bulban por si algún guardia de anima y se rinde, —dijo Hoz.
—Me parece bien, ocúpese usted, pero ya sabe: voluntarios, —Hoz acepto con una inclinación de cabeza—. Bien. Mañana, la artillería atacara tres puntos del muro, y por las brechas entraran los batallones, con protección de carros de combate. Hay dos edificios principales: el palacio de la Regencia y el Parlamento Republicano, los demás, son edificios administrativos más pequeños y difíciles de defender, por eso, considero que centraran la defensa en los edificios principales. Convergeremos sobre ellos y buscaremos al líder: si terminamos con él, se acabara todo. Pero lo vuelvo a repetir: el líder es mío, aunque si me mata podéis hacer con él lo que os salga de los cojones.
—Mi señora, —dijo Trens levantando la mano—, no subestime al líder, es un guerrero consumado y un rival temible. Además, su lanza de combate se puede dividir en dos, mucho cuidado.
—Gracias vicealmirante: lo tendré en cuenta.



Sonó el despertador del comunicador de Anahis y esta abrió los ojos y lo apagó. Después de unos segundos, se desperezó y comprobó que estaba sola en la cama. Saltó de ella y vio a Marisol, desnuda, sonriéndola sentada en el sofá frente al ventanal del Fénix.
—¿Desde cuándo estás aquí? —preguntó arrodillándose entre sus piernas y abrazándola.
—Hace rato, no podía dormir, —respondió acariciando los cabellos de su amada.
—¿Estás nerviosa?
—Creo que si, pero más preocupada que otra cosa: me da miedo fallar.
—No vas a fallar, —dijo Anahis mientras la puerta se abría y Sarita, con su uniforme de campaña entraba en el camarote.
—Si queréis aviso que retrasamos el ataque hasta que terminéis de meteros mano, —bromeó Sarita.
—No nos estamos metiendo mano, es que esta con las orejas un poco gachas.
—No seas boba, —dijo Sarita sentándose a su lado y acariciándola— cuándo te pongas la coraza y salgas ahí fuera, se te pasara.
—¿Y Felipe?
—No pensaras que le iba a dejar venir aquí a ver a dos pibones en bolas. No, se fue hace una hora para prepararlo todo con los chicos del pueblo. Los demás también están ya en pie, solo faltáis vosotras, o sea, que moved el culo.
Se levantaron y Sarita las ayudó a vestirse y ponerse la armadura nueva. Se enfundaron las pistolas regalo de Opx y se colgaron las espadas de la cintura, porque el escudo iba en la espalda. Por último, Marisol se colocó la vizcaína en los riñones para poder empuñarla con la mano izquierda si fuera necesario. Cuándo salieron del camarote, una doble fila de tripulantes recorría, a ambos lados, el pasillo que conducía al hangar de vuelo. Según pasaba, todos la saludaban militarmente y con alguno se paró para abrazarse. Cuándo llegó al hangar, lo que quedaba del regimiento de infantería estaba formado.
—Parece que falta mucha gente, Pepito, —dijo Marisol después de abrazarse con el coronel.
—Todos los maradonianos, mandorianos y los españoles están en la superficie con los batallones que has pedido.
Marisol miró al sargento, que se había colocado a su lado con uniforme de campaña y un rifle de partículas en la mano—. ¿Y tú donde crees que vas?
—Es uno de tus cuatro escoltas, —contestó Pepito—. Y no es negociable: la orden la ha dado el presidente. Por cierto, yo soy otro, y te vamos a acompañar a todas partes.
—¡Anda! Sube a la lanzadera, —intervino Anahis guiñando el ojo al sargento— antes de que se apunte más gente.
—¡Hay que joderse!



La lanzadera despegó y se dirigió al punto de encuentro, a poca distancia de los muros de complejo gubernamental. Marisol, antes de bajar, estuvo inspeccionando el correaje, las protecciones y las armas del sargento. Después, metió la mano en el bolsillo de su cazadora y sacó la petaca, la dio un trago y se la paso.
—Marisol, todavía no es la hora.
—Dale un trago, es una orden, —a continuación se abrazó a él—. Ten mucho cuidado.
—Y tu también, las dos tenéis que tener cuidado, —dijo el sargento besando también a Anahis.
Bajaron de la lanzadera y se reunieron con todos, no faltaba nadie: Marión, Loewen, Hirell, Opx, Oriyan, Aurre, Bertil, Pulqueria, Felipe, Cimuxtel, Torres, Morales, Noroodill, Aunie, Sarita, Driss, y todos los que eran, o habían sido algo importante en esta guerra que estaba a punto de terminar. También estaban el triunviro Dreiz, el vicealmirante Trens y el general Hoz, y su escuadrón bulban.
—Cuanta gente, —bromeó Marisol y uno a uno fue abrazándose con todos, bulban incluidos—. ¿Está todo preparado?
—Todo está preparado, nena, —respondió Opx acariciando su hacha de combate.
—Muy bien, pues al lío. Loewen y Bertil: flaco derecho con el escuadrón azul. Opx y Cimuxtel: escuadrón rojo, flanco izquierdo. Oriyan y Pulqui: por el centro con mis paisanos y el escuadrón bulban. Los demás conmigo, y agachad la cabeza. En quince minutos comenzara el bombardeo del muro.
Todos partieron hacia sus puntos de ataque, mientras los carros de combate comenzaban a avanzar para situarse en posición y comenzar el cañoneo de los tres puntos elegidos por Marisol.
A la hora fijada, la artillería comenzó el bombardeo de todo el muro y los carros de combate disparaban abriendo tres brechas, por los que entraron al interior del complejo, seguidos por los batallones que se protegían con ellos. Los extensos jardines que cubrían la explanada interior, rápidamente desaparecieron por las explosiones y la acción de las orugas de los carros de combate, que se llevaban por delante, árboles, setos, fuentes ornamentales y parterres, mientras disparaban contra las baterías de artillería ligera que, desde los edificios, intentaban sin éxito dañarlos.
Un par de horas después, los edificios secundarios habían caído y los batallones confluían sobre los dos edificios principales. Opx y Cimuxtel, al frente de los maradonianos del escuadrón rojo, irrumpieron en el interior del Palacio de la Regencia, entablándose un furioso combate cuerpo a cuerpo, que rápidamente sembró de cadáveres y miembros amputados las estancias del edificio.
—Marisol, —dijo Sarita, que portaba un equipo de comunicaciones, mientras se resguardaba junto a ella detrás de uno de los carros de combate— Opx informa de que el líder no está en el Palacio de la Regencia.
—Que lo asegure e intente pasar por las galerías que comunican la parte alta de los dos edificios. Dile a Oriyan que hay que entrar al Parlamento.
Unos minutos después, un carro de combate derribaba la puerta principal del edificio e irrumpía como elefante en cacharrería en el enorme vestíbulo, arrasando muebles y mesas, mientras las orugas machacaban el mármol del suelo. Detrás del primer carro, entraron varios más, que como el primero, solo disparaban con las ametralladoras. Los españoles entraron a continuación mientras Opx y Cimuxtel lograban conectar por las galerías y combatían en la parte alta del edificio.
—Opx ya esta arriba, y Loewen está entrando por la parte de atrás, —informó Sarita.
—Que Opx siga por arriba e intente acceder a la tribuna de invitados. Que Loewen limpie la zona de las oficinas parlamentarias e intente bajar al sótano. Aquí, los carros ya no pueden avanzar más, si pueden, que se retiren al exterior.
Marisol abandonó su refugio y seguida por todos sus colaboradores y los aliados bulban, fue ganando posiciones hasta alcanzar a Oriyan y Pulqueria que se encontraban frente a las enormes puertas del hemiciclo.
—¿Cómo lo quieres hacer? —preguntó Oriyan, cuándo la vio llegar.
—Pues cómo dirían en mi pueblo: con dos cojones, pero primero hay que derribar esa puerta.
—Es de hierro fundido: hay que volarla. Pulqueria puede cortar con su espada las bisagras inferiores pero las de arriba están muy altas.
—¡Menuda guerrera mística! —bromeó Marisol.
—Soy un guerrero, no un puto saltamontes, ¡no te jode!
—De acuerdo, ¿los carros de combate tienen ángulo de tiro? —preguntó Marisol. Sarita, habló con el comandante del carro más cercano, y que todavía no se había retirado.
—Tiene a tiro la parte alta, de la puerta, la escalera le dificulta.
—De acuerdo, que se prepare. Pulqui, las bisagras inferiores.
Pulqueria de acercó a la puerta empuñando a Eskaldár, y después de unos segundos de concentración, procedió a romperlas con golpes certeros. A continuación, se retiró hacia la escalera y se parapetó en ella.
—¡Fuego! —el carro disparó, y con el impacto la puerta salió despedida hacia dentro con una violencia terrible, arrasando a los soldados bulban que estaban detrás de ella—. ¡Batallón, avanzad!
El batallón avanzó hasta situarse a ambos lados de la puerta. Después, superponiendo los escudos fueron creando una barrera para poder acceder al interior. Mientras la barrera iba creciendo, los soldados de segunda fila, disparaban a ciegas pasando sus carabinas por encima de la barrera de escudos. Marisol, protegida por su escudo y con la pistola de la mano, entró detrás de la barrera al mismo tiempo que desde la parte alta llegaban el ruido de la batalla que se estaba librando y varios cuerpos de soldados bulban, caían desde arriba. Marisol dio la orden, los escudos se abrieron y los españoles salieron corriendo, en medio de un griterío ensordecedor y atacaron el precario parapeto enemigo entablándose combate cuerpo a cuerpo. En medio de la batalla, Trens se acercó por detrás a Marisol y le señalo un punto en la parte alta de los escaños.
—¡El líder! —Marisol miró en esa dirección, y vio a un bulban protegido por una coraza dorada con refuerzos en negro, que desde su altura, con su lanza de guerra en la mano, también la miraba. Enfundó la pistola, sacó la espada, y comenzó a ascender por los escaños derribando enemigos, con la ayuda del sargento que la abría paso con su bayoneta. Junto a ella, sus amigos, también ascendían por los interminables peldaños de la grada como un río de muerte y destrucción, que desobedeciendo las leyes de la física ascendía sin importarle la gravedad. Miró a su alrededor y vio a sus amigas del alma junto a ella, combatiendo para abrirla paso. Cuándo llegó a la inmediaciones del líder, lo encontró protegido por los cuerpos de una docena de sus guardias personales. Marisol hizo una indicación para que cesara la lucha, y los bulban aliados hablaron a sus compatriotas en su lengua para que dejen de luchar. Marisol dio un paso al frente y se quedó al descubierto; toda la armadura, sus manos, su cara, estaban salpicadas de sangre bulban, y alguna propia, el sudor gotea por algunos pelos rebeldes y por la coleta debajo del casco. Los guardias del líder bajan las armas y se echan a un lado: se dan cuenta de que la hora de los «lideres» ha llegado y ellos sobran. Los jefes aliados se los llevaron mientras les hablan: «no tenéis por qué morir, ya no».
Los dos se miran con ojos cargados de odio. El líder se agacha y recoge del suelo un escudo que se coloca en el brazo izquierdo mientras con la mano derecha sujeta su lanza de doble punta, da dos pasos, flexiona las piernas ligeramente y se pone en guardia protegido por el escudo. Marisol se pone también en guardia y mientras todos les rodean dándoles espacio, los dos, mirándose fijamente giran en círculo. Las balconadas superiores están repletas, cuándo Loewen y Bertil se unen al grupo que les rodean y que expectantes aguardan el comienzo de la batalla. El líder ataca con la punta de su lanza y Marisol para el golpe con su escudo para inmediatamente atacar y golpear con su espada el escudo de su enemigo. Comienza entonces un duro intercambio constante de golpes que se prolonga durante varios minutos, y en el que ambos contendientes golpean varias veces en las armaduras de su rival. Están exhaustos y sus movimientos se vuelven más lentos. Trens tenía razón, el líder es un contrincante temible. El círculo donde combaten va cambiando de posición según se embisten los contendientes recorriendo las bancadas. El griterío de ánimo es ensordecedor, pero ya nadie anima al líder: esta solo. Entonces tropieza, y cae rodando un par de bancadas perdiendo el escudo. Rápidamente, separa su lanza y ataca a Marisol con ambas manos con un ímpetu renacido. Marisol para el alubión de golpes como puede y entonces, bascula su cuerpo hacia un lado y golpea al líder con la espada en el brazo izquierdo cortándoselo a la altura de la muñeca, y acto seguido, golpea con el canto del escudo en el hombro derecho fracturándolo y desarmándolo. Sin esperar ni un segundo, le empuja con el escudo contra una columna y le atraviesa el pecho con su espada por el hueco de la axila. Se hace el silencio y muchos lloran de emoción. Marisol deja caer el escudo y empuña la vizcaína mientras mantiene atravesado al líder con la espada.
—¡Hija de puta! —exclama el líder rezumando odio.
—Sí…, yo también te quiero, —y lentamente introdujo la daga por la boca del líder atravesándole el cráneo. Cuándo la vizcaína salió por el otro lado dejó de moverse y quedo inerte. Sacó las armas y el cadáver del líder resbaló hasta el suelo. Soltó la vizcaína, y con un par de golpes certeros con la espada le cortó la cabeza que rodó un par de bancadas hacia abajo. Ensangrentada, se volvió hacia sus amigos y soldados, dejó caer la espada, y llorando de arrodillo ante ellos. Todo había acabado.



En Beta Pictoris, al igual que en toda la galaxia, el presidente vio por televisión el desarrollo del combate, gracias a las pequeñas cámaras que muchos de los soldados llevaban en los cascos, y ahora, veía a su comandante en jefe, arrodillada llorando y las lágrimas acudieron a sus cansados ojos sin poder remediarlo. Se sentó en la mesa y estuvo luchando con las lágrimas hasta que a los pocos segundos, la vicepresidenta y varios ministros entraron para felicitarle. Se desató una gigantesca fiesta espontánea en toda la galaxia. También en el Mundo Bulban y en las zonas de detención temporal, donde el fin de la guerra y la muerte del líder suponían un nuevo comienzo, abrir la puerta a algo de lo que todavía solo habían rascado la superficie: la libertad.

En Faralia, Marisol seguía llorando cuándo, primero Anahis, y a continuación Marión, se acercaron a abrazarla. Al mismo tiempo, mientras el sargento, con lágrimas en los ojos, se hacía cargo de las armas de Marisol, los aliados bulban sacaban el cadáver del líder al exterior, le despojaron de la armadura, y después de amontonar muebles y maderas, procedieron a quemar sus restos, mientras miles de soldados federales bailaban alrededor de la improvisada pira.
Mientras, ya en pie, Marisol recibía la felicitación de todos, el médico militar del Fénix revisaba sus heridas: «parece que no son importantes, pero cuándo regrese al Fénix, la quiero ver inmediatamente en la clínica», le dijo a Anahis después de ponerla unas grapas en el muslo, vendarlo fuerte e inyectarla un antiinflamatorio y un analgésico. Entre Opx e Hirell, la subieron a hombros y la sacaron del hemiciclo depositándola sobre el carro de combate que quedaba en el vestíbulo. Sujeta al cañón, y acompañada por todo el Estado Mayor, el tanque, con mucha precaución, salió a la explanada principal donde ya decenas de miles de soldados federales bailan y se abrazaban. Su aparición produjo una colosal explosión de júbilo, e Iris, que de alguna manera había logrado encaramarse al vehículo, con una pequeña cámara, entrevistaba a los ocupantes para el canal federal y Bulban TV, conjuntamente. Marisol era absolutamente feliz, el agotamiento había desaparecido como por ensalmo, y las heridas y golpes ya no la dolían. A primera hora de la tarde el carro de combate llegó al Fénix y lentamente subió por la rampa de acceso al hangar de infantería donde la esperaban toda la tripulación que ya llevaban varias horas de fiesta. Antes de bajar, entró en el carro y se abrazó con los tripulantes, después, salio fuera, descendió y estuvo besándose con todos los que la esperaban, hasta que, finalmente, lograron conducirla a la clínica de la nave, donde la quitaron la armadura, la lavaron, limpiaron y suturaron las heridas: «estás hecha una pena, y un poco deshidratada, también has perdido algo de sangre, pero no te preocupes, no te vas a morir» bromeó el viejo médico mandorianos que estaba en el Fénix desde el comienzo de la guerra, y que ya la había «reparado» en muchas ocasiones, «pero mañana no te vas a poder ni menear; prométeme que vas a descansar, o te dejó aquí ingresada». Lo prometió…, con la boca pequeña, pero lo prometió.
La fiesta continuó hasta que finalmente, Anahis pudo llevarla al camarote y echar a todos los amigos. Por fin la tenía para ella sola.