domingo, 26 de marzo de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 10)




La gigantesca nave bulban aterrizó cerca de la orilla del lago, en una maniobra lenta y perezosa, y se aposentó sobre sus cuatro poderosas patas retractiles envuelta en nubes de plasma. Al hacerlo, los cientos de largas agujas que la rodeaban vibraron con el impacto. Un portón ventral se desplegó hasta alcanzar el suelo, y por él, descendieron cuatro soldados armados que tomaron posiciones en las inmediaciones. A continuación, otros cuatro soldados bajaron arrastrando dos gruesas mangueras que llevaron hasta la orilla introduciéndolas en el agua, después de apartar la maleza que crecía en abundancia.
Desde varias posiciones cercanas, las fuerzas especiales españolas del teniente J.J. Gómez, acechaban, sin ser vistos, los movimientos del enemigo. Hacia una semana que los bulban habían llegado por el portal y tres días que visitaban ese lugar para abastecerse.


Dos días antes, J.J. entró en el camarote que servia de despacho al general Martín, que en ese momento estaba reunida con su nuevo jefe de estado mayor, el general Clinio.
—Siento interrumpirte, mi señora —se excusó el teniente—, pero es importante lo que tengo que decir.
—Muy bien, no te preocupes. Cuéntame.
—Al día siguiente de que me ordenara capturar una nave enemiga, logramos infiltrar un grupo de observación en Karahoz.
—¡Fantástico! ¿Qué has descubierto?
—Hemos descubierto que el enemigo se aprovisiona de grandes cantidades de agua.
—¿Agua? —preguntó Clinio extrañado.
—¿Y dices que en grandes cantidades? —preguntó también Marisol.
—Siempre la cogen del mismo sitio, un gran lago en el hemisferio norte. Al ritmo actual de extracción, calculamos que lo secaran en cinco o seis días.
—¿Para que querrán tanta agua? ¿Tendrá que ver con su biología? Recuerda que provienen de los anfibios, —razonó Marisol.
—O que su tecnología se basa en la fusión del hidrógeno, —argumentó Clinio—. ¡Joder! Vete a saber.
—Si, si, todo eso es muy fascinante, —intervino J.J. un tanto impaciente— pero me ha traído aquí otra cosa. Creo que podemos hacernos con una de sus naves.
—No sabemos cuántos tripulantes tienen esas naves, —apuntó Clinio.
—Si, hay que tener cuidado.
—Con el grupo que entraremos está tarde en el planeta, seremos 45.
—Y si la apresas, ¿cómo piensas traerla? —preguntó Marisol—. No tenemos ni idea de cómo funcionan esas naves.
—Tengo una piloto comercial, por supuesto española, que me asegura que es capaz de hacer volar cualquier cosa, y si no podemos traerla la destruimos y una menos.
—De acuerdo, adelante. Coordínate con Clinio, quiero presenciar la operación en tiempo real.
—A la orden mi señora.


Los cuatro guardias paseaban con sus armas de la mano de una manera bastante distraída, mientras que los de las mangueras charlaban animadamente en un idioma incomprensible. Por las cámaras, Marisol vio como dos soldados armados con arcos disparaban dos flechas y abatían a dos de los guardias. Rápidamente, volvieron a disparar abatiendo a los otros dos. De entre los carrizos, aparecieron tres soldados que con sus espadas decapitaron a los de las mangueras y arrastraron sus cuerpos a la maleza. Varios pelotones comenzaron a subir por el portón penetrando en su interior. El interior de la nave resulto no ser tan amplio como debía ser, teniendo en cuenta las dimensiones exteriores de la nave. Avanzaron por los pasillos abatiendo con espadas y cuchillos, a todos los tripulantes que se encontraron por el camino. Cuando fueron descubiertos y se dio la alarma, utilizaron sus rifles de partículas. La matanza fue tremenda, y el enemigo, cuando quiso reaccionar, ya no tuvieron nada que hacer.
—Teniente, la nave es nuestra, —informó un sargento llegando hasta la posición de J.J. que ya estaba en el puente—. Tenemos cuatro prisioneros. Hemos perdido tres soldados y seis están heridos.
—Muy bien. Vamos chicos, sacad los cadáveres fuera del puente. Piloto, seria bueno irse.
Marisol vio como una mujer dejaba su arma en el suelo, y quitándose el casco se sentaba en el puesto del que debía ser el piloto. Con mucha atención revisó los símbolos de los controles.
—¿Cómo lo ves? —preguntó J.J.
—Me sorprende está tecnología, está muy anticuada, —comentó mientras seguía mirando las indescifrables inscripciones—. Los controles no son digitales, son físicos. Estos símbolos tienen un aire al numbariano antiguo, pero son otra cosa.
—¿Podrás despegar? —apremio J.J.
—Es cuestión de empezar a apretar botones, — y haciéndolo, añadió—. Esto debe de ser el cierre del portón. Que alguien me diga si se ha cerrado.
—Afirmativo, se ha cerrado, —informó J.J. escuchando por su comunicador.
—Pues vámonos, —accionando una palanca hacia delante comenzó a aumentar la potencia de los motores y con una suave vibración la nave comenzó a ascender lentamente.
—¡Estamos en el aire! —exclamó J.J.
— Siéntese ahí, a mi lado, y ayúdeme con los controles, —le dijo. J.J. soltó sus armas y se sentó ante los controles—. Esa palanca roja, hacia delante tres puntos y despacio.
La nave ascendió unos trescientos metros y comenzó a ir hacia delante. Primero lentamente, para ir aumentando la velocidad gradualmente al tiempo que comenzaba un ascenso vertiginoso hacia el espacio.
—J.J., lleva la nave directamente a los astilleros de Raissa, —ordenó Marisol. Como fondo se podían oír los aplausos de todos lo que estaban en el centro de mando—. Allí me reuniré con usted… y con su piloto.
—A la orden, mi señora.


Los primeros diez días en Karahoz, concluían con una situación estable, aunque las tropas federales defendían ya directamente los muros exteriores, y la artillería ligera bulban, estaba ya al límite del escudo de energía que ya había reducido su perímetro de acción. La infantería enemiga, ya no atacaba de una manera tan alegre como al principio.
Así las cosas, Marisol se reunió en Raissa, con el teniente Gómez y su piloto, en las instalaciones de uno de los astilleros de superficie.
—Enhorabuena J.J. —Marisol le conocía de la escuela y de la milicia de Nueva España y eran amigos— has hecho un trabajo increíble.
—Gracias mi señora.
—Me estás tocando la raja con lo de mi señora.
—Lo siento mi señora, —respondió riendo.
—Quiero que amplíes tu grupo para formar un escuadrón. Pásate a ver a la capitán Anahis, y recoge tus galones de capitán.
—Gracias mi señora.
—Preséntame a tu amiga.
—Mi señora, te presento a la piloto comercial, Maite Aurré, —Marisol la dio la mano mientras se besaban en la mejilla.
—¿Eres vasca?
—No mi señora, soy navarra, de Nueva Tudela.
—Me dijo J.J. que puedes pilotar cualquier cosa que vuele ¿eso es cierto? —preguntó.
—Puede darlo por seguro mi señora, —respondió con cierta arrogancia.
—¿Qué sabes de las antiguas naves de batalla federales?
—¿Qué quiere saber mi señora? —Marisol la miró con una sonrisa tranquila—. Disculpe, cuando me pongo nerviosa suelo decir gilipolleces. En mi pueblo tenemos un club, un grupo de aficionados que se llama “Amigos de la Flota Federal” y tenemos afiliados de toda la galaxia. Ya sabe, documentación, grabaciones, imágenes, uniformes… todas esas cosas. Incluso tenemos una reproducción a escala real del puente de mando del acorazado Atlantis. Nos repartimos los papeles e interpretamos los personajes como si estuviéramos en batalla.
—¿Sabrías dirigir una nave de batalla federal? Ojo, he dicho dirigir, no pilotar.
—Por supuesto.
—¿Y hacerla entrar en combate?
—También, mi señora, —y añadió—. Pero es hablar por hablar, hace 400 años que se desguazó la última y para cuándo podamos construir una pasaran muchos meses.
—Acompañadme, —Marisol salio de la habitación seguida por sus dos acompañantes y después de recorrer un largo pasillo entró en un ascensor. Cuando las puertas se abrieron, a Maite Aurré, los ojos se la abrieron como platos.
—¡Hostias! Pero… esto es una fragata clase Küsh… ¿de dónde ha salido…? ¿hay más?
—Tenemos tres, más cinco corbetas, pero revisada solo tenemos está. La pregunta es ¿puedes preparar una tripulación y tenerla operativa en una semana?
—Ya lo creo que puedo, —contestó con una convicción que agradó a Marisol—. Mi familia puede ser mi tripulación. Mis padres tenían un carguero comercial y mis tíos también. Mi padre era el capitán y mi madre la ingeniera. Mis hermanos y yo crecimos en esa nave.
—Muy bien, entonces de acuerdo. Pasa también por la oficina de Anahis y recoge tu nombramiento, a partir de este momento eres capitán de fragata de la Flota Federal. Ella te dirá donde tienes que recoger tu uniforme.
—¿Puedo cambiarla el nombre, mi general? —Marisol la miró fijamente con ojos escrutadores—. Me gustaría rebautizarla como “España”
—Conforme, —respondió complacida Marisol con una sonrisa.


Dos semanas después de la apertura y cierre del portal, a petición de Marisol, se convocó una reunión en la capital federal. A ella asistieron los más altos dignatarios de la república, así como los cancilleres de los principales sistemas y los miembros del nuevo estado mayor del ejército.
—En primer lugar, quiero hablar del grave error que cometí el día de la apertura de la puerta, —comenzó a hablar Marisol—. Basé mi estrategia en la certeza de que la aparición de las naves enemigas seria casi instantánea a su apertura, y no fue así. Pasaron varias horas en las que no supe reaccionar. Podía haber destruido el portal inmediatamente, sin esperar la aparición de las naves enemigas. Si lo hubiera hecho, ahora no tendríamos naves enemigas atacando Karahoz, donde buenos soldados están muriendo…
­—Me parece muy bien que quiera flagelarse, general Martín, —la interrumpió el presidente Fiakro—. Es cierto, has cometido errores, y yo, y estás personas que nos acompañan. ¿Y sabes por qué? Porque no estamos preparados para una crisis de está magnitud. Es lo que tiene varios siglos de paz, que cuando vienen dando te pillan con los pantalones bajados. Hace dos meses, ninguno de mis colaboradores… ni yo mismo, pensamos que íbamos a estar como estamos en este momento. Todo eran pensamientos lúgubres.
—Es cierto, —continuo el canciller de Mandoria—. Has cerrado temporalmente el portal, hemos destruido varias de sus naves y hemos apresado otra, y nuestro ejército, que no existía, combate contra el enemigo. Ni en sueños pensamos que estaríamos así.
—Y todo gracias a ti, no lo olvides, —prosiguió en presidente mientras empezaba a aplaudir. De inmediato todos los asistentes hicieron lo mismo y Marisol se puso roja como un tomate, mientras miraba al presidente con cara de asesina—. Y ahora, presenta tu informe de una… puñetera vez.
—Eh… bien… si, gracias señor presidente, —comenzó titubeante—. En primer lugar, como ya sabe, hemos decidido crear definitivamente las “Fuerzas Armadas Federales” que estarán divididas en dos cuerpos distintos: la Flota y el Ejército. La general Loewen pasa a ser la comandante de la Flota con el grado de almirante. El general Clinio será el comandante del Ejército. General Clinio por favor, exponga su informe de situación.
—En estos momentos tenemos operativa una división, la 1.ª, con base en Nueva España. La 2.ª división, con base en Faralia, por razones obvias está muy retrasada, no solo ha aportado tropa a Karahoz, también se ha visto inmerso en la tremenda evacuación del planeta. En las mismas condiciones están otras diez divisiones, pero creemos que estarán operativas en menos de un mes. En Nueva España y en Mandoria, se están formando dos divisiones adicionales, que son acorazadas y que llevaran los numerales 101 y 102. Pensamos que estarán preparadas para cuando se abra otra vez el portal. En ese momento, y si todo sale según lo previsto, el ejército contara con doce divisiones de infantería, más dos acorazadas, en total, más de 200.000 soldados. En todos los sistemas se están formando unidades, pero no podemos contar con ellas antes de tres meses. Según nuestras previsiones, en seis meses podremos contar con un millón de efectivos.
—Gracias general Clinio. Almirante Loewen, —dijo Marisol— su turno por favor.
—En estos momentos solo tenemos operativa una fragata, que pasa a denominarse F-1 España. En pocos días entrara en servicio una segunda fragata con tripulación mayoritariamente mandoriana que pasara a denominarse F-2 Princesa Súm. La tercera fragata todavía no ha entrado en dique para la puesta a punto y tardara en estar operativa. En cuanto a las corbetas, tenemos operativas tres, las otras dos tardaran. Por otro lado, en los astilleros de Maradonia, se están reformando los antiguos transbordadores de la clase Törh, que son mucho más grandes que los actuales, para convertirlos en patrulleras. Se las están instalando escudos, cañones de alto rendimiento de tiro continuo, un lanzador de misiles y otro de torpedos. Ya tenemos dieciséis, y para cuando se abra el portal otra vez, confiamos dispones de cuarenta.
—Gracias almirante, —dijo Marisol—. He pedido al ingeniero Camixthel, de Maradonia que me acompañe a está reunión. Él ha dirigido los trabajos de inspección de la nave bulban apresada. Ingeniero, cuando quiera.
—Gracias mi señora, —comenzó a decir Camixthel—. Los bulban utilizan una tecnología superada por nosotros hace al menos 800 años. Por lo poco que, por el momento, hemos podido extraer de sus bancos de memoria, tras la conquista de la galaxia de los ancestros, los bulban han estado unos mil años sin actividad militar directa, eso ha provocado que su tecnología no ha evolucionado. Nosotros mismos somos un claro ejemplo, en estos últimos 400 años no se ha producido ninguna innovación tecnológica. Nuestras naves son básicamente iguales que las que había al término de la guerra, —Camixthel se levantó y desplegó un plano holográfico—. Sus naves son ligeramente más grandes que nuestras fragatas, pero es engañoso, al no disponer de escudos de energía, basan su protección en un blindaje extremo, de unos diez metros de espesor. Ese blindaje puede soportar un impacto directo con un arma nuclear de pequeña potencia, pero no mucho más. Todas estás agujas, o antenas, que la rodean, miden ocho metros, y sirven para impedir que el impacto directo se produzca. Su sistema de propulsión es muy poderoso, pero posiblemente, es lo más obsoleto de la nave. Utilizan un reactor de fusión nuclear de átomos de hidrógeno, por eso necesita tanta agua. Una vez que se han abastecido, la descomponen para extraer los dos átomos de hidrógeno, y desechan el de oxígeno. Todo el sistema de propulsión ocupa la mitad de la nave, y si a eso unimos, que los sistemas de armas ocupan otro 20 %, más el blindaje, queda muy poco para la tripulación. Esta, está compuesta por 38 tripulantes y gran parte de sus sistemas están automatizados. Eso, junto al tipo de propulsión, provoca que las naves bulban, aunque son más rápidas en velocidad punta que las nuestras, son muy perezosas en las maniobras. No pueden abrir vórtices de salto cómo nosotros, y para compensar el desplazamiento temporal, esas naves llevan un compensador temporal en el que estamos trabajando actualmente para comprender cómo funciona. En cuanto a sus armas, poco que decir. No tienen baterías de defensa de perímetro, ni escudos de energía, ni lanzadores de misiles o torpedos. Tienen un cañón fijo extremadamente poderoso y tres baterías secundarias móviles. El cañón fijo está fijo, me refiero a que hay que orientar toda la nave para fijar blanco y dispara un haz continuo de partículas de seis segundos. Es un arma diseñada para abrir brecha en formaciones enemigas cerradas. Puede perforar cualquier blindaje convencional y creemos, que con las modulaciones de escudo apropiadas, nuestros escudos pueden aguantar, momentáneamente, varios impactos.
—Gracias ingeniero Camixthel, —dijo Marisol—. Catorce naves enemigas pasaron por el portal antes de destruirlo. Hemos estado analizando las imágenes que tenemos del interior del túnel, y hemos podido contabilizar 318 naves, de las que 30 eran transportes. Después, un gran espacio vacío hasta donde la imagen alcanza. Consideramos que se trataba de la avanzada de la fuerza de invasión y lógicamente, ha quedado destruida. Pero teniendo en cuenta las palabras de la Princesa Súm, para ellos son unas perdidas insignificantes. Ahora mismo, nuestra prioridad es sacar las tropas de Karahoz…
—¿Por qué hay que sacarlas? —preguntó el canciller de Cirkania—. ¿Eso no supondrá arriesgar las pocas naves de que disponemos? —Marisol le miró con ojos asesinos, mientras notaba como la sangre la subía a la cabeza.
—Vamos a sacar a esos soldados de ahí, sí o sí, —intervino el presidente Fiakro al tiempo de que le hacia un gesto con la mano a Marisol para que permaneciera en silencio— no hay más opciones, y eso no es negociable.
—Por supuesto señor presidente, —contestó cínicamente el cirkanio—. Solo pretendo que también se tengan en cuenta los puntos en contra.
—Te puedo asegurar que el general Martín, lo tiene todo muy en cuenta.
—Estoy seguro de ello, señor presidente.
—Entonces está todo claro, —sentencio Fiakro y mirando a Marisol, añadió—. General, continua.
—Como decía, nuestra prioridad es sacar a las tropas de Karahoz, en el plazo máximo de dos semanas. Y lo vamos a hacer.



miércoles, 22 de marzo de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 9)



Todo estaba preparado y hacia dieciséis horas que con expectación esperaban la apertura del portal. Estaban dentro del periodo de tres días en que se podía abrir. Marisol mantenía la calma, pero era una pose externa. Hacia un par de horas que se había retirado a un camarote a dormir. El puesto de mando estaba instalado en un transporte de tropas, y desde él, y gracias a los cientos de sensores y cámaras instaladas en las inmediaciones del portal, todo estaba controlado. En Edyrme, la capital federal, el presidente Fiakro junto a sus ministros y un buen número de cancilleres y altos funcionarios, aguardaban, también con expectación, en la sala de control instalada para la ocasión.
—Anahis, despierta a la general, —dijo Loewen con una sonrisa. La mandoriana salio rápido, casi corriendo, hacia el cercano camarote. Un par de minutos después regresó con ella.
—¿Qué ocurre?
—La emisión de energía se ha multiplicado por dos en los últimos minutos, —informó Loewen con su suavidad característica—. Creo que la apertura definitiva está próxima.
—Mi señora, —exclamó Clinio desde otra consola— la emisión vuelve a aumentar.
—Confirmado, la emisión es ingente.
—¿El señuelo corre peligro? —preguntó Marisol alarmada.
—Por ahora no, pero si no tuviera los escudos de energía estaría frito, —respondió Clinio.
—Si es necesario hazle retroceder.
—La emisión se estabiliza, los sistemas ópticos muestran que el portal se ha formado, —informó Loewen. Efectivamente, en la imagen se veía claramente un poco del interior del corredor.
— Mi señora, la boca del portal tiene un diámetro de 696 metros, —dijo Marión consultando su consola.
—Eso significa que no tienen naves exageradamente grandes, —razonó Clinio—. Los acorazados federales no entrarían por el túnel, tenían 1.600 metros de largo y 480 de ancho. Demasiado justo.
—Algo es algo. Clinio, aproxima el señuelo a 500 Km —el general comenzó a operar con los controles automáticos. El señuelo era un viejo carguero comercial, destinado al desguace, que habían adaptado en Raissa. Se le habían instalado escudos de energía, una batería láser de tiro rápido de alto rendimiento y varios lanzadores de misiles. La intención de Marisol era hacerlo pasar por una unidad de batalla para atraer la atención del enemigo—. ¿El regalo sigue en la zona de espera?
—Afirmativo, sigue oculto en la zona de asteroides, —intervino Loewen.
— Pues solo queda esperar, —afirmo Marisol con resignación—. Coloca uno de los satélites de observación delante del portal y manda una sonda al interior, quiero saber hasta donde recibimos telemetría.


Durante tres interminables horas esperaron. La tensión era evidente, pero Marisol, sentada en su taburete y su taza de café negro entre las manos, mantenía una calma tensa. Parecía que no era la primera vez que se había enfrentado a una crisis de está magnitud.
—Mi señora: hay actividad en el túnel, —exclamó Loewen con cierta ansiedad. Dicho esto, una nave comenzó a emerger por la boca e inmediatamente disparo contra el satélite de observación. Tenía una configuración parecida a una punta de flecha rechoncha. De un tamaño similar a una fragata federal, estaba totalmente erizada de agujas dándole un aspecto de erizo. Detrás de la primera, apareció una segunda y luego una tercera. Definitivamente, los Bulban habían llegado.
—Que avance el señuelo, —ordenó Marisol—. A máxima velocidad, directo al centro.
—Señuelo a máxima velocidad.
—Señuelo a 400 Km.
—El enemigo nos ha detectado. Nos interceptan.
—Señuelo a 200 Km.
—Clinio, prepara el regalo.
—Regalo preparado.
—Señuelo a 70 Km.
—Misiles. Batería 1. Fija blanco.
—Blanco fijado.
—¡Fuego! Todo a estribor.
—Misiles fuera.
—Todo a estribor.
—Las naves enemigas varían el rumbo, nos persiguen.
—Artillería, tiro continuo. ¡Fuego!
—El enemigo nos dispara. Los escudos aguantan.
—Clinio, activa el regalo y directo a la entrada, —ordenó Marisol. El regalo era un asteroide de hierro macizo, de 460 metros de diámetro y 400 millones de toneladas, al que los zapadores españoles habían instalado cuatro grupos de propulsores químicos, un emisor de escudo para reforzarlo, y en el interior, justo en su centro, un artefacto termonuclear de 500 megatones de potencia.
—Regalo activado y en rumbo.
—Misiles. Batería 2. ¡Fuego!
Las naves bulban lo persiguen disparando con sus baterías mientras el señuelo responde con su artillería haciendo blanco en el enemigo, pero casi sin efecto.
—Mi señora, las naves enemigas no tienen escudos, —dijo Marión—. Tienen un blindaje muy grueso y esos pinchos que tiene el fuselaje es para impedir impactos directos.
—Diez segundos para cortar el empuje de los reactores del regalo. Rumbo correcto y velocidad estable a 8 km por segundo.
—Misiles. Batería 3. ¡Fuego!
—El enemigo concentra su fuego contra el señuelo. Han picado. Los escudos no aguantan.
—Sigue disparando mientras puedas.
—El enemigo ha detectado el regalo. Varias naves cambian de rumbo y se dirigen hacia él.
—He perdido el control del señuelo, —informó Clinio mientras veían por la pantalla como los impactos eran constantes en el vehículo. Finalmente, estalló en una explosión colosal—. He detectado algunos daños en las naves perseguidoras.
—Esas son buenas noticias.
—El enemigo dispara sus armas contra el regalo. Los escudos aguantan.
—20 segundos para entrar al portal.
—Todas las naves enemigas disparan al regalo.
—Seguimos en rumbo. 10 segundos al portal.
—¡Dos naves enemigas se han estrellado contra el regalo! Intentan hacerle cambiar de rumbo.
—Variaciones mínimas… no hay efecto. Seguimos en rumbo.
—Estamos dentro.
—Tenemos imagen. El corredor está lleno de naves enemigas, las estamos arrollando.
—Hemos perdido la imagen.
—Listos para activar dispositivo, —ordenó Marisol.
—Dispositivo listo.
—¡Fuego! —ordenó Marisol al tiempo que hacia un elocuente gesto cerrando el puño.
La colosal explosión, iluminó momentáneamente un gran tramo del corredor exteriormente, para desintegrarse totalmente.
—¡El portal ha desaparecido! —exclamó Marión exultante de júbilo—. No hay emisión de energía mística.


Todos en el centro de mando gritaban y se abrazaban mientras Marisol permanecía imperturbable. Por los comunicadores llegaba también el júbilo desde la capital federal.
—¿Cuantas naves enemigas han pasado por el portal? —preguntó.
—Quedan catorce, mi señora, —contestó Loewen.
—Activa un cronómetro en regresión, 62 días a partir de este momento. Informa a Karahoz y ábreme una línea con el general Opx.
—Opx en la pantalla principal, —dijo Loewen al tiempo que la figura de Opx aparecía.
—¡Enhorabuena! —exclamó—. Ha sido una gran victoria mi señora. Y no te quites meritos, hace un par de meses, cuanto todo esto empezó, una victoria como está era impensable. Y tú eres la artífice. —todos los presentes en el centro de mando se pusieron a aplaudir.
—¡Bueno, bueno! Señores, por favor, —dijo Marisol levantando la mano para cortar los aplausos—. Tenemos catorce problemas ahí fuera.
—Permiso para poner en marcha la tercera fase, mi señora.
—Adelante, lo tienes. A partir de este momento estáis solos, —y mirándole fijamente, añadió—. Te prometo que os sacaré de ahí. Tienes mi palabra.
—Lo sé mi señora. Aguantaremos todo lo que sea necesario. Opx fuera.


Las naves enemigas permanecían agrupadas. La comunicación entre ellas era incesante, pero los sistemas federales no lograban descifrar el contenido de las conversaciones. Supuestamente intentaban aclarar que había pasado.
—Anahis, avisa al teniente Gómez, —ordenó Marisol. Un par de minutos después estaba ante ella.
—Mi señora.
—¿Mi señora? No me jodas J.J. que hemos ido al cole juntos.
—Eso no tiene nada que ver. Ahora eres la general Martín: mi señora.
—Cómo quieras. ¿Ves esas naves de ahí? —preguntó señalando la pantalla. Ante la respuesta afirmativa del teniente, continuo—. Antes de que rescatemos a los defensores de Karahoz, quiero que tus fuerzas especiales asalten una y la apresen.
—¿Solo una mi señora? —bromeó el teniente.
—Por ahora si, —le respondió sonriendo— pero si cae alguna más… no me voy a quejar.
—Cuenta con ello mi señora.
—Lo sé, J.J. —dijo Marisol dándole una palmada en el hombro.


En Karahoz, el general Opx puso en marcha la 3.ª fase del plan estratégico diseñado por Marisol. Cuatro trasbordadores, armados con cañones de partículas y una batería de misiles, partieron del santuario para hostigar a las naves enemigas y atraerles al planeta. No esperaban un ataque de ese tipo y los pillaron por sorpresa. Atacaron conjuntamente la popa de una de las naves y la inmovilizaron provocando una enorme explosión en la zona de propulsores. Después, huyeron a toda velocidad perseguidos por la flota enemiga. Llegaron a Karahoz y se refugiaron en las instalaciones del monasterio protegidas por el escudo de energía, mientras la unidad de defensa planetaria abría fuego contra las naves enemigas en la orbita. Los bulban comenzaron a disparar infructuosamente contra el escudo de energía, que se iluminaba con tonos fantasmagóricos con cada impacto. Mientras se producía el bombardeo, dos naves enemigas, con una configuración distinta a las demás, más grandes y compactas, aterrizaron a diez kilómetros de monasterio y de ellos comenzaron a bajar largas filas de soldados enemigos. Eran de una estatura similar a la humanoide, e iban ataviados con una especie de mono ajustado de color gris oscuro, con protecciones rígidas negras. La cabeza estaba totalmente cubierta por un casco integral también oscuro. Como armamento, llevaban un rifle extremadamente largo que más parecía una lanza gorda, que una carabina. Avanzaron rápidamente por el terreno llano a cuerpo descubierto, hasta llegar a los limites de las defensas de largo alcance del monasterio. Cayeron a miles: fue una autentica carnicería. Se empezaron a oir sonidos como de trompetas y el enemigo se retiró en desbandada hacia posiciones más seguras.
—Quiero ver esas armas, —dijo Opx a uno de sus lugartenientes—. Manda alguien que recoja algunas y las traiga… y alguno de los cascos… ¡Qué cojones! Que intenten traer algún cadáver.
Un par de horas después, el cadáver enemigo estaba en una sala del hospital militar instalado en el monasterio. Opx hizo una indicación al médico, que con la ayuda de una enfermera comenzó a quitarle el uniforme.
—Parece que está claro de donde han evolucionado, —comentó Opx mirando la piel escamona del bulban—. Parecen reptiles.
—¿Qué opinas? —preguntó el médico a la enfermera.
— Yo me inclinaría por los anfibios, —contestó la enfermera que resulto ser aficionada a la biología—. No son escamas de queratina, aunque lo parezca es piel. Posiblemente es un individuo joven, todavía le quedan restos de branquias.
—Realicen una autopsia completa y transfieran todos los datos al mando central, — y dirigiéndose a su ayudante, añadió—. Que un ingeniero desmonte sus armas y que haga lo mismo.


En la madrugada del día siguiente, la artillería terrestre enemiga comenzó a disparar por debajo del escudo de energía. Los impactos contra los gruesos muros que fortificaban el monasterio, eran terribles. Enormes masas de escombros y piedras saltaban en todas direcciones y caían sobre los defensores de las trincheras exteriores que se guarecían como podían. Dos horas después, sonaron las trompetas bulban y su infantería comenzó a avanzar lentamente, protegiéndose con los accidentes del terreno. Los puestos de avanzada empezaron a disparar con un ritmo frenético, pero inmediatamente comenzaron a recibir directamente el fuego de la artillería enemiga. Ante la imposibilidad de mantener las posiciones, Opx, ordenó evacuarlas y que se replegaran a la segunda línea defensiva. Desde allí, con el apoyo desde la parte alta de los muros, hicieron frente a las oleadas enemigas que una a una se fueron estrellando contras sus defensas. A media tarde, las vanguardias bulban estuvieron a punto de rebasar las líneas federales, pero sus defensores, calando bayonetas, salieron de la protección de la trinchera y se enfrentaron cuerpo a cuerpo con el enemigo, con el apoyo, desde la parte alta de los muros, de tiradores españoles. Finalmente, los bulban se retiraron dejando una alfombra de cadáveres sobre el terreno.
—¿Cómo va la cosa? —preguntó Marisol por video enlace a un agotado general Opx al término de la primera tarde.
—Mejor de lo que esperábamos, pero ha sido muy duro, —contestó—. Hemos perdido 123 soldados, pero la buena noticia es que ellos, han caído a miles. La Princesa tenía razón, no combaten bien en tierra. Cargan con miles de efectivos e intentan arrollarnos.
—He recibido el informe de la autopsia, y coincidimos con vosotros, evolucionaron desde los anfibios. Como no sudan, no toleran bien el calor. Pensamos que el traje que llevan les ayuda en esa función.
—Pues eso no me ayuda mucho, aquí, calor no hace precisamente, —Opx esbozo una sonrisa.
—Ten mucho cuidado.
—Si mama gallina, —bromeo Opx—. Lo tendré.


Al día siguiente, a primera hora, despertaron al general Opx para que se presentara en el centro de mando.
—¿Qué ocurre? —preguntó cuándo llegó mientras terminaba de abrocharse la guerrera.
—Una de sus naves se ha puesto a tiro de los misiles que tenemos escondidos en las cuevas y continua acercándose.
—Parece que está reconociendo el terreno. Posiblemente para un ataque desde este lado.
—Perfecto. Pues dejémosles acercarse, no quiero que fallemos el disparo, —ordenó Opx.
—Objetivo a 3.000 metros y acercandose.
—No activéis el radar de tiro hasta el último momento.
—Objetivo a 2.000 metros.
—Vamos a disparar con dos baterías completas. No quiero que escape.
—Objetivo a 1.000 metros.
—Activa el radar de tiro y fija blanco en la zona de reactores.
—Blanco fijado.
—¡Fuego! —gritó Opx. Los doce misiles partieron al mismo tiempo que la nave enemiga, que en el último momento debió detectar el radar federal, intentaba esquivar la andanada. No lo consiguió, y todos los misiles hicieron blanco en la popa de la nave que como una piedra cayó descontrolada contra el suelo estallando con un fogonazo tremendo.
—¡Buen tiro! —exclamó Opx—. A ver si con un poco de suerte mandan otra nave a investigar lo que ha pasado.
—General, otra nave se aproxima, —informó uno de los oficiales un par de minutos después. La nave enemiga comenzó a disparar contra la falda de la montaña desde demasiada distancia como para hacer blanco con las baterías que quedaban.
 —Están fuera de tiro, general. Están disparando aleatoriamente.
—La nave enemiga se acerca.
—He perdido la señal con una de las baterías, solo queda otra operativa.
—La nave enemiga está a tiro y se sigue acercando.
—Continua bombardeando la falda del monte.
—Dejemos que se acerque más, —ordenó Opx—. Si disparamos ahora pueden esquivarnos con facilidad.
—Objetivo a 1.500 metros.
—Activa radar, fija blanco y ¡Fuego!
La nave enemiga viró en redondo y ofreció la proa a la descarga de misiles que hicieron blanco. Expulsando gas, la nave comenzó a ascender vertiginosamente.
—¿Está a tiro de la batería de defensa planetaria? —preguntó Opx.
—No, pero si sigue ese rumbo en diez segundos lo estará.
—Prepara la artillería, y dispara cuando este a tiro sin esperar la orden, —ordenó apremiante.
El oficial comenzó a disparar haciendo blanco en la renqueante nave bulban que cayo al suelo convertida en una bola incandescente. El resto de la flota enemiga se situó en la órbita, alejada del radio de acción de las defensas planetarias y comenzaron a machacar la montaña.
—Informa al cuartel general, de que hemos destruido dos naves enemigas, —ordenó Opx—. Continua la batalla.