domingo, 24 de septiembre de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 62)



Marisol, estaba sentada en la terraza de un restaurante cercano al Palacio Real, en compañía de sus amigos más allegados, cuándo sonó su comunicador. Miró el visor, y contestó mientras se levantaba apartándose tres o cuatro metros de la mesa.
—Buenas noches señor presidente.
Desde la mesa, todos la miraban en silencio mientras Marisol, extremadamente seria, hablaba con el presidente. Unos minutos después, cortó la comunicación y con los brazos en jarra permaneció pensativa mirando al suelo. Después, abrió el comunicador, busco en el menú, e hizo una llamada. Estuvo hablando unos minutos más y, finalmente, mientras se acercaba a la mesa, concluyó:
—En esto estás solo querido amigo, es lo mejor, pero tranquilo, si así lo quieres, procuraré estar lo más cerca posible, y ante todo, recuerda: mucha cabeza, tienes que ser juicioso, —cerró el comunicador y se sentó de nuevo en la mesa mientras los demás, expectantes, esperaban a que les informara—. El canciller de Maradonia ha disuelto el parlamento, ha abolido la constitución, y ha decretado la ley marcial. Sus tropas, y los paramilitares del partido, patrullan por las calles, y están deteniendo opositores.
—¡Qué hijo de puta! —exclamó Sarita sin poder contenerse— pero, ¿cuánto hace que no hay un golpe de estado en la República?
—O un régimen fascista.
—Desde que Zannar derrocó al anterior emperador y le quitó el trono. Unos meses después, comenzó la guerra.
—Es decir, más de cuatrocientos años, —apunto Marión—. ¿Y qué vamos a hacer?
—Vosotros nada, —afirmó Marisol— este asunto es estrictamente maradoniano.
—Pero le has dicho a Cimuxtel que estarías cerca…
—Sí. Ahora está amaneciendo en Dreylhan, en el curso de la mañana, embarcaran los tres cuerpos de ejército de Cimuxtel, y veinticuatro horas después, llegaran a Maradonia. Una vez hayan desembarcado, me uniré a las naves de apoyo en la órbita del planeta.
—¿Quién te acompañara?
—Nadie, voy yo sola, ni siquiera me llevo a Sarita y al Fénix, iré en una…
—¡No flipes! —la interrumpió Sarita— yo voy contigo.
—¡Y con el Fénix! —afirmó Anahis.
—¡No, no, no…!
—¡Sí, sí, sí! —afirmó también Marión— y no te pongas tonta, que le digo a Anahis que llame a su padrino.
—¡Joder que no!
—¡Marisol! —intervino Hirell— no seas cabezona, esto no es un debate, ¡coño!
—¿¡Ves lo que has hecho!? —exclamó Sarita mirando a su amiga— has conseguido que Hirell te grite.
—Y que diga una palabrota, —añadió Anahis riendo.
—«Coño», no es una palabrota, —afirmo Hirell.
—Yo creo que si lo es.
—Yo también.
—Y yo.
—¡Joder!, ¿queréis dejar de discutir de palabrotas? —exclamó Marisol que no se podía creer lo que estaba oyendo.
—Eso es otra palabrota: ¡joder!
—No, no lo es.
—Bueno, se ha acabado el tema: mañana te vas con el Fénix, —afirmó Marión.
—Y conmigo, —añadió Sarita.



Cuatro días después, desde el Fénix, Marisol era testigo de los acontecimientos en Maradonia. Cimuxtel, con buen criterio, había desembarcado a veinte kilómetros de la capital para evitar un enfrentamiento con el ejército del canciller. Solo se habían producido ligeros combates, y muy aislados, con los paramilitares del partido. En una acción rápida, se había liberado a los miles de opositores que se encontraban recluidos en el Estadio Nacional.
A pesar de la superioridad numérica de las fuerzas del canciller, este, había cedido el control del territorio a Cimuxtel, se había parapetado en el interior de las antiguas murallas de la capital con las tropas del partido, mientras que su ejército se desplegaba en el exterior, bajo la protección de las murallas, frente a la extensa explanada del Campo de Hierro.
La propaganda oficial, y la del partido, tronaba en todas direcciones, en un intento de hacer creer, que se encontraban siendo atacados por un ejército invasor, que intentaba dar un golpe militar contra la soberanía de los patriotas maradonianos. Para contrarrestar la propaganda fascista, Marisol pidió al presidente, que los canales federales dieran una cobertura total al conflicto. Incluso Bulban TV, con Iris al frente, llegó a Maradonia: la idea de Marisol era que los bulban vieran que, contra regímenes fascistas, ya fueran maradonianos o bulban, había que combatir.
Así las cosas, y mientras la situación se mantenía en un equilibrio inestable, Marisol cometió un error. Decidió mandar refuerzos a Cimuxtel en un intento de igualar numéricamente las fuerzas y obligar al canciller a reconsiderar su estrategia. Ordenó desembarcar seis nuevas divisiones maradonianas, casi noventa mil soldados, que reforzaron las fuerzas de Cimuxtel. La respuesta del canciller fue rápida e inesperada: fuerzas milicianas de los sistemas aliados, Radahar, Tarkynia, Vitervia y Nólom-Inceek, desembarcaron en los puertos espaciales de la capital, en total, cerca de medio millón de efectivos provistos de armamento ligero.
Marisol estaba desolada, su decisión había tenido un efecto contrario al que había previsto, y ahora, en su despacho, estaba al borde del llanto. Desde su mesa auxiliar, Sarita la observaba. Se levantó, se acercó a ella, y abrazándola por detrás la besó con la ternura que da la intensa amistad de las dos.
—No te comas el coco, —dijo con suavidad mientras la cogía la mano— está claro que ese hijo de puta lo tenía previsto.
—Sí, pero yo se lo he puesto en bandeja.
—Tarde o temprano iba a ocurrir, además, tú has traído tropas maradonianas y el no.
—¡Joder Sarita!, eso es hilar muy fino tía; no cuela, son subespecies de la maradoniana, por eso siempre van juntos a todos lados. Es como si me dices que entre los humanos, los blancos y los negros son especies distintas.
—¡No te pongas cabezona que no es lo mismo!
—Mira tía, no quiero discutir contigo…
—Pues no lo hagas, y deja de compadecerte, a ver si a estás alturas vas de empezar a hacer el gilipollas.
—¡A la orden! —exclamó Marisol y acto seguido la abrazó tumbándola.
—¡Eh! A ver si alguien nos va a ver, que soy una mujer casada.
—¡Joder! Y yo…
—Tú no, y por cierto, ¿por qué no? ya es hora, ¿sabes?
—Cuándo tú te quedes embarazada.
—Pues entonces… es posible… que tengas que ir pensando en comenzar con los preparativos.
—¿¡Cómo!?
—Que ya he tenido una falta.
—¡No jodas! —exclamó Marisol llenándola de besos— ¿y Felipe…?
—Todavía no lo sabe, y tú, no se lo vas a decir, ahora está muy liado en Petara.
—Que alegría, tía, ¿y que te gustaría: niño o niña?
—Casi preferiría niña, pero en el fondo me da igual, y yo sé que a Felipe le gustaría niño.
—¿Y has pensado ya en algún nombre?
—Todavía es pronto para eso, pero hace tiempo, Felipe y yo, decidimos, que si teníamos una niña la llamaríamos: María de la Soledad.
—¡Joder tía! —exclamó Marisol mientras se le humedecían los ojos.
—¡No! si al final vas a llorar.
—¡Joder!



En la soledad de su camarote, y a pesar de la buena noticia del embarazo de Sarita, Marisol seguía deprimida. Desnuda y sentada en el sofá, en momentos como estos, es cuándo más echa de menos a Anahis.
—«Estás sola????» —tecleó un mensaje en la tableta electrónica.
—«Si, estoy en mi dormitorio», —respondió unos segundos después.
—«No tendrás puesto ese horrible pijama q usas a mis espaldas????».
—«X supuesto».
—«Me lo temía. Cuándo regrese lo voy a quemar».
—«Si no me dejaras sola no tendría q usarlo».
­­—«Has mirado si lo hay con funda para la cola??? Jejeje».
­—«Jajaja!!!!!!! m parto».
—«Quítatelo!!!!».
—«X que quieres q me lo quite????».
—«Para verte mejor», —respondió Marisol, conectando el video enlace. En la pantalla de la tableta, apareció la imagen «empijamada» de Anahis. Estaba tumbada bocabajo sobre la cama, con las piernas flexionadas hacia arriba, mientras su cola jugueteaba con la elegancia de una culebra—. ¡Joder!, si llevas hasta calcetines.
—Hola mi amor.
—Hola cariño.
—Ya me he enterado de que las cosas se han complicado…
—Por mi culpa, se han complicado por mi culpa.
—¡Eh! No quiero verte con las orejas gachas.
—La situación está muy difícil y puede derivar en una guerra civil.
—Tú lo solucionaras, como siempre, solo tienes que confiar en ti misma.
—Nena, yo no soy un puto político…
—Claro que no lo eres, ni falta que hace. Ahí abajo, lo que hay son soldados, y nadie como tu sabe conectar con ellos, no lo olvides. Sin ellos, el canciller no es nadie. ¿Me has entendido?
—No se…
—¿¡Que si me has entendido!?
—¡Sí!, te he entendido mi amor, te he entendido… ¿cuándo te vas a quitar el puto pijama?
—Ahora mismo, —respondió Anahis riendo.
—¡Y esos horribles calcetines!
—¡Vale pesada!, también me los quito, —cuándo estuvo desnuda, se arrodilló sobre la cama mostrando su esplendido cuerpo a Marisol, que recostada en el sofá comenzó a acariciarse la vagina. Con una amplia sonrisa la imito, y su mano se deslizó suave hacia la vagina, comenzando una estimulación, primero sosegada, y luego más enérgica, hasta que al cabo de unos minutos de frenética actividad, las dos llegaron al orgasmo casi al unísono.
—Mi amor, he descubierto que el cibersexo no me mola, —dijo Marisol cuándo su respiración se sosegó— prefiero tenerte aquí, conmigo, olerte y meterte mano.
—Y a mi estar ahí, pero te recuerdo que entre Marión y tú, hicisteis el nuevo reglamento. Y además, te aseguro, que a ella tampoco le gusta, posiblemente tenga que ver con el tiempo que estuvo separada de Hirell cuándo te lo llevaste a conquistar Kalinao.
—¡Nos ha jodido! Pues mañana la dices que prepare otro reglamento… que nos guste a todos.
 —¡Vale! Mañana se lo digo.
—Cariño, te dejó dormir, ya puedes ponerte ese horrible pijama.
— Por supuesto.
—Y los calcetines.
—También.
—Un beso mi amor, te quiero.
—Un besito nena, yo también te quiero.



El día comenzó temprano y muy complicado. Marisol había estado dando vueltas sobre la cama incapaz de conciliar el sueño, hasta que al final se quedó dormida. Un par de horas después, cuándo faltaban otras tantas para que las primeras luces de la mañana iluminaran las tinieblas de la noche, Sarita entró en el camarote y la despertó con energía.
—¡Marisol, despierta! —la zarandeo con brusquedad.
—¿¡Que pasa!? —desorientada se incorporó dejando al descubierto sus perfectos pechos que vibraron con el impulso.
—Levántate, hay actividad en la superficie.
—¿Qué tipo de actividad? —preguntó saltando de la cama y cogiendo el tanga que Sarita había sacado de un cajón.
—El canciller está desplegando sus fuerzas en campo abierto.
—¡Qué hijo de puta! ¿y Cimuxtel?
—También está movilizando sus unidades, —respondió mientras Marisol terminaba de vestirse. Después, salieron corriendo en dirección al centro de mando del Fénix.
—¡Informe! —ordenó Marisol al jefe de servicio cuándo llegaron.
—Todavía es de noche en la zona del despliegue y estamos con infrarrojos, —dijo el oficial que era maradoniano— el enemigo…
—¡Aquí no hay enemigos, capitán! —le interrumpió.
—Lo siento mi señora, —se disculpó el oficial asintiendo—. Las fuerzas del canciller se están desplegando en la zona oriental del Campo de Hierro, ofreciendo un frente de batalla de treinta kilómetros. Casi seiscientos mil efectivos, creemos que los paramilitares del partido permanecen en el interior de las murallas.
—Está claro que ese cabrón no va a sacrificar a sus colegas políticos. Su línea de frente es demasiado larga, ¿sabemos ya quien dirige las fuerzas del canciller?
—No, pero no tienen oficiales de alto rango. Si es un militar será un capitán, entre los que desertaron había dos.
—O los dirige él personalmente; es tan engreído, que es perfectamente capaz, —apuntó una teniente maradoniana.
—Pues eso no nos interesa.
—No lo entiendo mi señora, —dijo el capitán— más facilidades para el general…
—El general Cimuxtel es un estratega experimentado, no tiene ni para empezar, sea quien sea, el que dirige las fuerzas del canciller, y este puede mandarlas a una masacre sin sentido. Es posible que sea lo que busca.
—El general está desplegando sus fuerzas con la artillería y las brigadas acorazadas en la retaguardia. No responde al fuego de la artillería ene… de las tropas del canciller. Se están parapetando bajo los escudos de energía.
—Muy bien, muy bien, una estrategia defensiva. Perfecto. ¿A qué distancia están las vanguardias?
—A doce kilómetros, mi señora, pero las tropas del canciller continúan con el despliegue y siguen avanzando.
—Y su artillería tira sin orden ni concierto, están fuera de alcance.
—Y aun falta una hora para que amanezca.
—Esto va a ser largo, —dijo Marisol sentándose en su sillón—. ¡A ver! Que alguien me traiga un puto café.



Nueve horas después, las vanguardias se encontraban a un kilómetro y medio una de otra. Cimuxtel, estoico, aguantaba bajo los escudos de energía, mientras las fuerzas del canciller tiraban con todo lo que tenían disponible. Estás, demostraban poca practica con la artillería, aunque, ocasionalmente, y más fruto de la fortuna que de otra cosa, conseguían colar algún proyectil por debajo del escudo. Marisol, desde hacia un par de horas, había estado paseando, nerviosa, por su sitio habitual, pero ahora, estaba delante de todas las consolas, a escasos tres metros de la gran pantalla mural que dominaba el centro de mando del Fénix. Mientras permanecía inmersa en sus pensamientos, todos guardaban silencio. Eran conscientes, igual que ella, de que más pronto que tarde, el general Cimuxtel tendría que responder y ordenar el avance de sus fuerzas. Marisol, giró la cabeza e hizo una seña al capitán para que se acercara.
—Que todos los maradonianos de la infantería del Fénix me esperen en el hangar de vuelo con equipo de combate y que mi lanzadera este preparada para partir.
—A la orden mi señora. Solicito permiso para acompañarla a donde usted vaya, —Marisol le acarició uno de sus brazos con afecto y afirmó con la cabeza—. Gracias mi señora.
—¿Te preparo el uniforme de campaña? —dijo Sarita después de acercarse también.
—No Sarita, no. No voy a combatir. Aunque es posible que no salga de está, —y ante el intento de Sarita de decir algo, la tapo la boca con dos dedos mientras la sonreía. Después, comenzó a andar camino del hangar de vuelo.
Cuándo llegó, se encontró con todo el regimiento preparado y equipado. Con los brazos en jarra, se los quedo mirando, y acto seguido, con la ayuda de dos soldados se encaramó a un palet de municiones.
—Chicos, no podéis venir, está vez no: este es un asunto de maradonianos.
—Con el debido respeto mi señora, —dijo en coronel al mando— tú tampoco, y no creo que te vayan a crecer dos brazos más, además, en está unidad no hay razas, solo camaradas de armas, y lo sabes muy bien.
—Pepe, no vamos a intervenir en la batalla, solo voy a bajar yo: tengo que parar esto como sea. Mientras, quiero que un escuadrón asalte la cancillería y apresen al canciller y a sus colaboradores, y quiero que el escuadrón sea maradoniano. O, ¿es que no están capacitados para hacerlo?
—¡Pues claro que lo están!
—Pues entonces ya está. Por favor, Pepe.
—Está bien, y ¿para que quieres tu lanzadera? No esta armada.
—Porque tiene mi escudo de armas en los costados.


Unos minutos después, la lanzadera salía del hangar del Fénix. En su interior, Marisol, acompañada por Sarita, que se había negado en redondo a bajarse de ella, se dirigía al campo de batalla del Campo de Hierro. Instantes después, los transbordadores con el escuadrón maradoniano, partían también y se dirigían al asalto de la cancillería.
Desde la altura, Marisol, de pie entre el piloto y el copiloto, vio los fogonazos de los impactos, la humareda de las explosiones, y aunque era imposible, creyó oír el griterío de los soldados y el lamento de los heridos.
—Sobrevuela la tierra de nadie hasta el final del despliegue, y después, vira y entra lentamente a cuatro metros de altura, entre los dos ejércitos. Cuándo llegues al centro, pósate.
—Mi señora, no creo que…
—Ya me has oído, —le interrumpió Marisol poniendo la mano sobre su hombro.
La lanzadera avanzó por la tierra de nadie recibiendo varios impactos de la artillería del canciller, que zarandeaban la nave. Pero según avanzaba, la actividad artillera iba decreciendo, hasta que, al posarse, la artillería enmudeció. Todos había visto con claridad los emblemas de Marisol en los laterales de la lanzadera.
—Abrid la escotilla superior, —ordenó Marisol.
—¡No, no, no, no! No te vas a subir ahí arriba, —exclamó Sarita asustada.
—Mi señora, su asistente tiene razón, es muy peligroso, —afirmo el piloto—. No puedo permitirlo.
—Ni vosotros, ni nadie, me va a impedir subir ahí arriba. O me abrís la escotilla o la abro yo, —uno de los escoltas, desplegó la escalerilla y subiendo, abrió la escotilla. Subió por la escalerilla, mientras Sarita, con el corazón en un puño la miraba. Cogió una cámara de video, la conectó, y ordenó al piloto que enlazara la señal con el Fénix y el Cuartel General. Salio al exterior enfocando a Marisol, que mirando a las fuerzas del canciller permanecía inmóvil. El silencio era total. Marisol, con el pelo mecido por el viento, veía como una enorme masa de soldados se aproximaba a ella con paso decidido. Miró hacia atrás, y vio a las fuerzas de Cimuxtel avanzar igualmente. La señal de Sarita fue enlazada, por orden de Marión, con los canales federales, y todos vieron como los soldados la rodeaban con una devoción casi mística. La bajaron de la lanzadera, y a hombros, seguidos por una enorme masa de más ochocientos mil soldados, se encaminaron hacia la capital, donde el escuadrón del Fénix, ya había apresado al canciller y sus adláteres. Cuándo Marisol llegó al palacio de la Cancillería, Cimuxtel ya la estaba esperando. Marisol se bajó de los hombros de su portador y se aproximó a él fundiéndose en un fraternal abrazo. Después, el glorioso general, puso una rodilla en tierra y la ofreció su espada.
—Mi señora, yo siempre estaré a tus ordenes, y besaré por donde pises.
—A quien tienes que servir a tu patria, —le dijo cogiéndole la cabeza con las manos— igual de bien que lo has hecho estos días.
—Yo no soy un político mi señora. No sé si sabré.
—Sabrás, ya lo creo que sabrás.




miércoles, 20 de septiembre de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 61)



Hirell la abrazaba mientras Marión, al borde del delirio le rodeaba con sus piernas. Desde que acompaño a Marisol a la inesperada campaña en Kalinao, hacia ya casi tres meses, no había podido estrecharla entre sus brazos.
—Le voy a prohibir a Marisol que te lleve de correrías inesperadas, —afirmó Marión besuqueándole.
—No te quejes, que el nuevo reglamento lo redactaste tú, y en él, dice claramente…
—Lo voy a reformar, debía estar gilipollas cuándo lo redacte.
—De todas maneras, lo de Kalinao fue algo inesperado, como tu bien dices.
—Ya, pero yo he estado tres meses sin esto, —dijo cogiéndole la polla.
—Y yo sin ti mi amor.



La normalidad había vuelto a la actividad cotidiana de Marisol, cuándo J.J. apareció en la puerta de su despacho y golpeó con los nudillos en el quicio de la puerta.
—¿Da su permiso mi señora?
—¿Cuándo has llegado? —respondió Marisol levantándose de la mesa para abrazar a su amigo— estabas desaparecido.
—Acuérdate que ahora soy un espía y, en ocasiones, tengo que desaparecer para llevar a cabo mis actividades secretas, misteriosas e inconfesables.
—¡Qué morro tienes! A saber donde habrás estado.
—Trabajando duro nena, trabajando duro.
—¡Ya!
—Tengo algo para ti, —dijo J. J. llamando a Marión y cerrando la puerta— no he querido transmitirlo por los canales habituales —añadió después de besar a Marión— te veo resplandeciente.
—Sí, desde que Hirell está aquí, —bromeo Marisol— ¿por qué será?
—No sé, pero esta igual de resplandeciente que tú.
—Bueno, dime, ¿de qué se trata? —dijo Marisol cambiando apresuradamente de tema.
—Tenemos la localización de una pequeña base corsaria…
—¡Joder, por fin! ¿dónde están esos cabrones?
—¡Calma, fiera! Ya te he dicho que es pequeña, no es la base principal, más bien parece una estación de aprovisionamiento.
—Me da igual, la quiero.
—Pero no quiero que te la cargues, la tenemos monitorizada, y necesitamos acceder a sus equipos para rastrear sus comunicaciones.
—¡De acuerdo! Pero luego me la cargo.
—¡Venga vale!
—Sarita, que se prepare el Fénix y que embarque un escuadrón de fuerzas especiales. Avisa a Bertil de que vamos a su encuentro, pero no le digas de que se trata.
—De acuerdo.
—¿Te llevas a Hirell? —preguntó Marión.
—No, tranquila, no sufras, me voy con Anahis.



Unas horas después, se reunieron con Bertil y todo el operativo se puso en marcha. Con los equipos electrónicos instalados por J. J. la actividad de la base corsaria estaba constantemente controlada. La instalación estaba oculta en una luna de ambiente desértico, de un planeta gigante gaseoso, en un sistema del Sector 15, y consistía en una gran cúpula que techaba un antiguo y enorme cañón fluvial, que había sigo cubierta con rocas y tierra, para ocultarlo. Dos secciones de fuerzas especiales, aterrizaron a última hora de la tarde a diez kilómetros de la base, donde varias naves corsarias estaban siendo abastecidas. Esa mañana, una nave de aprovisionamiento había estado descargando suministros y, mientras ascendía para salir de la luna, había sido marcada para poder seguirla en su viaje, donde fuera que se dirigiera. A las tres de la madrugada comenzó el ataque por los dos extremos del cañón. Las fuerzas especiales, provistas de gafas de visión nocturna, desconectaron los generadores de energía sumiendo en la oscuridad a toda la instalación y volaron las antenas de comunicaciones. Instantes después, el Fénix aterrizó en las inmediaciones y su infantería se unió al ataque con Bertil al frente. Desde el centro de mando, Marisol y Anahis, asistían a la operación terrestre sin intervenir en el liderazgo de Bertil. J. J., con un grupo especial de Inteligencia, participaba también en el ataque para acceder lo antes posible a los equipos informáticos. La batalla fue intensa al principio, pero la abrumadora presencia federal decantó rápidamente la balanza de su lado: el medio millar de bulban, entre tripulantes y soldados, presentes en la instalación, no tuvieron nada que hacer. Cuándo todo estuvo controlado, Marisol, acompañada por su inseparable Sarita, entraron en la instalación, mientras Anahis se quedaba en el centro de Mando.
—Mi señora, la base está controlada, —informó Bertil cuándo se encontraron— J. J. ya está trabajando en el centro de mando, en las dársenas hay seis naves corsarias y hemos hecho 56 prisioneros. Tenemos siete soldados muertos y medio centenar de heridos.
—Muy bien Bertil, buen trabajo. Saca esas naves de aquí, te pueden ser útiles para el FDI, a los prisioneros que los interrogue Inteligencia y luego a un campo de detención, —y mirando detenidamente alrededor, añadió—: ¿te has dado cuenta de que en está instalación casi no hay tecnología bulban?
—Sí mi señora, voy a ordenar un estudio de ingeniería, pero claramente aquí hay componentes maradonianos, —dijo Bertil señalando unos tabiques prefabricados de manufactura militar—. Vamos a rastrear el número de serie, pero apostaría que…
—Lleva este asunto con discreción y con gente de confianza, —le interrumpió bajando la voz—. A última hora de hoy quiero respuestas.
—Y con está instalación, ¿qué quieres hacer?
—No nos sirve para nada, y no quiero mantener un destacamento aquí. Cuándo J. J. y tú, hayáis acabado, destrúyelo todo, que no quede nada, —contestó mientras sonaba el comunicador y Sara contestaba.
—El presidente, —dijo entregándola el comunicador.
—Buenos días señor presidente… sí, todo ha ido bien… ya estamos trabajando en el interior… es pronto todavía… está tarde le llamo, pero por lo pronto aquí podemos encontrar muchas respuestas… de acuerdo señor presidente, hablamos, —y cortando la comunicación, añadió—: quiero ese informe está tarde, y métele prisa a J. J., aunque no han podido enviar ningún mensaje, si están mucho tiempo sin poder comunicar, se mosquearan.
—¿Mosquearan?, ¿que es eso?
—Que sospecharan.
—¡Ah, vale!
—Cuándo tengamos a bordo a los heridos y me entreguéis los informes preliminares, salimos para Mandoria.
—De acuerdo.



A media tarde, madrugada en Edyrme, Marisol comunicó desde el Fénix con el presidente Fiakro.
—¿Sigues allí, o ya has partido?
—Acabamos de partir señor presidente.
—¿Cómo están los heridos?
— Bien, bien, no hay casos graves.
—¡Genial!, ¿qué habéis descubierto?
—La estructura principal de la base está construida con materiales federales, más concretamente con paneles de construcción del Cuerpo de Ingenieros, los generadores de energía también son nuestros, aunque no militares; los números de fabricación pertenecen a Maradonia.
—Parece que cada vez está más clara la implicación del canciller.
—Yo la tengo muy clara, pero todavía no tenemos pruebas concluyentes; hay que esperar a que J. J. descifre los computadores.
—¿Están codificados?
—Sí, y eso es nuevo, nunca lo habían hecho, pero ya le puedo decir que el sistema de codificación en nuestro, aunque demostrar el origen es otra historia.
—¿A que te refieres?
—A que lo pueden haber adquirido directamente durante la guerra y las batallas que hemos perdido, como las naves que hemos apresado aquí. Un ingeniero maradoniano lo habría hecho mejor.
—¡Vale! Envíame lo que tengas.
—Un oficial de confianza ya ha salido hacia Edyrme, no quiero utilizar los canales subespaciales.
—¿Tu que vas a hacer?
—Voy a Mandoria a dejar a los heridos y partimos inmediatamente hacia Petara: quiero estar cerca cuándo caiga.
—¡Cuidadito con lo que haces!, que tú te lías la manta a la cabeza y te montas una batalla por tu cuenta.
—No exagere señor presidente. ¿Cuándo he hecho yo eso?



Ataviada con uniforme de campaña y su espada a la espalda, Marisol, seguida por Anahis, Sara y una unidad de escolta, descendió del Fénix que había aterrizado en las inmediaciones del centro de mando de Opx en Petara. El revuelo fue considerable entre la tropa, que no esperaba que la comandante en jefe apareciera por allí sin que la batalla hubiera concluido.
—¡Atención!, —vocifero un oficial cuándo la vio aparecer en el centro de mando. Todos se cuadraron salvo Opx, que rápidamente se dirigió a su encuentro con los brazos abiertos.
—¡Continúen con sus obligaciones! —dijo antes de fundirse en un fraternal abrazo con él. Después, saludo uno a uno a sus más directos colaboradores mientras Opx besaba a Anahis y Sara.
—¿Cómo es que te ha dejado el presidente venir aquí? —preguntó Opx con su perenne sonrisa.
—Creo que ya la ha dejado por imposible, —respondió Anahis y todos rieron mientras Marisol se encogía de hombros.
—¿Cómo van las cosas?
—Mejor de lo que esperábamos, —respondió Opx inclinándose sobre el mapa que estaba desplegado sobre la mesa. Minuciosamente la explico el curso de las operaciones.
—Perfecto, —dijo apretándole el brazo afectuosamente cuándo termino las explicaciones—. ¿dónde tienes a mi mosca cojonera?
—Oriyan dirige el Grupo de Ejércitos del Norte.
—Donde se centra toda la actividad en estos momentos.
—Así es. Ya sabes que no puede estarse quieta. En un par de horas iba a ir a visitarla, ¿te apuntas?
—Por supuesto, ya sabes que no puedo estar mucho tiempo sin que me toque las narices, —y cogiéndole del brazo para hacer un aparte con él, añadió bajando la voz—: Tienes varias divisiones enteramente maradonianas, cuándo está operación concluya, quiero que formes con ellas dos o tres cuerpos de ejército, y las mandes a Dreylhan.
—Veo que las cosas están empeorando con ese cabrón.
—Sí, y un enfrentamiento militar va a ser inevitable.



El frente norte, discurría próximo a las antiguas ruinas de la capital, abandonadas cuatrocientos años antes, tras la derrota de la coalición corsaria en Manixa, a manos de Matilda. La llegada de Marisol, y su comitiva, provocó un revuelo considerable en el Centro de Mando Avanzado de Oriyan, instalado en el salón de un palacio medio derruido.
—Me alborotas el gallinero, Marisol, —dijo Oriyan después de abrazarse afectuosamente con ella.
—Si quieres me voy, —bromeó la aludida.
—No digas tonterías, ¿cómo voy a querer que te vayas? —afirmó Oriyan saludando al resto de la comitiva.
—Quería hablar contigo personalmente para aclarar las cosas…
—¿Qué hay que aclarar? ¿qué estoy otra vez a las ordenes de Opx?
—Más o menos. Puedes pensar que es una rebaja de…
—Comprendo que hay que unificar los dos ejércitos de cara a está operación, o a futuras operaciones, —la interrumpió otra vez—. Empecé está guerra a sus ordenes, en Karahoz, ¿recuerdas?, nos rescataste cuándo no teníamos esperanzas de sobrevivir. Yo siempre estaré a las ordenes de mi señor Opx… y al tuyo, por supuesto.
—¿Cuándo vas a dejarme terminar las frases? Hablar contigo es agotador y frustrante.
—No te enfades conmigo, ya me conoces. Ven, quiero enseñarte algo que te va a gustar, —y cogiéndola del brazo, tiro de ella y salieron al exterior—. ¿Qué sabes de la campaña de Matilda, aquí, en el Sector Oscuro?
—Todo, ¿qué quieres saber? —bromeó Marisol.
—No creo que tú sepas más que yo, —dijo Oriyan arrogante, provocando la hilaridad de los demás.
—¡Joder! Estás sobradita, ¡eh!
—En esto si, —afirmó entrando a través de un montón de escombros por un caótico y fortuito pasadizo—. Ten cuidado, no te ensucies el uniforme.
—¿Vas a estar tocándome las narices todo el tiempo?
—Pues la verdad, sí, es la idea, —dijo saliendo al exterior a una gran explanada ovalada, rodeada de derruidos graderíos—. ¿Lo reconoces?
—¡Hostias! ¿Es lo que creo que es?
—Afirmativo: lo es.
—¡Vale!, ¿qué cojones es esto? —preguntó Anahis.
—¡Joder nena! Tú deberías saberlo: en Mandoria lo sabéis todo sobre la Princesa Súm.
—Pues no tengo ni puta idea.
—En este anfiteatro, ella y Matilda se enfrentaron a dos monstruos horribles y asquerosos. La Princesa terminó herida de gravedad y posteriormente, el Tharsis destruyó este anfiteatro con su artillería.
—¡Ah sí! Ya recuerdo. 
(«¡Joder, que flipe! —Marisol se separó del grupo una veintena de metros inmersa en sus pensamientos. Se agachó y cogió un puñado de arena, dejando que se escapara entre sus dedos—. Este es uno de esos sitios que pudieron cambiar el resultado final de la guerra. ¿Qué habría ocurrido si la Princesa Súm hubiera muerto en este anfiteatro? Matilda habría tenido que encarar ella sola la dirección de la guerra, y esta, se habría alargado con un resultado incierto. Aquí se respira heroísmo y valentía.»)
Mientras su mente divagaba, los demás la miraban sin interrumpirla. En ese momento llegaron los generales Esteban, Cimuxtel y Pulqueria, que se unieron al grupo y vieron con extrañeza a Marisol, con una rodilla en tierra jugueteando con la arena.
—¿Qué ocurre? —preguntó Pulqueria una vez que se saludaron todos.
—No sabría decirte, —respondió Oriyan— lleva ya un rato así.
—Lo que ocurre es que es posible que estemos presenciando uno de esos momentos importantes de la guerra, —intervino Sara provocando el estupor de todos los demás: jamás intervenía en los planes de guerra, ni comentaba lo más mínimo, no era su función, pero algo era seguro: ella, era la persona que mejor conocía a Marisol, incluso más que Anahis— uno de esos momentos que luego se enseñan en los libros de historia.
Nadie dijo nada, no hubo el más mínimo comentario. En silencio, vieron como se incorporaba y paseaba revolviendo la arena con las botas levantando pequeñas nubes de polvo. Se sacó un pañuelo del bolsillo, deposito un puñado de arena en él, y lo cerro haciendo un nudo. Mientras lo hacia y lo guardaba en el bolsillo, se encaminó hacia su grupo de acompañantes que la esperaban expectantes.
—¿Cuánto tendréis controlado el planeta? —preguntó a Opx después de besar a Esteban, Pulqueria y Cimuxtel.
—En cuatro o cinco días las vanguardias de Oriyan y Drazem se encontraran. Después, solo quedaran grupos residuales.
—¿Cuándo comenzamos el avance a Faralia? —preguntó Pulqueria.
—No vamos a Faralia, —respondió levantando la mano para parar la protesta de Oriyan, a la que dolía que no se liberara su patria—. Sé, que es lo que todos esperabais, también el enemigo, por eso está amontonando tropas allí.
—¿Entonces? —preguntó Cimuxtel.
—Esa estructura de ahí debía de ser la tribuna de autoridades. —dijo Marisol señalando un gran amontonamiento de escombros, de donde sobresalían restos de columnas. Señalando en otra dirección, continuo— entonces, en ese muro de ahí, se apoyó la Princesa para impulsarse con un pie, y gravemente herida, matar al monstruo clavándole sus dos espadas mandorianas. Hizo algo inesperado, algo que pilló por sorpresa a los petaranos, y sobre todo, al cabrón del bicho. Desde aquí, Matilda se dirigió a Karahoz e Hirios 5, al monasterio de Akhysar. Nosotros iremos directamente a Akhysar, —todos guardaron silencio mientras Marisol se aproximaba a Oriyan y acariciaba sus mejillas con las manos—. Te prometo, que tú dirigirás la campaña de Faralia, pero el ataque final es mío.
—De acuerdo.

Un par de días después, en el Fénix, Marisol, recién duchada, esperaba desnuda la llegada de Anahis.
—¿Estás visible mi amor? —dijo cuándo llego— tenemos visita.
Renegando, se puso la vaporosa bata de Anahis, de color rosa.
 —A mi señora le sienta bien ese color, —dijo riendo la teniente Driss, uno de los oficiales que se ocupaban de su seguridad.
—¡No es mío! Es de Anahis… y no te rías.
—A la orden mi señora, —respondió saludando militarmente con la mano libre; con la otra, sostenía una caja de madera, un cofre bellamente decorado con relieves mandorianos.
—¿Qué es eso? —preguntó señalando el cofre.
—Es un regalo para usted de su equipo de escoltas mi señora, —respondió entregando el cofre.
—¡Oh! Muchas gracias, Driss, de verdad, pero no deberíais haberos molestado —exclamó Marisol visiblemente emocionada. Abrió el cobre y se quedó desconcertada cuándo vio la piedra que había dentro—. Es una piedra muy… bonita. ¿De que te ríes? —preguntó viendo como Anahis se partía de la risa.
—De lo boba que eres.
—No mi señora, déjeme explicarlo, por favor, —intervino Driss riendo también—. El otro día, cuándo visitó el anfiteatro, nos fijamos cuándo señalo el muro donde afirmó que se había apoyado la Princesa Súm. Varios de los muchachos, regresamos más tarde y buscamos restos de ADN de la Princesa, y los encontramos.
—¿Está piedra tiene restos del ADN de la Princesa?
—Más que eso, esas manchas oscuras son de su sangre.
—Pero, ¿cómo es posible?
—Recuerda, que después de los combates contra los monstruos, —intervino Anahis— Matilda, destruyo el anfiteatro. No se ha vuelto a utilizar desde entonces.
—Y según los estudios que hemos realizado, en ese muro nunca da el sol.
—Muchas gracias Driss, mañana lo haré extensivo al resto del equipo, —y diciendo esto, cerro el cobre, paso el brazo por los hombros de la teniente y la dio dos besos.
Driss abandonó el camarote mientras Marisol se sentaba en el sofá con el cofre sobre las piernas; lo abrió, y con la yema de los dedos acarició con devoción la piedra.
—Sabía que te iba a gustar.
—¿Lo sabias?
—Sí, Driss me lo comento: quería saber si era apropiado. La dije que sí, por supuesto. Y después, llame a mi padre y le dije lo que habían descubierto.
—¿Y que dijo? Habrá «flipao».
—¡Ya te digo! Ha enviado a un grupo de arqueólogos para que se lleven ese trozo del muro y todo lo que encuentren, para el museo de la Princesa.
—¡Joder! Si no hay más, que se quede con está piedra…
—Tranquila, que hay bastante, —la interrumpió sonriendo, y añadió—: te sienta bien el rosa.
—¡No fastidies!
—Sí, te voy a regalar un camisón «tipo imperio» de los que usaban las concubinas en tiempos de la corte imperial.
—¡No jodas! ¿Cómo eran?
—Transparentes.